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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:935
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: El descenso de los ángeles caídos

​El aire en la habitación 404 se volvió irrespirable tras el pacto con Beatriz. Mateo sentía el peso del reloj en su muñeca como si fuera una bomba de tiempo. El mensaje de Javier parpadeaba en su mente: "Disparen la alarma de incendios". Era una locura, un salto al vacío, pero quedarse allí era aceptar una muerte lenta bajo el pulgar de una mujer que había convertido la maternidad en una transacción comercial.

​Adrián lo miraba con una mezcla de reproche y pánico. Para él, Mateo acababa de vender sus almas. No entendía que el "sí" de Mateo no era una rendición, sino una maniobra de distracción.

​—Necesito ir al baño —dijo Mateo, rompiendo el silencio gélido.

​Beatriz le dedicó una sonrisa condescendiente, agitando el vino en su copa.

​—No tardes, querido. Tenemos mucho que planificar antes del amanecer. Mis hombres te darán el equipo necesario para empezar con el rastreo de las cuentas de la constructora.

​La mecha del caos

​Mateo entró al baño y cerró la puerta con llave. No perdió un segundo. Abrió el panel de ventilación del techo y sacó un pequeño aerosol de alta presión que siempre llevaba en su kit de emergencia: una mezcla concentrada de glicerina y partículas metálicas diseñada para engañar a los sensores ópticos.

​Roció el sensor de humo del techo del baño y, simultáneamente, puenteó el cableado de la lámpara del espejo con un clip metálico.

​Chispa. Humo. Ruido.

​El sistema central del hotel detectó el cortocircuito y la obstrucción del sensor. Un segundo después, el chirrido ensordecedor de la alarma de incendios rompió la calma del Regency. Las luces de emergencia rojas empezaron a girar en el pasillo, proyectando sombras macabras.

​Mateo salió del baño justo cuando Beatriz se ponía de pie, alarmada.

​—¿Qué has hecho? —gritó ella, perdiendo su compostura de reina por un instante.

​—¡El sistema ha colapsado! —gritó Mateo, agarrando a Adrián del brazo—. ¡Si las puertas de seguridad se sellan, nos quedaremos atrapados con el humo! ¡Muévete!

​La huida por el abismo de cristal

​En medio de la confusión, con los escoltas de Beatriz tratando de comunicarse por radio a través del ruido de la alarma, Mateo y Adrián se lanzaron al pasillo. Los huéspedes salían de sus habitaciones en pánico, creando el escudo humano perfecto.

​—¡Por aquí no! —dijo Adrián, señalando las escaleras principales—. Sus hombres están apostados en el lobby.

​—Javier dijo las azoteas —respondió Mateo, arrastrándolo hacia la escalera de servicio que subía hacia el helipuerto—. ¡Confía en mí!

​Subieron cuatro pisos a pulmón batiente. El corazón de Mateo golpeaba sus costillas como un animal enjaulado. Al llegar a la puerta de la azotea, el viento helado de la capital los golpeó de frente. Estaban a cien metros de altura, rodeados por el mar de luces de la metrópoli.

​—¡Allí! —gritó una voz desde el otro lado del techo.

​Eran los hombres de Beatriz. Habían sido rápidos. Tres figuras de negro avanzaban hacia ellos, con las armas enfundadas pero con intenciones claras de placaje. Mateo y Adrián corrieron hacia el borde del edificio, donde una inmensa valla publicitaria de neón de "Logística De la Vega" brillaba irónicamente en azul.

​El puente de los traidores

​—¡Tírense al andamio de limpieza! —gritó una voz desde el edificio de enfrente.

​Era Javier. Estaba en la azotea del edificio de oficinas contiguo, separado por un abismo de apenas cinco metros, pero que se sentía como un kilómetro. Javier sostenía una cuerda de seguridad enganchada a un cabrestante industrial.

​—¡No voy a saltar eso, Mateo! —gritó Adrián, mirando el vacío—. ¡Estamos locos!

​—¡Es eso o volver con tu madre! —respondió Mateo, enganchando su mochila al mosquetón que Javier acababa de lanzarles mediante un rifle de aire comprimido—. ¡Juntos, Adrián! ¡Uno, dos...!

