El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 15: Decisiones en la penumbra
Cedric llegó al Palacio Zafiro a primera hora de la tarde, vistiendo su habitual casaca de montar sin escolta visible. Tras la suspensión de la cacería y el arresto de Evelyn, el muchacho caminaba con un semblante mucho más sereno, pero al entrar a la pequeña sala de té y ver las expresiones solemnes de nuestra familia, su sonrisa juvenil se desvaneció.
—Noble Consorte —saludó Cedric, haciendo una reverencia respetuosa antes de mirar a sus hermanos—. ¿Ocurrió algo grave? El mensaje que me enviaron sonaba muy urgente.
—Siéntate, Cedric —le pedí con voz calmada, señalando el sillón frente a la mesa—. Tus hermanos te pidieron venir porque tienen algo crucial que comunicarte.
Cedric tomó asiento despacio, con los ojos celestes llenos de intriga.
Rosalind tomó aire, entrelazó sus dedos sobre la falda y habló con una madurez que sorprendió al propio príncipe heredero.
—Anoche nuestro padre amenazó a madre —explicó la niña de doce años con frialdad analítica—. Planea comprometerme con el Duque del Norte en cuatro años y enviarme desde ahora como pupila lejana. Y a Cassian quiere mandarlo a las ciénagas del sur bajo las órdenes del Gran Mariscal, la familia de la Consorte Theresa.
Cedric palideció al instante, apretando los puños sobre las rodillas.
—¿Las ciénagas del sur? —soltó el muchacho con indignación—. Ese lugar es un pantano insalubre plagado de fiebres y bandidos. ¡Cassian tiene diez años! Es una locura enviarlo allí.
—Por eso nuestros abuelos han planteado una defensa —intervino Cassian en voz bajita pero clara—. La abuela Seraphina le cederá a Rosalind el título de Puerto Serena en Valoria para que nadie pueda obligarla a casarse. Y el abuelo Guillermo me inscribirá como cadete en la Tercera Legión Occidental.
Cedric abrió los ojos de par en par. Conocía las leyes del imperio al pie de la letra.
—Pero Cassian... —murmuró Cedric con la voz temblorosa por la revelación—. Si juras por una legión de la frontera, a los quince años tendrás que marchar al frente de batalla. Y peor aún: por la ley marcial de Carlisle, un soldado juramentado no puede sentarse jamás en el trono imperial. Quedarías fuera de la sucesión para siempre.
—Yo no quiero el trono, hermano Cedric —respondió Cassian mirándolo directo a los ojos, sin una pizca de duda infantil—. Quiero que tú seas el Emperador. Tú nos cuidaste cuando madre no nos miraba, y sé que con la corona no nos harás daño.
Cedric se quedó sin palabras. El peso del sacrificio que su hermano menor estaba dispuesto a hacer para salvar a su propia familia lo conmovió profundamente.
—Vayan a los jardines, niños —les pedí suavemente, poniéndome de pie—. Tienen mucho de qué hablar entre ustedes tres. Yo debo cruzar al Palacio Solar para atender un asunto urgente con la Emperatriz. Los dejaré a solas.
Bajo la sombra fresca del gran sauce llorón en el jardín privado, los tres príncipes se sentaron en el banco de piedra tallada. El viento mecía las ramas suaves y por unos minutos solo se escuchó el crujido de las hojas secas.
Cedric miró fijamente a Cassian, con las manos entrelazadas y el rostro cargado de una culpa que no le pertenecía.
—Cassian... no tienes que hacer esto por mí —dijo Cedric en voz baja, inclinándose hacia su hermano menor—. Renunciar a tus derechos de sangre no es un juego de niños. La frontera de tu abuelo es implacable. Hay inviernos donde la nieve tapa las murallas y los destacamentos pasan meses aislados. No quiero que lleves esa vida dura solo para que yo no tenga rivales en el palacio.
Cassian negó despacio con la cabeza, jugando con la tela de sus pantalones.
