La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
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Parte 3: Mi Debut
El segundo acto comienza sin música
Eso es lo primero que noto.
El salón sigue lleno, los instrumentos continúan tocando, pero hay un silencio distinto, uno que se desliza entre las conversaciones y se posa sobre mí como una capa invisible. Ya no soy solo la joven duquesa debutante. Ahora soy la historia que todos están contando.
Me mantengo erguida. No huyo. No lloro. No reclamo en voz alta.
Camino.
Cada paso es medido, elegante, casi frágil. Las damas se abren a mi paso con miradas cargadas de empatía. Algunos caballeros inclinan la cabeza, incómodos. Otros evitan mirarme, como si mi vergüenza pudiera salpicarlos.
El príncipe ríe al fondo del salón.
No mucho.
No descaradamente.
Pero lo suficiente.
Y eso es imperdonable.
Me detengo cerca de una columna de mármol, fingiendo necesitar apoyo. Una doncella se apresura a ofrecerme agua. La acepto solo para tener algo que hacer con las manos.
—Pobre duquesa Svensson —susurra alguien—. Tan joven…
—Dicen que el rey está furioso —responde otra voz—. Esto no estaba planeado.
Perfecto.
Levanto la vista justo en el momento exacto en que el príncipe heredero se da cuenta de que ya no lo miran a él. Su sonrisa vacila. Busca aprobación en los rostros cercanos y no la encuentra. Sigue la dirección de las miradas.
Me ve.
Nuestros ojos se cruzan por un segundo.
Yo no frunzo el ceño.
No aprieto los labios.
No muestro rabia.
Solo decepción.
Es devastador.
Él duda. Literalmente da un paso hacia mí… y se detiene. Mira a Miriam, que sigue brillando en el centro del salón, ajena —o fingiendo estarlo— al cambio de atmósfera.
Demasiado tarde.
Mi padre se mueve entonces. No corre. No se precipita. Se acerca a mí con la dignidad de un duque que ha servido al reino durante décadas.
—¿Te encuentras bien, hija? —pregunta en voz alta, lo suficiente para que quienes están cerca escuchen.
Asiento lentamente.
—Sí, padre —respondo—. Solo… un poco cansada.
Cansada.
Qué palabra tan pequeña para tanto.
Mi madre se une a nosotros, toma mi mano y la aprieta con orgullo silencioso. Sus ojos están húmedos, pero su barbilla está en alto.
La familia Svensson permanece unida.
Eso también se nota.
—Tal vez deberías retirarte un momento —dice mi padre, lo bastante alto como para que el mensaje sea claro—. Mi hija no merece más incomodidades en su noche.
Alrededor, cabezas asienten.
Nadie lo contradice.
El rey observa desde la distancia. Su expresión es dura. No hacia mí.
Hacia su hijo.
Y entonces lo siento.
No lo veo al principio.
No lo busco conscientemente.
Pero el aire cambia.
Como si el salón inhalara de golpe.
Giro apenas la cabeza… y allí está.
Kael.
Apoyado contra una pared, vestido de negro impecable, sin insignias llamativas, sin necesidad de ellas. No participa del murmullo, no finge sorpresa. Sus ojos están clavados en mí con una atención peligrosa, intensa, contenida.
No me mira como a una víctima.
Me mira como a alguien que eligió este momento.
Una comisura de su boca se eleva apenas.
Señor oscuridad.
Por primera vez desde que empezó la noche, respiro de verdad.
El segundo acto no es sobre lágrimas.
No es sobre escándalo.
Es sobre consecuencias.
Y Kael…
Kael parece disfrutar cada segundo.
No dice nada. No sonríe de más. Simplemente se separa de la pared y comienza a caminar con la calma de quien ya decidió. No mira atrás, no necesita hacerlo. Al pasar cerca de una de las puertas laterales, levanta apenas la mano y hace una seña mínima, casi imperceptible.
Pero yo la veo.
Mi corazón da un salto traicionero.
Me excuso con una inclinación de cabeza hacia mis padres, murmuro algo sobre necesitar aire, y camino en dirección contraria al centro del salón. Nadie sospecha. Todos están demasiado ocupados comentando el escándalo reciente.
El balcón está apenas iluminado por antorchas bajas. El murmullo del salón queda atrás, amortiguado por el cristal y la noche fresca. Kael está de espaldas cuando llego, apoyado en la baranda, observando los jardines como si nada en el mundo pudiera sorprenderlo.
—Llegas puntual —dice sin girarse.
—Siempre —respondo, más segura de lo que me siento.
Cuando se vuelve hacia mí, no me da tiempo a decir nada más.
Me toma del rostro con una mano firme y me roba un beso breve, decidido, lleno de esa electricidad peligrosa que ya reconozco. No es largo. No es descuidado. Es suficiente para dejarme sin aire y con las mejillas ardiendo.
—Feliz debut, Lilith —murmura cerca de mis labios.
Respiro hondo, apoyo una mano en su pecho para mantener el equilibrio y sonrío.
