Sinopsis:
Emma Vance, condecorada piloto militar e ingeniera aeroespacial, es obligada a asumir el control del mayor imperio aéreo familiar de Estados Unidos. Negándose a mandar desde un despacho sin conocer la realidad de sus hangares, se infiltra como copiloto anónima bajo el apellido Ross para desmantelar desde adentro la cultura machista que corroe la empresa.
Su misión entra en turbulencia cuando descubre que el capitán estrella de la aerolínea es Logan Rhodes, el pupilo mimado de su padre y el hombre con quien compartió noches ardientes en escalas internacionales bajo la falsa creencia de que ella era solo una azafata. Entre cabinas hostiles, orgullos heridos y mandos compartidos al límite, ambos librarán su batalla más peligrosa a diez mil metros de altura, donde ceder el control puede ser la única forma de no estrellarse.
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Capítulo 17: Garganta de fuego
La pista auxiliar de Incirlik desapareció en la negrura absoluta del desierto bajo el morro del C-130 Hércules.
Sin luces de posición, sin transpondedor civil y con el blindaje de cabina cerrado a cal y canto, el gigante de cuatro turbohélices trepó hacia las montañas de la frontera este rugiendo como una bestia de acero despierta tras un largo letargo.
En el puente de mando, la iluminación estándar había sido conmutada a un modo táctico de luz roja tenue para no deslumbrar los tubos de fósforo verde de los visores nocturnos AN/AVS-9 montados en sus cascos.
Emma Ross gobernaba la pesada máquina con ambas manos aferradas a los cuernos de mando, los músculos de los antebrazos tensos bajo la tela ignífuga del mono de combate. Volaba a cincuenta metros sobre el relieve dentado de las cordilleras, serpenteando entre los cañones para mantener el fuselaje por debajo del haz de barrido de los radares de vigilancia fronterizos.
A su derecha, Logan Rhodes tenía los ojos inyectados en sangre y las manos firmes en los cuadrantes de aceleración y mezcla.
Había volado reactores ultramodernos dotados de controles electrónicos fly-by-wire y asistencias digitales que hacían casi todo el trabajo sucio; pero el Hércules era un monstruo de poleas mecánicas, cables de acero y fuerza hidráulica pura. Cada sacudida de la masa de aire de montaña le golpeaba los hombros a través de los pedales y la consola central.
Sin embargo, Logan no pestañeó. Había dejado atrás al capitán mimado de corbata de seda; ahora cantaba parámetros de telemetría de turbinas con una precisión de cronómetro militar, anticipándose a cada movimiento de Emma:
—Temperatura de entrada a turbina en el motor tres tocando ochocientos grados, General —cantó Logan por el intercomunicador de cabina, modulando la perilla de enriquecimiento de combustible con un toque milimétrico—. Presión de aceite estable en doce bares. Tanques alares drenando de forma simétrica hacia los tanques nodriza de la bodega.
Emma ajustó el compensador de cabeceo con el pulgar izquierdo mientras esquivaba el risco de una montaña que pasó a escasos treinta metros de la punta del plano alar:
—Mantenga el flujo estabilizado en el tres, Rhodes. Vamos a necesitar cada libra de empuje cuando entremos en pérdida controlada sobre el lecho del río. ¿Lectura de altímetro radar?
—Ciento ochenta pies sobre el terreno y descendiendo —respondió Logan de inmediato, con la voz templada y sin un solo temblor—. Velocidad doscientos diez nudos. El estrecho del desfiladero de Shahi aparece en el barrido térmico en tres millas a las doce en punto.
A través del auricular del casco, la voz de Marcus Gallagher llegó desde la bodega de carga trasera, limpia y tensa sobre el aullido del aire:
—General, la rampa trasera está despresurizada y con los seguros de apertura rápida desenganchados. Tengo las camillas de evacuación aseguradas y la ametralladora pesada calibre cincuenta montada en el soporte de cola. Tenemos contacto por radiobaliza táctica de corto alcance.
Emma pulsó el interruptor de transmisión del pedestal con el pulgar:
—Aquí Cóndor Líder en frecuencia táctica de emergencia. Lobo Seis, responda.
