México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15:Lo que deja la distancia
Sombra llevaba tres mañanas levantándose antes que todos.
No porque hiciera falta.
Eso era lo que Rafael había comenzado a notar.
Antes, Sombra dormía poco porque había trabajo. Se levantaba temprano cuando había que mover hombres, cambiar posiciones, revisar provisiones o estudiar alguna ruta.
Ahora se levantaba temprano simplemente porque no dormía.
Y luego encontraba cosas que hacer.
Revisaba monturas que ya habían sido revisadas.
Preguntaba dos veces por las guardias.
Recorría los límites del campamento sin necesidad.
Se quedaba demasiado tiempo sobre los mapas.
Y estaba de peor humor.
Mucho peor humor.
—Ese caballo ya está ensillado.
Sombra continuó ajustando la cincha.
—Ya sé.
Rafael permaneció apoyado contra un poste, comiendo tranquilamente una manzana.
—Entonces supongo que estás intentando ahorcarlo.
Sombra levantó la mirada.
—¿No tienes nada que hacer?
—Sí.
Rafael mordió la manzana.
—Observar cómo te vuelves loco.
Sombra soltó la cincha.
—Busca otra diversión.
—No hay ninguna tan buena.
El caballo resopló.
Sombra le pasó una mano por el cuello antes de apartarse.
Rafael lo siguió con la mirada.
—¿Vas a salir?
—No.
—¿Entonces para qué ensillaste?
Sombra se detuvo.
Miró el caballo.
Después a Rafael.
—Porque sí.
Rafael asintió lentamente.
—Entiendo.
—No entiendes nada.
—Entiendo que llevas tres días haciendo cosas porque sí.
Sombra caminó hacia una mesa cercana.
—¿Terminaste?
—Apenas voy empezando.
—Qué desgracia.
Rafael sonrió.
Mariel apareció cargando una canasta y se detuvo al verlos.
—¿Otra vez?
—Estoy intentando ayudarlo —explicó Rafael.
—¿A qué?
—A reconocer que tiene un problema.
Sombra apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Mi problema son ustedes dos.
—No —respondió Mariel—. Nosotros somos consecuencia del problema.
Rafael soltó una carcajada.
Sombra cerró los ojos.
—Mariel.
—¿Qué?
—No te metas.
Ella dejó la canasta sobre una caja.
—Yo ni siquiera sé de qué están hablando.
—Sí sabes.
—Bueno, sí.
Rafael se echó a reír.
Sombra los miró a ambos.
—¿No tienen oficio?
—Muchísimo —respondió Mariel—. Pero desde que se fue Amalia este lugar está muy aburrido.
La reacción fue mínima.
Una tensión en la mandíbula.
Un movimiento apenas perceptible de los ojos.
Rafael lo vio.
Mariel también.
Se miraron.
Sombra lo notó.
—No.
Rafael alzó las manos.
—¡No dije nada!
—Lo estabas pensando.
—¿Ahora lees pensamientos?
—Los tuyos no requieren demasiado esfuerzo.
Mariel rio.
—Eso sí fue cruel.
Sombra tomó unos papeles.
—Váyanse.
Rafael mordió otra vez la manzana.
—¿Crees que ya conoció bien al prometido?
Silencio.
Mariel giró inmediatamente hacia Rafael.
Sombra dejó de mover los papeles.
Muy lentamente.
—¿Qué dijiste?
Rafael masticó.
—Nada importante.
—Rafael.
—Preguntaba por Gustavo.
Sombra levantó los ojos.
—Sé quién es.
—Ah.
Rafael sonrió.
—Entonces sí recuerdas el nombre.
Sombra dobló uno de los papeles.
—¿Y por qué no habría de recordarlo?
—No sé. Como te importa tan poco...
Mariel soltó una risita.
Sombra la miró.
Ella inmediatamente tomó la canasta.
—Yo vine por esto.
—Entonces llévatelo.
—Eso hago.