—No lo hago solo por ti, hermano Cedric. Si me quedo en la línea del trono, padre me mandará con la familia de Theresa a morir a los pantanos. Prefiero la nieve del abuelo Guillermo que el veneno de la corte. Además... tú siempre fuiste bueno con nosotros. Yo sé que tú no vas a matarnos cuando seas grande.
Rosalind observó el perfil de Cedric con la mirada afilada que estaba aprendiendo a usar.
—Hermano Cedric, si Cassian y yo aceptamos los planes de los abuelos, la facción del Palacio Zafiro te respaldará por completo —planteó la niña con firmeza—. Pero necesitamos una promesa tuya. Cuando lleves la corona, ¿reconocerás la soberanía de Valoria sobre mi feudo y mantendrás la autonomía de Cassian en la frontera?
Cedric levantó la vista y miró a Rosalind con absoluta seriedad y solemnidad de caballero.
—Lo juro por mi vida y por mi espada, Rosalind —declaró el muchacho con voz limpia—. Si llego a portar la corona de Carlisle, jamás tocaré las tierras de Valoria ni permitiré que nadie obligue a Cassian a arrodillarse. Serán intocables.
Un paje de la guardia imperial apareció a lo lejos en el sendero, haciendo una seña discreta hacia Cedric.
—Debo retirarme; mi madre me espera para la inspección de la guardia de la tarde —dijo Cedric, poniéndose de pie con pesar. Puso una mano cálida sobre el hombro de Cassian y miró a Rosalind con afecto—. Piénsenlo con calma. Sea lo que sea que decidan, yo siempre seré su hermano mayor.
Cedric se alejó a paso rápido por el camino empedrado, dejando a los dos hermanos solos bajo el sauce.
El silencio volvió a caer sobre ellos, más pesado que antes.
Cassian pateó una pequeña piedra sobre la hierba con la mirada gacha y los hombros caídos.
—Hermana... ¿de verdad crees que madre cambió? —preguntó Cassian en un susurro temeroso, mirando hacia las ventanas distantes del palacio—. Tengo miedo. Si acepto ir a la frontera a los quince años, ¿y si me envía antes? ¿Y si me deja solo en la nieve para siempre y no vuelve a buscarme?
Rosalind se sentó más cerca de él y suspiró hondo, acomodándose la falda con dedos inquietos.
—Madre lloró, Cassian. La vi a los ojos cuando nos pidió perdón —dijo Rosalind, aunque el ceño fruncido delataba sus propias dudas—. Pero gobernar Puerto Serena tampoco es fácil. La abuela dice que seré Señora Feudal, pero solo tengo doce años. Tendré que tratar con barcos mercantes, impuestos y nobles de otro reino. ¿Y si me equivoco y nos quitan las tierras?
—Pero el Norte es horrible, Rosalind —recordó Cassian, estremeciéndose por puro espanto—. Dicen que el Duque del Norte encierra a sus esposas en castillos de hielo y nadie las vuelve a ver. No quiero que te vayas allá.
—Y yo no quiero que vayas a morir a las ciénagas del sur por culpa de Theresa —respondió Rosalind con la voz quebrada por la angustia—. Pero renunciar al trono significa que nunca más podremos pedirle nada a padre. Quedarás a merced de lo que decida el ejército. Es una decisión para toda la vida, Cassian. No podemos decir que sí solo porque hoy madre nos habló con dulzura.
Cassian apretó sus pequeños puños a los costados.
—Cedric fue sincero. Confío en él. Pero... tienes razón, hermana. Todo está pasando demasiado rápido. Me da miedo prometer algo que no entiendo del todo.
—Tenemos que hablar con madre —sentenció Rosalind, poniéndose de pie con determinación—. Debemos pedirle tiempo para pensarlo bien.
Mientras tanto, en el Palacio Solar, la Emperatriz Eleanor terminó de escuchar mi propuesta con la taza de porcelana suspendida en el aire, completamente petrificada.
—¿Me estás diciendo... que retiras a tu hijo de la carrera por el trono por voluntad propia? —preguntó Eleanor, dándose la vuelta con una mirada cargada de incredulidad—. En la historia de este imperio, jamás una consorte de alto rango ha renunciado a la corona para su descendiente.
