Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 2
Capítulo 2. Nicolás Rivas, ¡me das asco!
Nicolás estaba sentado en la cama. Levantó una mano y le secó las lágrimas a Valeria con ternura.
Después le dio un beso suave en los labios, rojos y tentadores.
—Tonta. Aunque fuera solo por ti, tenía que despertar —le dijo, lleno de amor.
—Todo fue culpa mía... Si aquel día no te hubieras retrasado por traerme un pastel, no habrías tenido que ir tan rápido para llegar a tu cita con mi hermana. No habrías chocado...
Valeria hizo una pausa calculada. De reojo, miró hacia la puerta como por casualidad.
—No digas eso. Fui yo quien se descuidó —la consoló Nicolás—. Aquel día... tenía prisa porque iba a decirle a Elena que pospusiéramos la boda. Nunca imaginé que...
¿Posponer?
¿La boda?
Aquellas palabras crueles se le clavaron a Elena en los oídos como hierros al rojo vivo.
Así que aquel día no la había citado con tanta urgencia para pasar un rato juntos.
Iba a pedirle... que aplazaran la boda.
El accidente que la había atormentado día y noche, aquel recuerdo que le quitaba el aire y la desgarraba de culpa, solo había sido una consecuencia de la infidelidad de ese par de desgraciados.
¡Ella no había tenido nada que ver!
Todo el sufrimiento, la culpa y los sacrificios de aquel mes...
Haberse sometido como una idiota a aquel tratamiento, hasta acabar embarazada de un desconocido...
De pronto, todo se convirtió en una burla repugnante.
Ella no había provocado el accidente. Era la víctima de todo aquello, la pobre estúpida a la que habían mantenido engañada de principio a fin.
La verdad le atravesó el corazón como un cuchillo.
El dolor la dobló en dos. Le dieron arcadas y estuvo a punto de caerse.
Entonces oyó a la madre de Nicolás a su espalda:
—Elena, ¿qué te pasa?
Se volvió de golpe. Miró la preocupación en el rostro de aquella mujer y habló con una frialdad aterradora:
—Señora, ya están los resultados. El tratamiento... no funcionó.
Valeria salía de la habitación y alcanzó a oírla.
Una alegría feroz le cruzó los ojos. ¡Ahora Nicolás ya no tendría excusa para seguir con Elena!
La madre de Nicolás se quedó desconcertada un instante. Después tomó las manos heladas de Elena e intentó consolarla.
—No pasa nada. Nicolás ya despertó. Cuando se casen tendrán muchas oportunidades. Entra a verlo...
Luego se volvió hacia Valeria.
—Vale, ¿cómo está Nicolás?
Valeria adoptó de inmediato una expresión dócil.
—Todavía está un poco débil. Acaba de despertar. Iba a comprarle algo de comer.
Le lanzó a Elena una mirada desafiante y se dispuso a marcharse.
—¡No te muevas!
La voz helada de Elena la detuvo.
Valeria se volvió con una inocencia perfecta.
—¿Qué pasa, hermanita?
Elena no respondió. Se acercó a ella en unas zancadas, levantó el brazo...
¡Plaf!
¡La bofetada le estalló en la cara!
La cabeza de Valeria se fue hacia un lado. Se cubrió la mejilla, que empezaba a enrojecerse y a hincharse. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—¡Hermana! ¿Por qué me pegas?
—¿Por qué?
Elena la agarró del pelo. Sin hacer caso de sus gritos ni de las exclamaciones de la madre de Nicolás, la arrastró al interior de la habitación y la arrojó con violencia a los pies de la cama.
—¡Porque eres igual que tu madre! ¡Te encanta robar lo ajeno y meterte como una sucia amante en la relación de otra!
—¡Elena! ¿Te volviste loca?
A Nicolás le cambió el rostro. Se levantó a duras penas, apartó a Elena de un empujón y estrechó a Valeria entre sus brazos para protegerla.
Elena soltó una risa de desprecio.
—¿Por qué te enfadas tanto? ¿Porque le pegué a tu amorcito?
Él palideció.
—¿Elena? Déjame explicarte...
—¿Explicarme?
Se acercó a él paso a paso. Su voz sonaba tan tranquila que daba miedo.
—¿Vas a explicarme cómo planeabas nuestra boda mientras me engañabas con mi hermana? ¿O que aquel día tenías tanta prisa por verme para aplazarla? ¿Necesitabas más tiempo para tu sucia aventura con ella a mis espaldas?
—No es eso. Yo...
¡Plaf!
Una bofetada rotunda le cortó la frase.
Elena había puesto toda su fuerza. En el rostro de Nicolás aparecieron de inmediato las marcas rojas e hinchadas de sus dedos.
Su madre contemplaba la escena boquiabierta. Quiso intervenir, pero la verdad que acababa de salir a la luz la dejó paralizada. No sabía qué hacer.
—Esta es por pisotear los tres años que te entregué de corazón. —Elena tenía los ojos rojos y la voz le temblaba.
