Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 7: La marca en el picaporte
Lucía llegó a la biblioteca con el alma en vilo.
Las cinco cuadras desde la cafetería se le hicieron eternas. Cada paso era un esfuerzo. Cada sombra en la acera le parecía el hombre de la sonrisa acechando desde algún rincón. Llegó casi sin aliento, con las manos todavía temblorosas por el encuentro.
Pero al levantar la vista, algo no iba bien.
La puerta de la biblioteca estaba entreabierta.
Eso era extraño. Daniel siempre abría media hora antes de la hora señalada, sí, pero jamás dejaba la puerta así, a medio cerrar, como si alguien hubiera entrado apresuradamente. O salido.
Lucía se detuvo en la entrada. El corazón le latía con fuerza, demasiado fuerza. Quiso darse la vuelta. Quiso llamar a la policía, a alguien, a cualquiera. Pero sus piernas no obedecieron. O quizá sí, pero hacia adelante.
Empujó la puerta con la punta de los dedos. Crujió, como siempre. El olor a papel viejo y silencio la envolvió. Pero aquel silencio era diferente. No era el silencio cómodo de los libros. Era un silencio denso, pesado, que olía a algo mal.
—¿Daniel? —llamó con voz baja.
Nadie respondió.
Avanzó unos pasos entre las estanterías. La luz entraba por las ventanas como todos los días, pero ahora parecía más pálida, más fría. Las sombras se alargaban en el suelo de madera como dedos que intentaran atraparla.
—¿Daniel? —repitió, esta vez un poco más alto.
Silencio.
Llegó al mostrador. Vacío. La silla de Daniel estaba ligeramente apartada, como si se hubiera levantado de repente. Sobre la mesa, una taza de café aún tibia. Y un libro abierto.
Lucía se acercó al mostrador y apoyó la mano para mirar el libro. Fue entonces cuando lo sintió.
Algo pegajoso. Algo húmedo.
Bajó la mirada.
El picaporte del mostrador —ese que daba acceso a la trastienda donde Daniel guardaba los libros viejos— estaba manchado de rojo. Rojo oscuro. Rojo que aún no se había secado del todo.
Su mano tembló al apartarse. Vio la mancha en sus propios dedos y el mundo se le nubló por un segundo.
—No —susurró—. Por favor, no.
Pero su cuerpo ya estaba reaccionando. Sin pensarlo, rodeó el mostrador y empujó la puerta de la trastienda. La puerta que tenía una mano de sangre en el picaporte.
El interior era más oscuro. Olía a humedad, a polvo, a algo metálico. Ese olor metálico que ya conocía. El mismo del prólogo. El mismo de sus pesadillas.
—Daniel —dijo por tercera vez, y su voz se quebró.
Nadie respondió.
Avanzó un paso. Dos. La luz entraba a penas por una pequeña ventana alta. Distinguió cajas de libros, una mesa desordenada, una silla volcada en el suelo.
Y luego, algo más.
Un zapato. Un zapato que sobresalía detrás de una estantería. Un zapato que ella reconocía. Era el calzado cómodo y gastado que Daniel usaba todos los días.
Lucía quiso gritar, pero el grito se quedó atrapado en su garganta. Dio un paso atrás. Otro. Y entonces, desde algún lugar de la biblioteca, llegó un sonido.
Un crujido. Como de alguien caminando.
Pero ella estaba sola. ¿O no?
—Hola —dijo una voz grave a sus espaldas.
Lucía giró en redondo.
No había nadie.
Pero la puerta de la calle, que ella había dejado entreabierta, ahora estaba completamente abierta.
Y en el suelo, justo a la entrada, había un reguero de sangre que no estaba antes.