Pero no se movió.
Rafael continuó:
—Debe estar contento el hombre.
—¿Quién?
—Gustavo.
Sombra dejó el papel sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Pues recuperaron a su prometida.
—Ella no es su...
Se detuvo.
Demasiado tarde.
Rafael arqueó una ceja.
Mariel abrió ligeramente los ojos.
Sombra apretó los labios.
Rafael sonrió despacio.
—¿No es su qué?
—No empieces.
—Yo solamente estoy preguntando.
—Pues deja de hacerlo.
—¿No es su prometida?
Sombra lo miró.
—El compromiso lo hicieron sus padres.
—Ajá.
—Eso no significa que ella lo quiera.
Rafael dejó de masticar.
Durante un segundo no dijo nada.
Después apareció una sonrisa insoportable.
—Mira nomás.
Sombra señaló hacia él.
—Una palabra más y te entierro.
—¿Por qué? Si solamente estamos hablando de Gustavo.
—Precisamente.
Mariel se cubrió la boca para esconder la risa.
Rafael dio otro mordisco a la manzana.
—Qué raro.
—¿Qué cosa?
—Que un hombre que no está celoso sepa tanto sobre el compromiso de una mujer que ya ni está aquí.
Sombra se enderezó.
—No estoy celoso.
—Perfecto.
—Perfecto.
—Entonces no te molestará que se case con él.
Sombra se quedó inmóvil.
Rafael masticó lentamente.
Mariel dejó de sonreír.
Porque aquello ya no había sido una broma ligera.
Había golpeado donde debía.
Sombra sostuvo la mirada de Rafael durante varios segundos.
—Tenemos trabajo.
Eso fue todo.
Tomó los papeles y se marchó.
Rafael lo observó alejarse.
Mariel le dio un golpe en el brazo.
—Te pasaste.
—Sí.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
Rafael dejó de sonreír.
—Porque alguien tiene que hacerlo pensar.
Mariel miró hacia Sombra.
—Ya piensa demasiado.
—Ese es el problema. Piensa. No habla.
—¿Y qué quieres que haga?
Rafael arrojó el corazón de la manzana.
—Todavía no sé.
Luego miró hacia el camino por el que Amalia había desaparecido días atrás.
—Pero si sigue esperando, alguien más va a decidir por los dos.
---
En la Hacienda De la Vega las mañanas eran silenciosas.
Demasiado.
Amalia había olvidado cuánto.
El tintinear de los cubiertos durante el desayuno.
Los pasos discretos de los sirvientes.
El sonido de las puertas abriéndose y cerrándose.
Nada de hombres gritando.
Nada de caballos pasando entre carpas.
Nada de Rafael diciendo alguna tontería.
Nada de Mariel riéndose.
Nada de aquella voz grave dando órdenes desde temprano.
Amalia cortó un pedazo de pan.
No tenía hambre.
—Debemos comenzar a preparar tus cosas.
La voz de Doña Elena la hizo levantar la mirada.
—¿Mis cosas?
—Para el viaje.
Amalia dejó el cuchillo.
—¿Qué viaje?
Su madre intercambió una mirada con Don Ignacio.
Aquello bastó para ponerla en alerta.
—¿Qué viaje? —repitió.
Su padre dobló el periódico que tenía entre las manos.
—A Ciudad de México.
Amalia tardó un momento en reaccionar.
—¿Perdón?
—Gustavo regresará pronto. Después viajarás con nosotros a la capital.
—¿Para qué?
Doña Elena respondió como si fuera evidente.
—Para comenzar los preparativos.
—¿Qué preparativos?
Su madre suspiró.
—Amalia.
—Quiero que lo diga.
Don Ignacio dejó el periódico sobre la mesa.
—Los de tu matrimonio.
Amalia sintió cómo se le cerraba el estómago.
—Ya les dije que no he aceptado casarme.
—Y nosotros escuchamos tu inconformidad —respondió su padre.
—¿Mi inconformidad?