Un chasquido de estática perforó el auricular, seguido de una respiración entrecortada y el chasquido ensordecedor de ráfagas de fusilería pesada rebotando contra la roca:
—¡Cóndor Líder! ¡Habla el sargento Miller! —la voz del operador sonaba ronca, quemada por el frío y la pólvora—. ¡Dios santo, General, sabíamos que no nos dejaría tirados! ¡Estamos en la repisa oriental, a cincuenta metros del lecho seco! ¡Una milicia fuertemente armada nos tiene fijados desde las dos crestas laterales! ¡Tienen dos emplazamientos de ametralladora pesada DShK de catorce milímetros y lanzagranadas térmicos! ¡La munición nos dura menos de diez minutos!
—Mantengan la cabeza abajo, Miller —ordenó Emma con una serenidad que heló el canal de radio—. Estamos entrando por la garganta sur. Aterrizaje en asalto táctico. Quince minutos para cargar a todos y despegamos.
—¡General, el lecho del río tiene menos de cuatrocientos metros y está cubierto de lodo congelado y rocas! —gritó Miller sobre el estruendo de un mortero que estalló cerca de su posición—. ¡Si entra con ese pájaro no va a poder frenar antes del paredón norte!
Emma miró a Logan a través de la visera verde del visor nocturno. Sus ojos castaños ardían en una determinación letal:
—¿Escuchó eso, Rhodes?
Logan clavó la mano derecha sobre las palancas de inversión de paso de las cuatro hélices:
—El paredón se va a tener que apartar, mi General. Flaps en cuarenta grados listos a su orden.
El C-130 viró bruscamente a la izquierda, entrando como un proyectil en la garganta del valle de Shahi.
A ambos lados de la cabina, las paredes verticales de roca caliza se alzaban a seiscientos metros de altura, tan cerca que las puntas de las alas parecían rozar los peñascos oscuros. La visibilidad era un infierno de nieve arremolinada y niebla congelada.
De pronto, la noche se encendió.
Desde las dos crestas laterales del valle, una lluvia de trazadoras rojas y amarillas de catorce milímetros comenzó a llover sobre el avión. Los proyectiles cortaban la niebla como relámpagos continuos, rebotando contra el blindaje de titanio del morro con un tableteo ensordecedor de impactos de metralla:
¡CLANG-CLANG-CLANG!
—¡Impactos en el extradós del ala izquierda! —anunció Logan, sin apartar los ojos de los medidores de presión hidráulica—. El circuito primario mantiene la presión. ¡Lanzagranadas en la cresta a las diez en punto!
Una estela de humo blanco descendió en espiral desde la cima rocosa.
—¡Lanzando bengalas térmicas! —rugió Marcus desde la bodega.
Una salva de señuelos incandescentes se desprendió de la cola del Hércules, dibujando un abanico de fuego blanco en la garganta del valle. El proyectil enemigo mordió una de las bengalas y detonó a cincuenta metros por detrás del timón de cola con una explosión sorda que sacudió la mole de cincuenta toneladas como si fuera una hoja seca.
Emma no se inmutó. Empujó el morro hacia el fondo de la quebrada, buscando el suelo con una agresividad suicida:
—¡Corte de gases a ralentí de vuelo! ¡Flaps al máximo, Logan! ¡Ahora!
Logan tiró de la palanca de flaps con toda su fuerza y replegó los cuatro gases hacia atrás al unísono:
—¡Flaps cincuenta abajo! ¡Velocidad noventa y cinco nudos! ¡Entrando en pérdida controlada!
El lecho del río apareció de golpe bajo la niebla: una lengua estrecha de tierra negra, grava filosa y costras de hielo resquebrajado, flanqueada por peñascos que amenazaban con arrancar los motores de cuajo.
¡BAM!
El tren de aterrizaje principal de doce ruedas golpeó el suelo congelado con un impacto brutal que comprimió los amortiguadores hidráulicos hasta su tope físico, haciendo rechinar cada remache del fuselaje.
—¡Reversores a fondo! —bramó Emma, apoyándose con ambos pies sobre los pedales de frenado mecánico de alta presión.