—¿Eso es todo mi regalo? —pregunto, en tono ligero.
Kael arquea una ceja, divertido.
—Pide lo que quieras.
Me acerco entonces, lo justo para que nadie pueda vernos desde dentro. Me pongo de puntillas y le hablo al oído en un susurro tan bajo que solo él puede oír. No digo más. No explico. Solo pido.
Su cuerpo se tensa apenas un segundo.
Luego exhala.
—Ambiciosa —dice en voz baja, con una sonrisa lenta—. Me gusta.
Me aparto antes de que alguien pueda asomarse. Recupero la compostura, aliso mi vestido y lo miro con seriedad fingida.
—Me adelantaré a la fiesta con mis padres —le digo—. No te demores. Alcánzame en cinco minutos. No más. No quiero sospechas.
Kael inclina la cabeza, solemne, como si aceptara un juramento.
—Cinco minutos, Lilith.
Doy media vuelta sin mirar atrás. Regreso al salón con el pulso acelerado, el rostro sereno y la certeza peligrosa de que el verdadero acto aún no ha comenzado.
Regreso al salón con la compostura de alguien que definitivamente no acaba de descubrir que su acompañante misterioso es una calamidad histórica con piernas largas. Camino recta, sonrío cuando corresponde y asiento a comentarios que no escucho. Mi cabeza va por otro lado. Exactamente cinco minutos por otro lado.
Las puertas se abren.
No de golpe. No con teatralidad exagerada. Se abren con la seguridad de quien sabe que no necesita anunciarse porque su presencia hace el trabajo por él.
El aire cambia. Literalmente. El murmullo se corta como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible. Y entonces llegan los sonidos: jadeos contenidos, abanicos que se agitan con desesperación, copas que tintinean por manos temblorosas.
Levanto la vista.
Kael entra.
Y no, no es Kael como lo conozco en el lago, con esa sonrisa peligrosa y ese andar relajado. Es Kael cubierto por una máscara oscura, elegante, imposible de ignorar. Una máscara que nadie en este salón ha visto antes. Nadie excepto yo.
Y lo sé porque lo escucho.
—¿Es él…?
—La máscara…
—El archiduque de la Llama Eterna…
—El demonio sangriento…
Ah. Ese.
Me llevo una mano al pecho con delicadeza. Dentro, mi corazón hace malabares.
Claro. El villano. El antagonista. El nombre que en el libro original se pronunciaba en susurros dramáticos y finales trágicos. El hombre del que nadie conocía el rostro, del que se decía que no tenía emociones, ni piedad, ni paciencia.
Y yo sé exactamente cómo se ve cuando sonríe.
Kael avanza. Su presencia empuja al salón a abrirse como agua alrededor de una roca. No mira a Miriam. No mira al príncipe. No mira a mis padres. Camina directo hacia mí, como si el resto del mundo fuera decoración.
Qué modales tan peligrosos.
Siento las miradas clavarse en mi espalda. Mi madre hace un ruido extraño, entre orgullo y terror. Mi padre se queda rígido, evaluando amenazas diplomáticas a velocidad récord.
Kael se detiene frente a mí e inclina la cabeza con una elegancia impecable.
—Duquesa Lithya Svensson —dice—. ¿Me concedería este baile?
Silencio absoluto.
Si alguien deja caer un alfiler, creo que lo escuchamos rebotar tres veces.
Yo sonrío.
Porque claro que sonrío.
—Sería un honor, archiduque —respondo, con una dulzura tan correcta que duele.
Los suspiros regresan. Esta vez más fuertes.
Tomo su mano. La máscara no oculta la firmeza de su agarre ni la calidez que contradice todas las historias que cuentan sobre él. Caminamos hacia el centro del salón mientras la orquesta, después de una pausa existencial, empieza a tocar.
—Debo admitir —murmuro mientras damos el primer giro— que tu entrada fue innecesariamente dramática.
—¿Innecesaria? —responde—. Tal vez. Divertida, sin duda.
—Casi hago llorar a mi madre —digo—. Eso te resta puntos.
—La vi —dice—. También vi cómo te miraba a ti. No parece enojada.
—Mi madre es una ninfa —respondo—. Llora por emoción, por miedo y por cambios de clima. Esto cubre las tres categorías.
Kael suelta una risa baja. El sonido me recorre la espalda.
Bailamos. Y mientras lo hacemos, el salón entero se dedica a observarnos como si estuviéramos representando una obra prohibida. El príncipe no disimula su desconcierto. Miriam parece… irrelevante. Y no porque yo lo quiera así, sino porque Kael no la mira. Ni una vez.
—Sabes —digo—, me preguntó si alguien aparte de mi te llama la atención.
—¿Ah, sí? —responde—. Qué imaginación tan específica.
—Lo curioso —añado— es que nunca la has visto.
—No conozco a ninguna otra mujer como tú. —dice con calma— Y si la conociera, dudo que me importara esta noche.
Me muerdo la lengua para no reír.