​Saltaron.

​Por un instante, el tiempo se detuvo. El vacío bajo sus pies era una boca hambrienta. El viento les robó el aliento. Pero el cable de acero se tensó y el andamio de limpieza del edificio contiguo amortiguó el impacto con un estruendo metálico.

​Javier corrió hacia ellos y los ayudó a subir a la cornisa firme. Se veía diferente: llevaba un chaleco táctico, una radio en el hombro y una mirada que ya no buscaba aprobación, sino ejecución.

​—Vaya forma de arruinar un hotel de cinco estrellas, Matt —dijo Javier, ayudando a Adrián a ponerse de pie—. Me debes una por el equipo.

​—¿Para quién trabajas realmente, Javier? —preguntó Adrián, recuperando el aliento mientras veía cómo los hombres de su madre se quedaban frustrados en la azotea opuesta.

​—Digamos que la Fiscalía Federal tiene un departamento de "asuntos poco ortodoxos" —respondió Javier con una sonrisa cínica—. Me ofrecieron limpiar mi expediente si los ayudaba a cazar al verdadero pez gordo. Y resulta que el pez gordo no era tu padre, era la "viuda negra" que acaba de intentar secuestrarlos.

​El santuario de la insurgencia

​Javier los escoltó por un pasillo técnico hasta un garaje subterráneo donde esperaba una furgoneta de reparto de flores totalmente blindada. Una vez dentro, el silencio volvió a ser denso.

​—Beatriz tiene el disco duro —dijo Adrián, mirando a Mateo—. Lo dejaste en la habitación.

​Mateo sacó de su bolsillo interior un pequeño dispositivo plano, del tamaño de una moneda.

​—Lo que dejé en la habitación fue un señuelo con un virus troyano. En el momento en que Beatriz intente abrirlo en su red central, todos sus activos financieros se congelarán y su ubicación será enviada a la unidad de Javier —Mateo mostró el verdadero disco duro, oculto en el forro de su chaqueta—. El "Archivo Cero" sigue conmigo.

​Adrián se echó hacia atrás, riendo con una mezcla de histeria y admiración.

​—Eres un manipulador brillante, Mateo. A veces me das miedo.

​—Mejor que me tengas miedo a mí que a ella —respondió Mateo, aunque sus ojos buscaban la aprobación de Adrián—. Lo hice para protegernos. A los dos.

​El precio de la libertad

​Javier arrancó el vehículo. Mientras se alejaban de la zona de los hoteles, la ciudad empezaba a despertar.

​—Escuchen bien —dijo Javier desde el asiento del conductor—. Beatriz no se va a quedar de brazos cruzados. Ella tiene el control de la policía local, pero nosotros tenemos la jurisdicción federal. La única forma de ganar esto es ir al núcleo. Hay una gala mañana en el Palacio de Justicia. Beatriz va a aparecer allí para consolidar su poder ante los nuevos inversores de la constructora.

​—¿Quieres que nos infiltremos? —preguntó Mateo.

​—Quiero que Adrián dé la cara —dijo Javier, mirando por el retrovisor—. El mundo cree que Adrián es el heredero de un criminal. Si él sube al podio y entrega el "Archivo Cero" en vivo, frente a las cámaras de todo el país, Beatriz no tendrá dónde esconderse. Ni ella, ni los políticos que la apoyan.

​Adrián guardó silencio. Era el sacrificio final. Dar la cara significaba no poder volver a esconderse nunca más. Significaba que el romance secreto y la vida tranquila en la costa se habían terminado para siempre.

​Mateo tomó la mano de Adrián.

​—No tienes que hacerlo si no quieres, Adri. Podemos huir. Javier puede ayudarnos a salir del país.

​Adrián miró a Mateo, y luego sus manos entrelazadas. Vio las cicatrices de los últimos meses, el rastro de la traición y la fuerza de un amor que había sobrevivido a la oscuridad.

​—No más huidas —dijo Adrián con una firmeza que hizo que Javier asintiera con respeto—. Mañana terminamos con el legado de los De la Vega. Aunque eso signifique que mi apellido muera conmigo.

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