Amalia soltó una risa breve.
—Qué manera tan elegante de decirlo.
—No comiences.
Ella respiró profundamente.
No quería discutir otra vez.
No durante el desayuno.
—¿Cuándo pretenden que vaya?
—En unas semanas.
Amalia levantó los ojos.
—¿Unas semanas?
—Cuanto antes, mejor.
—Acabo de regresar.
—Precisamente por eso necesitamos recuperar el tiempo perdido.
Aquellas palabras le provocaron algo parecido a miedo.
Recuperar el tiempo perdido.
Como si los días que había vivido fuera de la hacienda hubieran sido un accidente que debía borrarse rápidamente.
—¿Y tendría que quedarme allá?
Doña Elena sonrió con suavidad.
—Eventualmente, sí.
—¿Eventualmente cuánto?
—Después de casarte, vivirás con tu esposo.
—En Ciudad de México.
—Sí.
Amalia miró su plato.
Coahuila.
Ciudad de México.
Por primera vez comprendió que aquello no era solamente una boda que podía intentar retrasar.
Querían llevársela.
Lejos.
Mucho más lejos.
—No.
Don Ignacio levantó la mirada.
—¿Qué dijiste?
Amalia respiró.
—Dije que no quiero irme a vivir a Ciudad de México.
—No estamos hablando de mañana.
—Eso no cambia mi respuesta.
—Conocerás otra vida —intervino su madre—. La capital tiene reuniones, teatros, familias importantes...
Amalia casi rio.
Meses atrás, aquello probablemente habría conseguido entusiasmarla.
Ahora solo podía pensar en distancia.
—Tengo una vida aquí.
Don Ignacio frunció el ceño.
—Siempre supiste que al casarte dejarías esta casa.
—Una cosa es dejar esta casa y otra que ustedes decidan dónde voy a vivir, con quién y cuándo.
—Gustavo tiene asuntos en la capital.
—Entonces que Gustavo viva donde quiera.
—Amalia.
—Estoy hablando con respeto.
Don Ignacio la observó fijamente.
—Tu comportamiento ha cambiado.
Amalia dejó los cubiertos.
—Sí.
No lo negó.
Su padre pareció sorprendido.
—Al menos lo reconoces.
—Nunca dije que fuera algo malo.
Se levantó.
Doña Elena la miró con preocupación.
—¿Adónde vas?
—A mi habitación.
—No hemos terminado.
Amalia miró a su padre.
—Yo sí. Porque si continúo hablando, probablemente deje de hacerlo con el respeto que usted exige.
Hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Con permiso.
Y salió.
---
Mariel encontró a Sombra aquella tarde sentado fuera de su carpa limpiando un arma que ya estaba limpia.
Se quedó observándolo.
—¿Otra vez?
—¿Qué?
—Nada.
Se sentó cerca.
Sombra continuó con lo suyo.
—Rafael es un idiota —dijo ella.
—Eso no es noticia.
—Pero no estaba equivocado.
Sombra levantó los ojos.
—Tú también quieres morir hoy.
Mariel sonrió.
—No.
Después su expresión cambió.
—¿La extrañas?
Sombra regresó la mirada al arma.
—No.
—Mentiroso.
Él soltó una risa seca.
—¿Para qué preguntas si ya decidiste la respuesta?
—Porque quería escuchar cuánto tardabas en mentir.
Sombra negó con la cabeza.
Mariel lo observó durante unos segundos.
—Ella también estaba distinta cuando se fue.
Sombra dejó de mover las manos.
—No necesito saberlo.
—No dije que necesitaras.
—Entonces no me lo digas.
Mariel se levantó.
—Está bien.
Caminó unos pasos.
—Aunque sí voy a decirte una cosa.
Sombra no respondió.
Mariel se volvió.
—Amalia podrá ser caprichosa, orgullosa y desesperante...
—Eso ya lo sé.
—...pero no es tonta.
Sombra levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Mariel sonrió.
