“El misterio de las dos hermanas y los gemelos comienza cuando una oscuridad ancestral marca a una de ellas, mientras los hermanos descubren que su destino está ligado a dos lunas muy distintas que podrían salvar… o destruir… el bosque.” 🌒✨
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La loba de la ciudad
La ciudad no dormía completamente.
Incluso de noche, había luces encendidas, sonidos lejanos, pasos que resonaban entre edificios y callejones. Para los lobos que crecieron en el bosque, aquel lugar era extraño.
Demasiado iluminado.
Demasiado ruidoso.
Demasiado humano.
En el Norte, Dael cayó en un sueño profundo sin darse cuenta.
Cuando abrió los ojos, no estaba entre árboles.
Estaba sobre piedra.
El suelo era frío y duro bajo sus patas de lobo.
Frente a él se alzaban estructuras altas, con ventanas brillando como estrellas artificiales.
Ciudad.
El aire tenía un aroma distinto: humo, metal, lluvia reciente.
Y entonces la vio.
A lo lejos, sobre el techo de un edificio bajo, una loba observaba el horizonte.
Su silueta estaba recortada contra la luna.
El viento movía suavemente su pelaje claro.
No podía ver su rostro.
La luz de la luna parecía detenerse justo antes de tocar su cara, como si la protegiera.
Dael sintió el tirón en el pecho de inmediato.
Más fuerte que antes.
No era casualidad.
No era simple curiosidad.
Era conexión.
Avanzó por la calle vacía en su forma de lobo, saltando sobre un contenedor metálico hasta alcanzar el edificio. Subió con agilidad, apoyando las garras contra la pared rugosa.
Cuando llegó al techo, ella no se movió.
Sabía que él estaba allí.
—¿Quién eres? —preguntó Dael, su voz grave resonando en el espacio nocturno.
La loba inclinó ligeramente la cabeza.
No en desafío.
En reconocimiento.
A su alrededor, una luz suave comenzó a formarse. No era intensa como un farol. Era natural. Nacía de su pecho y se extendía como un resplandor plateado.
La ciudad no reaccionó.
Los humanos no la vieron.
Pero Dael sí.
El brillo iluminaba apenas el borde de su silueta… sin revelar su rostro.
Siempre el mismo límite.
Dio un paso más cerca.
La luz no lo rechazó.
Al contrario, pareció estabilizarse.
Como si su presencia la ayudara a mantenerse firme.
De pronto, las sombras de los edificios comenzaron a alargarse de forma antinatural.
No eran sombras normales.
Se movían contra la dirección de la luna.
Intentaban acercarse a ella.
Dael gruñó instintivamente.
Se colocó a su lado.
No sabía su nombre.
No conocía su historia.
Pero su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
La loba no retrocedió.
La luz que la rodeaba se intensificó un poco más, formando una barrera sutil entre ellos y las sombras que intentaban trepar por las paredes.
No atacaba.
Contenía.
Las sombras dudaron.
Como si no pudieran cruzar ese límite invisible.
Dael sintió que algo más observaba desde lo alto de la ciudad.
Algo antiguo.
Algo que no pertenecía a ese lugar de concreto y acero.
La loba finalmente habló.
Su voz fue suave, como un eco entre edificios.
—No es aquí donde debe terminar.
Dael dio un paso hacia ella, intentando ver su rostro.
La niebla urbana, una bruma ligera mezclada con humo nocturno, se arremolinó justo frente a su cara.
Siempre ocultándola.
—¿Por qué no puedo verte? —preguntó.
Ella guardó silencio unos segundos.
Luego respondió:
—Porque aún no es tiempo.
Las sombras intentaron avanzar una vez más, más densas ahora.
Dael sintió un impulso protector.
Su propio poder respondió, una energía firme que emanaba de su pecho, no como luz ni como sombra… sino como fuerza de guardián.
Se mezcló con el resplandor de ella.
Por un instante, la ciudad pareció detenerse.
La luna brilló con más intensidad.
Las sombras retrocedieron.
No derrotadas.
Pero incapaces de cruzar el límite.
La loba giró levemente el cuerpo, como si estuviera a punto de marcharse.
—Nos están mirando —susurró.
El viento cambió.
El sueño comenzó a fragmentarse.
Los edificios se desdibujaron.
La luna se volvió blanca y luego gris.
Antes de desaparecer, la loba dio un último paso hacia atrás.
No como huida.
Como promesa.
Dael despertó bruscamente.
El aire frío del norte llenó sus pulmones.
Se incorporó, respirando con fuerza.
Jael lo observaba en silencio.
—Ciudad —murmuró Dael.
Jael frunció el ceño.
—¿No el bosque?
Dael negó lentamente.
—No estaban en el sur abierto. Estaban entre humanos.
Eso cambió todo.
Si las lobas estaban en la ciudad…
Entonces el equilibrio ya se estaba moviendo.
—¿La viste? —preguntó Jael.
Dael cerró los ojos, recordando.
—No su rostro.
Pero sí su luz.
Y la manera en que las sombras intentaban alcanzarla incluso allí.
Abrió los ojos con determinación.
—Ya no es solo un sueño.
Jael sintió el mismo tirón en el pecho que días atrás.
La conexión estaba más clara.
Más definida.
Y ahora tenía escenario.
La ciudad.
Muy lejos de allí, en lo alto de un edificio, Alisa observaba el horizonte nocturno sin saber por qué no podía dormir.
Sentía que alguien la había estado acompañando.
Protegiendo.
No vio un rostro.
Solo una presencia firme a su lado.
Y por primera vez desde que salieron del bosque, la luz en su interior no tembló.
Se mantuvo estable.
Como si supiera que, aunque aún no pudieran verse completamente…
El destino ya había comenzado a acercarlos👀🐺🌕.