—Eso va a romper muchos corazones —murmuro.
—No me importa—dice—
Gira conmigo. Mi vestido rojo se abre con cada movimiento, y siento las miradas multiplicarse. Kael me sostiene con seguridad, sin invadir, sin retroceder.
—Te están juzgando —dice—. A ti, no a mí.
—Siempre lo hacen —respondo—. Hoy solo tienen un motivo más interesante.
—¿Te molesta?
—Me entretiene —digo—. Es como teatro gratuito.
Se inclina un poco más.
—Lilith —dice, usando ese nombre que solo él me da—. No sabía quién eras cuando te vi en la feria. Y no me importó.
Lo miro.
—Eso es peligrosamente honesto.
—Lo soy —responde—. Incluso con la máscara puesta.
El baile continúa. El salón sigue girando, pero algo ha cambiado. La historia ya no sigue su camino original. No hay destino prefijado, ni romance predeterminado, ni villano enamorado de la protagonista equivocada.
Solo hay un archiduque enmascarado bailando conmigo.
La música termina. Kael no me suelta de inmediato. Hace una leve inclinación y besa mi mano, justo donde todos puedan verlo.
Los jadeos regresan, ahora mezclados con murmullos frenéticos.
—Gracias por el baile, duquesa —dice—. Ha sido… esclarecedor.
—El gusto fue mío —respondo—. Aunque creo que acabas de provocar seis desmayos y tres crisis políticas.
—Nada que no pueda manejarse —dice—. ¿Nos veremos luego?
—Eso espero —digo—. Me debes una explicación completa.
—Te debo varias cosas —responde—. Empezaré por no desaparecer.
Se aleja.
Y el salón estalla.
Las conversaciones regresan como una ola. Mi madre me abraza con fuerza. Mi padre me mira como si acabara de descubrir que su hija es más peligrosa de lo que pensaba.
Y yo, en medio del ruido, sonrío.
Porque el archiduque de la Llama Eterna no conoce a Miriam.
Porque nadie conoce su rostro excepto yo.
Porque el villano principal acaba de bailar conmigo.
Y porque, por primera vez desde que desperté en este mundo, la historia se siente deliciosamente fuera de control.
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Regresamos al ducado cuando la noche ya se ha asentado como un manto pesado sobre la ciudad. El carruaje avanza en silencio, solo interrumpido por el rodar de las ruedas y el lejano canto de algún ave nocturna. Nadie dice nada. Mis padres tampoco. Y eso es, curiosamente, lo más inquietante de todo.
Pero no lo hacen.
Me miran de reojo, como si yo fuera una palabra demasiado peligrosa para decir en voz alta. Yo mantengo la vista al frente, la espalda recta, el rostro sereno. He aprendido bien ese arte.
Al llegar al ducado, los sirvientes nos reciben con la eficiencia de siempre, aunque noto las miradas curiosas, los susurros contenidos. Las noticias viajan rápido, incluso más rápido que los carruajes.
Un rumor nuevo ya se desliza entre los pasillos como veneno dulce:
el príncipe tomará una nueva concubina.
No me sorprende.
No me duele.
Si soy honesta, me provoca una risa cansada que guardo solo para mí.
Otro rumor le pisa los talones, mucho más peligroso:
el archiduque de la Llama Eterna ha mostrado interés en la joven heredera del ducado Svensson.
En mí.
Esa idea, en cambio, no me deja indiferente.
Subimos la escalera principal. Mi madre se detiene un instante, como si fuera a decir algo. Abre los labios. Los cierra. Me acaricia la mano con suavidad y continúa. Mi padre asiente una sola vez, solemne.
Es su manera de decir: hablaremos luego.
Y también: confío en ti.
Me dirijo a mi habitación sin mirar atrás. Al cerrar la puerta, el mundo exterior se apaga de golpe. El silencio aquí es distinto, más íntimo. Me libero del peso del vestido del debut, de las joyas, del peinado perfecto. Cada capa que dejo atrás se lleva consigo una expectativa ajena.
Me pongo un camisón ligero y trasparente como en los de mi primera vida, la tela cae suave, como una caricia honesta después de una noche cargada de miradas y juicios. No hay público aquí. No hay títulos. Solo yo y mis pensamientos.
Me recuesto en la cama.
El techo me devuelve la mirada mientras la noche se filtra por la ventana. Pienso en el príncipe y en lo poco que importa ya su figura en mi historia. Pienso en los rumores, en cómo el mundo se reordena solo por atreverse a salir del guion.
Y, inevitablemente, pienso en la máscara.
En la voz baja que me llamó por un nombre que no es el mío y, sin embargo, me pertenece. En la forma en que el archiduque no me miró como un trofeo ni como una pieza política, sino como una decisión.
Cierro los ojos.
Mañana vendrán las preguntas.
Las consecuencias.
Los movimientos en el tablero.
Pero esta noche…
Esta noche me permito dormir, sabiendo que algo ha cambiado, y que el fuego que se ha encendido ya no se apagará con facilidad.