—Mi hijo no es una moneda para pagar ambiciones, Eleanor —le respondí con serenidad inquebrantable—. Kaelen quiere que Gilbert y Cassian se maten contra Cedric para reinar sobre las cenizas. Yo no voy a alimentar esa carnicería.
Eleanor respiró hondo, asimilando la magnitud del cambio político.
—Si Cassian entra al escalafón militar del Escudo de Hierro y Rosalind se convierte en Señora Feudal de Valoria, Kaelen perderá toda capacidad de extorsionarte —analizó la Emperatriz con agudeza clínica—. Y a la vez, Cedric queda sin oposición interna por parte de tu facción. ¿Qué esperas de mí a cambio de esto, Valeria?
—Solo una cosa —la miré fijamente a los ojos—. Cuando Cedric porte la corona de Carlisle y tú seas la Emperatriz Madre, el trono reconocerá la soberanía de Rosalind en Valoria y mantendrá intacta la autonomía militar de Cassian en la frontera. Ni decretos matrimoniales forzados, ni purgas contra mi familia.
Eleanor apoyó las manos en su escritorio de roble y me sostuvo la mirada con una solemnidad absoluta.
—Tienes mi juramento sagrado por el honor de la Casa Halstead y por la vida que le salvaste a mi hijo —sentenció la Emperatriz con firmeza—. Mientras yo respire, Cedric y yo defenderemos los derechos de tus hijos como si fueran los nuestros.
El sol se estaba ocultando tras las torres cuando regresé al salón principal del Palacio Zafiro. Allí me esperaban mis dos hijos de pie, con posturas erguidas pero con evidente nerviosismo en sus rostros.
—Madre —habló Rosalind, dando un paso al frente y tomando aire con fuerza—. Hablamos con el hermano Cedric y también entre nosotros dos. Entendemos lo que intentan hacer los abuelos para salvarnos, pero... es una decisión demasiado grande.
Cassian miró el suelo un instante antes de armarse de valor y levantar la vista.
—Necesitamos pensarlo bien, madre —admitió el niño con la voz temblorosa—. Es nuestro futuro... y todavía tenemos miedo de equivocarnos.
El corazón se me encogió al escucharlos. Sabía perfectamente que tenían razón: estaban asimilando en horas lo que a un adulto le costaría meses. Sin embargo, la fría realidad de la corte no nos daba margen para la indecisión.
Me acerqué despacio y me incliné hacia ellos, mirándolos con ternura pero con absoluta franqueza.
—Tienen todo el derecho del mundo a dudar y a pensarlo, mis amores —les dije con suavidad—. Pero escúchenme con atención: no pueden tardar más de una semana en darme una respuesta.
Rosalind pestañeó, alarmada.
—¿Solo una semana, madre?
—Las tres mil lanzas de su abuelo Guillermo no pueden acampar indefinidamente en los patios de la capital sin que el Consejo lo declare una provocación militar abierta —les expliqué con gravedad—. Además, su abuela Seraphina debe regresar a Valoria para registrar los pergaminos notariales ante las Cortes Reales. Tienen siete días exactos. Antes de que sus abuelos tengan que marcharse de vuelta a la frontera, los sellos deben estar firmados y los decretos ratificados frente al tribunal imperial. Si dejamos que se vayan sin eso, quedaremos desprotegidos ante su padre otra vez.
Cassian y Rosalind se miraron entre sí, sintiendo el peso aplastante del reloj sobre sus cabezas.
—Siete días... —susurró Cassian, asintiendo despacio.
—Siete días, madre —repitió Rosalind con firmeza, asumiendo la urgencia—. Lo pensaremos con cuidado y te daremos una respuesta definitiva antes de que se agote el plazo.
Acaricié las mejillas de ambos con una sonrisa contenida. El ultimátum estaba sobre la mesa: una semana para definir si mis hijos elegían el camino de las armas y los mares, o si quedaban atrapados para siempre en la carnicería del trono de Carlisle.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre