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El Panadero De Los Días Felices

El Panadero De Los Días Felices

Status: En proceso
Genre:Aventura / Familia mágica / Mundo mágico
Popularitas:28
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Hay un pueblo donde la tristeza se deshace como mantequilla al sol.
Su secreto está en el horno de Horacio.

Horacio no hace pan para alimentar el cuerpo. Horacio hornea sonrisas. Su receta es un conjuro de infancia: harina de trigo sonriente, levadura de paciencia y un puñado de luz de luna. Pero una mañana, la luz de luna se apaga. Sin ella, el pan pierde su magia y el pueblo comienza a volverse gris, olvidando cómo se ríe.

Alba, una niña de nueve años que ve lo invisible con su lupa, descubre el secreto de Horacio. Juntos emprenderán un viaje hacia la legendaria Cumbre del Amanecer Eterno, donde se guarda la Receta Original del Pan de la Alegría.

Porque cuando el mundo se descolora, solo un niño y un viejo panadero pueden recordirnos que cada vez que sonríes sin motivo, es que alguien, en algún lugar, está horneando un pan feliz.

Una novela sobre recetas heredadas, amistades inesperadas y la magia que esconde un simple bocado.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 El río de las preguntas sin respuesta

Salieron del bosque justo cuando el sol empezaba a teñir el horizonte de naranja y melocotón.

Alba parpadeó, deslumbrada por la luz después de tantas horas entre sombras susurrantes. Horacio se detuvo un momento, apoyó las manos en las rodillas —que crujieron como ramas secas— y respiró hondo. El aire olía a tierra mojada, a flores silvestres y, muy al fondo, a algo que ninguno de los dos supo identificar: un olor a masa madre recién alimentada, a horno que se enciende después de una larga tormenta.

—Hemos salido —dijo Alba, como si no se lo pudiera creer.

—Hemos salido —repitió Horacio, y por primera vez desde que abandonaron el pueblo, su sonrisa fue completa, sin grietas.

Pero la alegría duró poco.

Ante ellos se extendía un valle verde y suave, salpicado de margaritas y amapolas. Y atravesando ese valle, de izquierda a derecha hasta donde alcanzaba la vista, corría un río.

No era un río normal.

El agua brillaba con un color plateado, como si estuviera hecha de mercurio líquido o de luz de luna derretida. Pero no se movía. No fluía. El río estaba completamente quieto, congelado en el tiempo, y su superficie era tan lisa y reflectante que parecía un espejo gigante tendido sobre la tierra.

—¿Está... seco? —preguntó Alba, acercándose con cuidado.

—No —respondió Horacio, arrodillándose en la orilla—. Mira.

Metió un dedo. El agua no mojó su piel. Simplemente lo rodeó, como si no quisiera ensuciarse con algo tan mundano como un dedo harinoso. Y cuando Horacio sacó la mano, el agua dejó una pequeña grieta plateada en su piel, una línea fina que brilló un segundo y luego desapareció.

—No es agua —dijo Alba, levantando su lupa—. Son preguntas.

Y era cierto. A través del cristal mágico, el río se transformaba. Las ondas plateadas eran en realidad frases escritas con letra temblorosa, miles y miles de preguntas que flotaban unas junto a otras como peces en un banco:

¿Fuiste feliz ayer?

¿Qué harías si supieras que no vas a fallar?

¿A quién perdonaste sin decírselo?

¿Cuándo fue la última vez que lloraste de alegría?

¿Qué escondes en el bolsillo izquierdo de tu corazón?

Alba leyó algunas en voz alta. Horacio escuchaba, cada vez más pálido.

—¿Cómo se cruza esto? —preguntó Alba, bajando la lupa.

Una voz respondió desde el agua.

No salió de ningún sitio en concreto. Salió del río entero, como si miles de gargantas hablaran al mismo tiempo en un susurro perfectamente sincronizado.

"El río de las preguntas sin respuesta solo deja pasar a quien responde. Pero no valen respuestas cualquiera. Tienen que ser verdad. Tienen que doler un poco. Y tienen que salir del sitio donde guardas los secretos que ni tú mismo te has contado."

Horacio tragó saliva. Alba, en cambio, sonrió.

—Eso es fácil —dijo—. Yo cuento secretos todo el tiempo. Se los cuento a mi lupa, porque ella no los repite.

"Entonces empieza tú, niña."

El río se abrió ligeramente en el centro, creando un pequeño camino de piedras plateadas que apenas sobresalían del agua. Pero las piedras no eran estables: flotaban, se movían, y cada vez que Alba daba un paso, una pregunta nueva brotaba del agua y la golpeaba suavemente en el pecho.

La primera piedra. La primera pregunta.

¿Cuál es tu mayor miedo?

Alba se quedó quieta. Su pie derecho estaba suspendido sobre la piedra, sin atreverse a apoyarlo del todo.

—Mi mayor miedo —dijo despacio— es que mi madre me haya olvidado. Desde que se fue a trabajar a la ciudad sin ventanas, solo me llama los domingos. Y cada vez su voz es más pequeña. Como si se estuviera borrando. Como si yo fuera un dibujo hecho con lápiz y ella pasara la goma sin querer.

El agua tembló. La piedra se volvió firme. Alba apoyó el pie.

La segunda piedra. La segunda pregunta.

¿Qué harías si supieras que no vas a volver a ver a tu abuela?

Alba sintió un nudo en la garganta.

—Le haría una trenza en el pelo —dijo, con la voz quebrada—. Le gusta que le haga trenzas, aunque luego se le deshacen. Y le pediría que me enseñara la receta de las galletas de canela. La que siempre dice que me enseñará "cuando sea más grande".

Otra piedra firme. Otro paso.

Horacio la seguía desde la orilla, sin atreverse a intervenir. Sabía que ese era el camino de Alba, no el suyo. Y que cada pregunta era un escalón que solo ella podía subir.

La tercera pregunta. La última antes de llegar a la otra orilla.

¿Perdonarías a quien te hizo daño aunque no te pidiera perdón?

Alba cerró los ojos. Pensó en su padre, que se había ido sin decir adiós cuando ella tenía cuatro años. En las noches que había esperado junto a la ventana, con la lupa pegada al cristal, buscando su coche en la oscuridad. En el vacío que había crecido dentro de ella como una mala hierba.

—Ya lo he hecho —susurró—. Lo perdoné hace tiempo. No porque se lo mereciera. Porque yo no podía seguir cargando con él dentro.

El río entero brilló con una luz intensa. Las aguas plateadas se agitaron, y por un segundo, Alba juró ver caras sonrientes flotando bajo la superficie. Caras de personas que habían respondido sus preguntas y habían sido liberadas.

La última piedra se volvió firme. Alba dio el paso y cayó al otro lado, de rodillas sobre el césped, respirando como si hubiera corrido una maratón.

—¡Horacio! —gritó, levantando un brazo—. ¡He llegado! ¡Ahora tú!

Horacio la miró desde la otra orilla. El río seguía allí, quieto, plateado, esperando.

—No sé si podré —dijo en voz baja.

—Tienes que intentarlo —respondió Alba—. El corazón más grande que las rodillas, ¿recuerdas?

Horacio suspiró. Se ajustó la mochila. Y dio el primer paso.

La primera piedra. La primera pregunta.

¿Qué es lo que nunca le dijiste a tu esposa y aún te duele?

Horacio se quedó petrificado. El agua a sus pies empezó a temblar, amenazando con tragárselo.

—Nunca... —su voz se rompió— nunca le dije que tenía miedo. Miedo de que se fuera. Miedo de quedarme solo. Siempre fingí ser fuerte, porque ella necesitaba a alguien que la sostuviera mientras se preparaba para el viaje al País de las Nubes. Pero por las noches, cuando ella dormía, yo lloraba en el baño. Con el grifo abierto para que no me oyera.

La piedra se volvió firme. Horacio dio el paso con las piernas temblorosas.

La segunda pregunta.

¿Qué harías si supieras que hoy es el último día que puedes hornear pan feliz?

—Lo hornearía —respondió Horacio sin dudar—. Aunque no tuviera luz de luna. Aunque no tuviera nada. Lo hornearía con lo que me quedara: con las ganas, con los recuerdos, con la harina que guardo en los bolsillos del delantal. Y lo repartiría por el pueblo entero, casa por casa, hasta que se me acabaran las fuerzas.

Otra piedra firme. Otro paso.

La tercera pregunta. La más difícil.

¿Estás seguro de que quieres encontrar la Receta Original? Porque si la encuentras, tendrás que volver a ser feliz. Y a veces, ser feliz da más miedo que estar triste.

Horacio cerró los ojos. El agua le lamía los tobillos, fría como un recuerdo viejo.

—Tuve miedo —admitió—. Cuando Ana se fue, juré que nunca volvería a ser tan feliz como lo fui con ella. Porque si volvía a serlo, sería como traicionarla. Como decir que ella no fue suficiente.

Abrió los ojos. Los tenía húmedos, pero no lloraba.

—Pero luego llegó Alba. Y el pueblo se puso gris. Y entendí que la felicidad no es traición. Es herencia. Ana no querría que me pasara el resto de mi vida horneando pan triste. Ella querría que horneara el pan más feliz del mundo. Y que lo compartiera.

El río entero se iluminó. Las aguas plateadas empezaron a moverse, a fluir, a cantar. Y Horacio, con un último paso, cruzó la última piedra y cayó al otro lado, junto a Alba.

La niña lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Lo has hecho —dijo—. Lo has hecho.

Horacio la abrazó de vuelta. Sobre sus hombros, el agua del río se había secado, dejando solo un polvo brillante que parecía azúcar de luna.

—Ahora entiendo —murmuró Horacio, mirando hacia atrás—. El río no quería hacernos daño. Quería recordarnos quiénes somos.

A lo lejos, donde el valle terminaba, se veía una montaña. No una montaña cualquiera: era la más alta de todas, y su cima no tenía nieve. Tenía una luz dorada que latía como un corazón.

La Cumbre del Amanecer Eterno.

—Estamos más cerca —dijo Alba, guardando su lupa.

—Mucho más cerca —respondió Horacio.

Y caminaron hacia la montaña, con el polvo de estrellas brillando en sus ropas y el sabor de las preguntas respondidas flotando en el aire como el aroma de un pan recién horneado.

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