Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 15
Pasé la noche en vela, una vez más.
Martin no se fue cuando se cumplieron los cinco minutos. Al contrario, se acurrucó en el sillón abrazando el huevo como si fuera suyo, como si le perteneciera por derecho. Y yo… yo sentía que me estaba volviendo loco. Actuaba como si él fuera la madre, como si su calor fuera el refugio que mi hijo buscaba, y mi propio bebé parecía responderle mejor que a mí. Esa certeza me quemaba por dentro, lenta y dolorosa, como hielo derritiéndose en la sangre.
Ignis dormía profundamente a mi lado, ajeno a mi tormento, y yo no sabía si gritarle a Martin que se largara o dejarlo estar por el bien de mi hijo que llevaba ahora en sus brazos.
Tengo que calmarme. Mientras mi bebé lo necesite, no puedo alejarlo. Me repetía eso una y otra vez, como un consuelo desesperado. Cuando nazca… ya no lo necesitará.
Era mi único consuelo. La única esperanza que me quedaba.
Apenas salió el sol, Catrina entró sin hacer ruido. Me vio sentado en el borde de la cama, con ojeras profundas que parecían cortadas bajo mis ojos, con la mirada clavada en Martin sin apartarla ni un segundo.
—Señor Bellamy… ¿cómo puede permitir que siga así? —susurró, con la voz quebrada por la indignación.
Vi en sus ojos que estaba decidida. Iba a quitarle el huevo, costara lo que costara. No me pediría permiso. No esperaría a que yo me atreviera.
—No, Catrina. Déjalo —la detuve, sin fuerzas, con el alma hecha pedazos—. Es mejor así.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Le dolía verme rendido. Después de todo lo que habíamos pasado, de todos los secretos que compartimos, de las veces que nos salvamos la vida el uno al otro… no merecía verme así, tan vencido.
—No puedo, señor —respondió firme, con la mandíbula tensa—. Usted me dio un hogar para mi madre. Pagó los estudios de mis hermanos. Me dio un nombre cuando nadie me daba ni trabajo. No puedo quedarme de brazos cruzados viendo cómo le quitan a su propio hijo.
Con esas palabras se dio la vuelta. No esperó respuesta. Tomó al huevo entre sus manos, con firmeza y una ternura que dolía ver, y lo levantó del pecho de Martin.
Martin se despertó de golpe.
No gritó. No protestó. Solo me miró. Con una expresión que parecía de inocencia, pero que yo reconocí al instante. Era terror. Terror a perder lo que acababa de conseguir.
—Joven Martin —dijo Catrina con voz fuerte, lo bastante firme para rasgar el silencio de la mañana y despertar a Ignis—, ha dormido en el sillón toda la noche. Seguro que no se siente bien. Vaya a descansar a su habitación. Los señores necesitan tiempo a solas. Nosotros nos encargamos.
Ignis se levantó de inmediato, aún medio dormido, y me rodeó con un brazo, sosteniéndome como si supiera que me estaba desmoronando. Miró a Martin en el sillón, a Catrina con el huevo entre sus manos, y en un segundo lo entendió todo.
—Tiene razón —dije yo, recuperando el aliento por primera vez en horas—. No has descansado. Es mejor que vayas a tu habitación.
Martin nos miró a los tres. A Catrina, que no bajaba la mirada. A mí, que por fin tenía al huevo de vuelta contra mi pecho. A Ignis, que me abrazaba con fuerza, reclamándome, protegiéndome.
Sonrió. Pero esa sonrisa no era como una máscara. Ocultaba todo lo que no se atrevía a decir. Sus manos apretaban con tanta fuerza el borde de su túnica y su rostro pálidos de rabia contenida.
—Sí, los dejo —respondió con voz suave, casi dulce—. Llámame si me necesitan.
Y aunque sus ojos parecían a punto de llenarse de lágrimas, se dio la vuelta y salió, dejando tras de sí un silencio pesado, cargado de cosas no dichas.
—Descansa, Martin. Y gracias por cuidar de tu sobrino —dijo Ignis cuando ya se iba, con una calma que cortaba más que un grito.
Tu sobrino.
Martin se detuvo un segundo en la puerta mirando de reojo a Ignis. Él me abrazaba fuerte sin prestarle atención a Martin.
Sentí que el corazón me volvía al pecho, como si hubiera estado detenido desde días atrás. Ignis se había puesto de mi lado. Con esas dos palabras dejó claro, sin lugar a dudas: Martin no era la madre. No era nada más que familia. Un invitado. Un pariente.
Me quedé mirando la puerta cerrada, con el huevo pegado a mí, sintiendo su calorcito contra mi piel. Y por primera vezdesde que desperté , sonreí. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real.
—Ignis… ¿hasta cuándo vamos a seguir así? —susurré cuando Catrina salió en silencio para darnos privacidad, dejándonos solos por fin.
Ignis me miró y me atrajo hacia sí, apretándome con suavidad, como si nunca quisiera soltarme, para que nada pudiera lastimarme. Me sentí extrañamente protegido entre sus brazos.
—¿Así cómo, mi amor? —preguntó, acariciándome la espalda con lentitud—. Bellamy, no quiero presionarte, pero hace mucho que no tenemos un momento nosotros dos, solos, como esposos. Como compañeros.
Entendí lo que quería decir. Desde que desperté con la memoria rota, desde que el miedo se instaló entre nosotros como un muro, no había cumplido con nada de lo que éramos. No tenía ganas de nada. Solo me consumía ese terror sordo de no ser suficiente. O de no poder cuidar de mi bebé.
—No sé de qué hablas —dije, caminando lentamente hacia la ventana, con el huevo protegido entre mis manos—. Dormimos juntos, comemos juntos, te ayudo con tus deberes y llevo las finanzas de la casa. ¿No es eso lo que hacen los esposos?
Ignis se acercó y me tomó de las manos, deteniéndome, obligándome a mirarlo.
—No, Bellamy. Eso no es todo —dijo suavemente, con una ternura que me partió el alma—. Una pareja también se abraza sin que sea por un deber. Se besa porque lo desea, no porque le toca. Te extraño. A ti, no solo a mi esposo. A la persona que eres detrás de todo.
Bajé la mirada hacia el huevo, sintiéndolo latir suavemente entre mis palmas, tan pequeño, tan frágil, tan mío.
—Tengo miedo, Ignis —confesé, con la voz quebrada—. Miedo de que cuando nazca… no me elija a mí. Miedo de no ser suficiente para ninguno de los dos. Miedo de que al final, todo lo que hago no sea suficiente para que se queden conmigo.
Él me acarició la mejilla, limpiando una lágrima que no sabía que había soltado, y me obligó a mirarlo a los ojos.
—Eres todo lo que necesitamos. Tú, nadie más —susurró contra mis labios—. Ni Martin, ni el huevo, ni nadie. Tú. Siempre tú. Eres él único Bellamy.
Se inclinó y me besó despacio, con calma, con la paciencia de quien espera algo desde hace mucho tiempo. No era un beso de deber. No era un beso de reclamo. Era un beso de promesa. De estoy aquí. De no te voy a soltar.
Y por un instante, mientras su calor me envolvía y el huevo brillaba suavemente entre nosotros… quise creérmelo. De verdad.