¡Plaf!
La segunda bofetada llegó enseguida, más fuerte y más despiadada que la primera.
—¡Y esta, por hacerme quedar como una idiota! ¡Por hacerme sentir culpable, por pasarme los días aterrada por ti, por acostarme en una mesa de procedimientos y someterme a esa maldita fecundación in vitro!
Nicolás se cubrió la cara, atónito y furioso.
—Tú...
Valeria chilló:
—¡Basta, Elena! ¿Cómo puedes pegarle así a Nico? ¡Si no supiste retenerlo, es tu problema! ¡No es culpa nuestra!
Elena se volvió hacia ella con una mirada cortante.
—¡Cállate!
Nicolás estrechó a Valeria todavía más contra su cuerpo. El gesto se le clavó a Elena.
Levantó la mano y, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dio la tercera bofetada.
¡Plaf!
El golpe resonó aún más seco y fuerte que los anteriores.
—¡Y esta última, por hacer que yo quedara embar...! ¡Por convertir mi vida en una maldita farsa!
—Nicolás Rivas, lo nuestro se acabó. Desde hoy. ¡Me das un asco que no puedes imaginar!
Dio un portazo al salir y dejó atrás el caos, los gritos y el llanto.
Cruzó el pasillo hasta un rincón vacío. Solo entonces se le venció la espalda que había mantenido erguida a la fuerza.
Se apoyó en la pared fría y se dejó resbalar hasta el suelo.
Tres años entregándole su amor...
Un mes entero de angustia y tormento...
Y aquel embrión que crecía dentro de ella por un error absurdo...
Todo se convirtió en lágrimas abrasadoras que no pudo contener.
No supo cuánto tiempo pasó. De pronto, levantó la cabeza. En sus ojos hinchados solo quedaba una decisión tajante: tenía que terminar con aquello. Corregir el error.
Ese pensamiento le dio un resto de esperanza. Se sostuvo de la pared para levantarse y fue directamente a un hospital reconocido por su servicio de ginecología.
Registrarse, hacerse estudios, esperar... Cada minuto le quemaba por dentro.
—Señorita Salazar —dijo el médico al revisar los resultados, con pesar—, su condición es particular. Si interrumpe este embarazo, es muy posible que... nunca vuelva a tener hijos propios.
—No... ¡Eso no puede ser!
Elena se negaba a aceptarlo.
En los días siguientes recorrió los hospitales más prestigiosos de la ciudad.
Todos le dieron la misma respuesta, fría e implacable: si abortaba, quizá perdería para siempre la posibilidad de ser madre.
Agotada hasta el último aliento, regresó a casa como un alma en pena.
Apenas puso un pie en la escalera, oyó a su media hermana Valeria y a su madrastra Beatriz hablando tras la puerta entreabierta del estudio.
—...Mamá, ¿cuánto van a pagar los Ferrer por casarla con él? ¿Podrías comprarme ya ese bolso de edición limitada que quiero? Todas mis amigas lo tienen —pidió Valeria con voz mimosa.
—¡No seas impaciente! Cuando vuelva esa perra y recibamos el dinero de los Ferrer, podrás comprarte el bolso y hasta cambiar de coche.
La voz de Beatriz vibraba de una alegría calculadora.
—Tu padre dice que a Héctor le gusta golpear a las mujeres, pero paga muy bien. Total, mantenerla aquí solo nos cuesta dinero. Que por lo menos sirva para algo. Así no la habremos criado en vano.
¿Héctor Ferrer?
¿El heredero cojo, famoso por maltratar a las mujeres, con quien nadie se atrevía a casarse?
Elena sintió que la encerraban en un bloque de hielo. No pudo dejar de temblar.
Sabía de lo que eran capaces.
¡Por dinero, podían atarla y arrojarla a la cama de aquel pervertido!
El miedo y las náuseas le revolvieron el cuerpo. Su mente empezó a trabajar a toda velocidad, buscando una salida.
Entonces se iluminó la pantalla del teléfono.
Había llegado un mensaje de un número desconocido. Solo decía:
«¿Ya lo decidiste? —Alejandro Montenegro».
¡Alejandro!
La mirada de Elena se volvió afilada y lúcida.
En medio de aquella encerrona, ese nombre parecía señalar la única salida que no desembocaba en una desesperación absoluta.
Al menos...
Él necesitaba al niño. Ella todavía tenía algo con lo que negociar.
¡Cualquier cosa era mejor que ser vendida a Héctor Ferrer!
Volvió a su habitación y llamó a aquel número.
Contestaron casi de inmediato. La voz del hombre llegó grave y serena.
—Señorita Salazar.
—Señor Montenegro. —Tenía la voz ronca, pero hablaba con una calma extraordinaria—. Puedo tener al niño. Pero...
Se detuvo un segundo. Al otro lado, él aguardaba sus condiciones.
Elena respiró hondo y lanzó su exigencia sin vacilar:
—Pero tendrás que casarte conmigo.