Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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El muelle de las almas perdidas.
El Muelle 14 era un cementerio de hierro oxidado y contenedores olvidados que crujían bajo el azote de una tormenta que parecía querer lavar los pecados de la ciudad. El olor a salitre, gasóleo y madera podrida envolvía el ambiente. Alessandra detuvo su coche a cien metros de la estructura principal, un almacén abandonado cuyas ventanas rotas parecían ojos negros observándola.
No llevaba escolta. No llevaba miedo. En su regazo, el revólver de plata con el escudo de los Valois se sentía pesado, una reliquia de una nobleza que apenas empezaba a comprender. Se bajó del vehículo, y la lluvia la empapó al instante, pegando su camisa de seda al cuerpo como una armadura de cristal.
El laberinto de sombras
Alessandra caminó por el pasillo central del almacén. Las luces de vapor de sodio parpadeaban, creando sombras alargadas que bailaban en las paredes. Cada crujido de las vigas la hacía tensarse.
—¡Ya estoy aquí, Isabella! —gritó Alessandra. Su voz rebotó en el metal, multiplicándose hasta que pareció que cientos de Alessandras desafiaban a la oscuridad—. Suelta a Julián. Tu pelea es conmigo, no con un hombre herido.
Una risa distorsionada, amplificada por los altavoces del almacén, llenó el espacio.
—Siempre tan noble, tan... heráldica. ¿Ya te enteraste, verdad? Sabes que no eres una de nosotros. Sabes que mientras yo comía las sobras de papá, tú tenías un trono esperándote en Europa. ¡Qué injusto es el destino, "hermanita"!
Desde la pasarela superior, una figura emergió de las sombras. No era Isabella. Era Adrián Vancamp, vistiendo un abrigo largo empapado, sosteniendo un rifle de precisión.
—Vaya, vaya —dijo Adrián, bajando lentamente las escaleras metálicas—. La reina de Blue Phoenix en su hora más baja. Isabella tiene razón en algo: el dinero de los Valois es demasiado tentador para dejarlo en manos de una mujer tan... sentimental.
El rehén y el verdugo
Al fondo del almacén, bajo una luz cenital amarillenta, estaba Julián. Estaba atado a una silla de metal, con el torso desnudo mostrando los vendajes del hospital ahora manchados de sangre y suciedad. Tenía la cabeza gacha, sedado por las drogas que Isabella le había administrado.
Al lado de Julián, salió Isabella. Llevaba un vestido de noche desgarrado, y su rostro vendado le daba el aspecto de un ángel caído y mutilado. Tenía un bisturí apoyado en el cuello de Julián.
—Míralo, Ale —siseó Isabella—. El gran Julián, el hombre que despreció a la sombra y ahora muere por ella. ¿No es poético? Adrián quiere tu firma para transferir los fondos de Blue Phoenix. Yo solo quiero ver cómo el brillo desaparece de tus ojos cuando corte la garganta de lo único que amas.
El duelo de voluntades
Alessandra no se movió. Levantó el revólver de plata, apuntando directamente al pecho de Isabella, ignorando el rifle de Adrián que ahora apuntaba a su cabeza.
—Adrián, eres un hombre de negocios —dijo Alessandra, su voz era un hilo de acero—. Sabes que si muero aquí, mis fondos se bloquean automáticamente bajo las leyes de sucesión francesas. Ni tú ni Isabella verán un centavo. Pero si bajas esa arma y dejas que me lleve a Julián, te daré una salida. Te daré una identidad nueva y el capital para desaparecer.
Adrián dudó. La codicia luchaba contra su instinto de supervivencia. Pero Isabella no tenía lógica, solo odio.
—¡No lo escuches! —gritó Isabella, hundiendo ligeramente el bisturí en la piel de Julián. Un hilo de sangre roja y brillante corrió por el cuello del hombre—. ¡Él me lo debe! ¡Él me prometió el mundo y se lo dio a ella!
En ese momento, Julián hizo un esfuerzo sobrehumano. Sus ojos se abrieron, nublados pero cargados de una furia protectora. Miró a Alessandra y negó con la cabeza, una señal muda de que no cediera, de que no se entregara.
—Dispara... Ale... —susurró Julián, su voz rota por la sedación—. No dejes... que te rompan... otra vez.
El estallido del conflicto
El silencio que siguió fue eterno, cargado con el peso de veinte años de abusos, mentiras y secretos. Alessandra sintió el gatillo frío bajo su dedo. Podía sentir la sangre de los Valois hirviendo en sus venas, una estirpe que nunca se había arrodillado ante nadie.
—Isabella —dijo Alessandra, con una calma que aterrorizó incluso a Adrián—, siempre dijiste que yo era tu sombra. Pero las sombras solo existen donde hay una luz demasiado fuerte. Yo no soy tu sombra. Yo soy el eclipse que va a apagar tu mundo.
Un rayo iluminó el almacén, y en ese microsegundo, Alessandra tomó una decisión. No disparó a su hermana. Disparó a la cadena que sostenía una pesada carga de contenedores sobre la posición de Adrián.
El estruendo del metal chocando contra el suelo fue ensordecedor. Adrián tuvo que saltar hacia atrás para evitar ser aplastado, perdiendo el equilibrio y soltando el rifle. Aprovechando la distracción, Alessandra corrió hacia Julián, pero Isabella, poseída por un frenesí asesino, levantó el bisturí para dar el golpe final.
—¡Si no es mío, no es de nadie! —chilló Isabella.
El sonido de un disparo seco resonó en el almacén. Pero no vino del arma de Alessandra.
Desde la entrada del muelle, una figura envuelta en una gabardina oscura, con el rostro parcialmente oculto, había disparado al brazo de Isabella, haciendo que el bisturí cayera al suelo. La mujer caminó hacia la luz, revelando unos ojos idénticos a los de Alessandra, pero cargados con la sabiduría de quien ha regresado del mismo infierno.
Era Eléonore de Valois. Su madre no estaba muerta, ni estaba en un hospital psiquiátrico. Había estado esperando el momento en que su hija fuera lo suficientemente fuerte para reclamar su herencia.
—Suelta al hombre, Isabella —dijo Eléonore con una voz que parecía venir de ultratumba—. Ya has causado suficiente daño a mi sangre.