Logan no dudó. Sus dedos enguantados levantaron las cuatro palancas de bloqueo y tiró de los reversores hacia la posición de empuje inverso máximo en una fracción de segundo:
—¡Cuatro hélices en paso negativo simétrico! ¡Potencia de frenado al cien por ciento!
Las cuatro hélices de cuatro palas giraron su ángulo de ataque contra el flujo del aire con un rugido ensordecedor que hizo vibrar los paneles de instrumentos como si fueran a desprenderse. Una tormenta de barro, piedras y hielo desmenuzado salió disparada hacia adelante a través del cono de las turbinas.
El avión patinó lateralmente sobre la pista contaminada, perdiendo sustentación y coleando peligrosamente hacia una pared de roca que se acercaba a setenta nudos.
—¡Pedal izquierdo a fondo! —gritó Emma, compensando el derrape con una fuerza descomunal sobre el timón de dirección mientras Logan modulaba el acelerador exterior derecho para corregir la guiñada con empuje diferencial.
El Hércules se clavó en el barro con un chirrido agónico de los neumáticos de freno, deteniéndose en seco a escasos diez metros del muro ciego de caliza que cerraba el desfiladero.
Silencio en cabina. Solo el silbido agudo de las turbinas al ralentí y el eco de los disparos afuera.
—Tiempo de parada: trescientos ochenta metros —jadeó Logan, con el sudor corriéndole por debajo del casco y el pecho subiendo y bajando con una respiración rota—. Lo metiste en una baldosa, Emma...
Emma ya se había soltado los arneses de cuatro puntos antes de que el avión dejara de oscilar.
Se quitó los auriculares, tomó su fusil de asalto corto del soporte trasero del mamparo y clavó la vista en Logan:
—Mantenga los motores uno y cuatro al ralentí para suministrar energía a los sistemas y mantenga la mano en los gases del dos y el tres listos para el soplado de emergencia. Si nos barren la cabina, usted despega este avión con quien esté a bordo. ¿Quedó claro?
Logan la miró con los ojos grises encendidos en una devoción que rozaba la locura. Desabrochó su arnés con un movimiento seco, desenfundó la pistola que llevaba en el chaleco y sostuvo la mirada de su comandante:
—Nadie despega sin ti, General. Vigilo los cuatro cuadrantes y le cubro la espalda al que intente acercarse al morro. Vayan por los muchachos.
Emma le sostuvo la mirada durante medio segundo. No hubo palabras; solo un asentimiento limpio y marcial que selló entre ambos un pacto de sangre más fuerte que cualquier promesa humana.
Emma cruzó el mamparo hacia la bodega de carga a la carrera.
Afuera, la rampa trasera del C-130 bajó con un siseo hidráulico hacia el fango helado. El frío cortante del valle y el estruendo de la fusilería pesada invadieron el compartimento interior al instante.
Marcus Gallagher ya estaba rodilla en tierra sobre el borde metálico de la rampa, disparando ráfagas controladas con la ametralladora calibre cincuenta hacia los nidos de tiradores apostados en las rocas altas:
¡DO-DO-DO-DO-DO-DO!
Los casquillos dorados y pesados caían sobre el piso de la bodega con un tintineo frenético mientras el fuego defensivo pulverizaba las posiciones enemigas en la cornisa.
Emma saltó al barro congelado con el fusil encajado en el hombro, avanzando en semicírculo hacia las rocas del lecho fluvial:
—¡Miller! ¡Fuego de cobertura en el flanco sur! ¡A la rampa, muévanse!
Desde una grieta profunda en la base del acantilado, tres figuras cubiertas de barro, sangre seca y uniformes desgarrados emergieron corriendo agazapadas. Dos de ellos cargaban a un cuarto hombre inconsciente con un vendaje compresivo improvisado en el muslo, mientras el sargento Miller cubría la retirada disparando hacia los riscos con su última tolva de proyectiles.
—¡Adentro! ¡Suban a la bodega! —rugió Marcus desde la ametralladora, señalando el interior iluminado de rojo mientras derribaba a dos tiradores que intentaban descender por la pendiente de grava.