—Que si quieres seguir fingiendo que no pasó nada, más te vale hacerlo mejor.
Y se marchó.
Sombra permaneció sentado.
Miró el arma entre sus manos.
Después levantó los ojos hacia la entrada del campamento.
Vacía.
---
Amalia pasó aquella tarde frente al armario.
Dos criadas habían comenzado a sacar vestidos.
—Este podría llevarlo a la capital, señorita.
Amalia no respondió.
—Y este también. Su madre dijo que preparáramos los más apropiados para...
—Guárdenlos.
Las muchachas se detuvieron.
—¿Señorita?
—He dicho que los guarden.
—Pero Doña Elena...
Amalia cerró los ojos.
No era culpa de ellas.
—Perdón.
Suavizó la voz.
—Déjenme sola un momento, por favor.
Las criadas obedecieron.
Cuando la puerta se cerró, Amalia se sentó frente al tocador.
Sobre la mesa estaba el pañuelo.
Lo había sacado la noche anterior.
No sabía por qué.
Lo tomó.
Recordó unos dedos ásperos rozando los suyos.
Cuídese.
—Idiota —murmuró.
No sabía si hablaba de Sombra.
De Gustavo.
De su padre.
O de sí misma.
Se levantó y caminó hasta la ventana.
La misma ventana desde la que había contemplado la oscuridad la noche anterior.
No sabía que Sombra había estado allí.
No sabía que la había observado desde lejos.
Para ella, más allá de aquellas tierras solo existía la noche.
Y, en algún lugar imposible de precisar, él.
Amalia apoyó una mano contra el marco.
Ciudad de México.
Repitió las palabras mentalmente.
Hasta entonces había pensado que regresar a casa significaba poner distancia entre ella y Sombra.
Ahora comprendía que aquella distancia todavía podía crecer.
---
Esa misma noche, en el campamento, Rafael encontró a Sombra mirando un mapa.
—Ciudad de México queda lejos.
Sombra levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
Rafael se encogió de hombros.
—Nada. Pensaba en voz alta.
—Pues piensa más bajo.
Rafael sonrió.
—Buenas noches.
Se marchó antes de recibir respuesta.
Sombra miró nuevamente el mapa.
Sus ojos descendieron involuntariamente.
Sonora.
Después siguieron hacia el sur.
Hasta la capital.
La mandíbula se le tensó.
Doblando el mapa, lo dejó sobre la mesa.
No iba a ir a buscarla.
No tenía razón para hacerlo.
Amalia estaba donde debía estar.
Con su familia.
Él tenía una guerra.
Hombres a su cargo.
Asuntos mucho más importantes que una mujer que probablemente estaría intentando recuperar la vida que llevaba antes de conocerlo.
Eso era lo sensato.
Eso era lo correcto.
Y Sombra siempre había sido un hombre capaz de hacer lo necesario.
---
A kilómetros de distancia, Amalia cerró las cortinas de su habitación.
Sobre la cama había varios vestidos que su madre quería llevar a Ciudad de México.
Los miró.
Después miró el pañuelo entre sus manos.
En el campamento, Sombra apagó la lámpara de su carpa.
Ninguno sabía qué estaba haciendo el otro.
Ninguno sabía si volverían a verse.
Pero la separación, que al principio había parecido una simple consecuencia del acuerdo, comenzaba a convertirse en algo distinto.
Una amenaza.
Porque ya no se trataba solamente de que Amalia estuviera lejos.
Ahora existía Gustavo.
Existía un compromiso.
Existía una boda de la que otros hablaban como si fuera inevitable.
Y existía una ciudad todavía más lejana esperando convertirse en su nuevo hogar.
Sombra permaneció despierto en la oscuridad.
Amalia también.
Los dos habían intentado convencerse de que la distancia pondría las cosas en su sitio.
Estaba haciendo exactamente lo contrario.
La distancia estaba empezando a demostrarles cuánto espacio ocupaba el otro.