Los operadores heridos treparon por la rampa resbaladiza cayendo sobre el suelo de aluminio, jadeando entre lágrimas y toses ahogadas.
Miller fue el último en alcanzar el metal de la compuerta. Se giró, descargando los últimos tres cartuchos de su fusil hacia la oscuridad antes de desplomarse de espaldas contra la mampara de estiba:
—¡Están todos a bordo, mi General! —aulló el sargento, con los ojos anegados en lágrimas al ver a Emma disparando desde el barro para cubrir el último tramo—. ¡Somos los cinco! ¡Suba, por el amor de Dios, suba!
Un silbido agudo, penetrante y letal rasgó el aire del desfiladero.
En lo alto de la cresta oriental, un insurgente asomó el torso con un lanzagranadas RPG-7 apuntando directamente hacia el ala derecha del Hércules, donde el motor número cuatro giraba indefenso.
Desde la cabina elevada, Logan lo vio a través del cristal lateral del copiloto.
El protegido de Richard Vance no dudó. No calculó riesgos corporativos ni pensó en su propia vida.
Logan descorrió la ventanilla deslizante de escape de la cabina, sacó medio cuerpo hacia el vendaval helado y, apoyando los dos brazos sobre el marco de titanio para estabilizar la puntería, descargó cuatro disparos consecutivos con su arma corta contra la silueta en la cornisa.
Tres proyectiles impactaron en el pecho del tirador enemigo, arrojándolo al vacío antes de que pudiera accionar el percutor del cohete. El proyectil detonó inofensivamente contra las piedras de la ladera, levantando una nube de polvo y esquirlas a veinte metros del fuselaje.
Emma subió la rampa de dos zancadas, saltando al interior de la bodega con el uniforme cubierto de lodo y pólvora.
—¡Rampa arriba! —bramó Emma a Marcus mientras se pasaba la correa del fusil al hombro—. ¡Trinquete de alta presión en compuertas!
La pesada puerta trasera se cerró con un chasquido metálico rotundo, sellando a los nueve ocupantes en el vientre del monstruo.
Emma cruzó la bodega sorteando a los heridos que eran atendidos por Miller y Marcus, y subió la escalerilla hacia el puente de mando con el corazón latiéndole como una turbina en postcombustión.
Se dejó caer en el asiento izquierdo, encajó los arneses de combate con un golpe seco y se caló los auriculares.
Logan estaba allí, con el arma humeante sobre la consola, la mejilla cortada por el roce de una astilla de piedra y la mano derecha aferrada a las cuatro palancas de gases.
Emma lo miró a los ojos a través de la visera táctica. Había sangre en la cara del piloto, pero en sus pupilas grises no quedaba ni una sola sombra de miedo:
—Buen tiro, copiloto.
Logan sonrió de medio lado con esa sonrisa arrogante que a ella siempre le había revuelto las entrañas, pero que ahora brillaba con el fuego puro de un hombre renacido en el combate:
—Te dije que no iba a dudar, mi General. Ahora sácanos de este pozo antes de que nos tiren la montaña encima.
Emma llevó las dos manos a los mandos centrales, clavando los ojos en el muro ciego de caliza que tenían a noventa metros frente al morro:
—¡Secuencia JATO de despegue corto! —ordenó Emma con una voz que retumbó en la estructura del avión—. ¡Cuatro gases a potencia militar de emergencia!
Logan empujó los cuadrantes hacia el tope delantero con toda la fuerza de su cuerpo:
—¡Potencia militar fijada! ¡Presiones y temperaturas en arco verde!
Emma estiró el dedo hacia el panel superior y levantó la cubierta de seguridad roja del interruptor de ignición de los ocho cohetes de combustible sólido adosados al fuselaje trasero:
—¡Encendido de cohetes en tres... dos... uno!
Emma presionó el interruptor.
Una llamarada colosal de fuego blanco y humo denso rugió bajo la cola del Hércules con la fuerza de diez toneladas de empuje instantáneo, catapultando al coloso de cincuenta toneladas hacia el cielo negro del valle como una flecha lanzada hacia las estrellas.