Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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La Reina se mueve
El silencio al otro lado de la puerta era más espeso, y Dimitri lo sintió como una presión en los oídos. A las seis en punto, su reloj marcaba la rutina, pero su instinto, ese que nunca fallaba, le gritaba que algo se había roto. Dos días atrás, Ángela no era la tirana de siempre, sino una figura frágil en el prado, con las manos manchadas de tierra. Como una virgen vestal, depositando margaritas sobre la tumba de Deyanira. "Yo no maté a ninguno", había dicho, y esa frase ahora resonaba en su cráneo como un disparo. ¿Con qué cara lo miraría hoy? ¿Qué nueva humillación, qué giro del cuchillo le tendría reservado? Porque Dimitri sabía que el drama de la mañana no era más que un ensayo. La verdadera batalla de Ángela no comenzaba entre la tela y el peine matutinos, sino entre el pasado que ella arrastraba y el presente que Dimitri ya no sabía si podía proteger.
Dimitri había ocupado su puesto ante la puerta de Ángela a la hora habitual. Había relevado al guardia de turno. Ella se levantaría a las siete y no saldría hasta las ocho, pero había un problema. Ya eran las ocho y media. Dimitri no esperó más llamó al mayordomo. Este se presentó con una empleada del servicio y abrieron la puerta. Lo primero que descubrieron aquella mañana fue que Ángela había desaparecido. No había dejado una nota. No había enviado un mensaje. No había dado una explicación. Simplemente se había marchado y lo peor no era su ausencia. Era que nadie sabía adónde.
Alexander fue uno de los primeros en comprobarlo.
Abrió la puerta de la habitación con la esperanza de encontrarla durmiendo, refugiada detrás de alguna de sus extravagantes rutinas de belleza y se encontró con una cama perfectamente tendida.
El armario estaba perfecto solo en una pequeña parte faltaba, suficiente ropa para varias semanas. Se descartó el robo y el secuestro. Pues revisaron las cámaras de toda la mansión. Ángela había salido de su propia alcoba con una maleta de manos justo después de la cena de la noche anterior. Mucho antes de que llegara el primer guardia. Tampoco se escabulló. No. Ángela caminó arrastrando la maleta por el camino principal y fue recogida por su abogado a la entrada.
-Maldita sea... -estalló Alexander. Tomó el teléfono. Nada. La llamó varias veces. Nada. Otra vez. Nada.
A la enésima llamada, arrojó el teléfono sobre la cama. Dimitri le puso la mano en el hombro.
-Cálmate.
-¿Dónde está? -Alexander lo miró fastidiado.
-No lo sé. -admitió Dimitri. Aquella respuesta bastó para que ambos comprendieran que tenían un problema. Ángela no hacía nada sin una razón y cuando desaparecía sin avisar, casi siempre significaba que alguien estaba a punto de descubrir demasiado tarde cuál era esa razón. El teléfono de Alexander sonó al día siguiente desde París. Contestó inmediatamente.
-¿Dónde demonios estás? -la voz de ella le llegó del otro lado con una serenidad insultante.
-Buenos días, mi inútil esposo. -Alexander cerró los ojos.
-Ángela... -el tono de advertencia era cortante. -No empieces. Hablo en serio.
-Yo también. Estoy en París.
-Eso ya lo supuse por el número.
-Entonces no entiendo por qué preguntas. -la mandíbula de Alexander se tensó.
-Te fuiste sin decirme absolutamente nada.
-Soy una mujer adulta Alexander. Además, dame una razón de por qué debería hacerlo.
-Eres mi esposa. -hubo un silencio breve. Después, Ángela soltó una carcajada.
-Es la primera vez que dices que soy tu esposa. Vamos progresando. Es bueno saber qué me consideras "tu esposa". -arrastró la palabra con tono burlón. -Precisamente por eso decidí concederme una pequeña libertad.
-¿Qué significa eso?
-Estaré en la Semana de la Moda aquí en París y después probablemente extienda mi estancia para cerrar algunos negocios y tener sexo duro.
-¿Cuánto tiempo?
-Un mes. -Alexander se quedó inmóvil.
-¿Un mes?
-Sí.
-No puedes decidir unilateralmente desaparecer durante un mes.
-Ya lo hice "esposo". -la tranquilidad con la que lo dijo fue mucho más irritante que cualquier provocación.
-Regresa.
-No.
-Ángela.
-¿Qué?
-No juegues conmigo. -ella soltó una carcajada auténtica.
-Tarde para poner reglas "esposo" -la voz de ella perdió de pronto toda ligereza. -Y antes de que empieces a preguntarme con quién estoy. Te ahorraré la molestia. -Alexander permaneció callado. -Estoy acompañada de Delgado. -el apellido cayó entre ambos como una piedra.
-Lo sé. Lo vi recogerte ayer por la noche en las cámaras de seguridad.
-Que astuto "esposo". Es mi abogado me ayudará con los negocios. Es muy competente. -Alexander soltó una carcajada seca.
-Sé perfectamente quién es Delgado.
-¿En serio? -Ángela sonrió. Alexander pudo imaginarla con esa sonrisa torcida, arrogante, deliberadamente cruel. -También es mi amante. -el silencio que siguió fue absoluto.
-¿Qué has dicho? -preguntó Alexander perplejo. Claro que él sabía que Delgado y Ángela eran amantes, pero que ella se lo dijera abiertamente era peligroso. Se puso en alerta. Que ella revelara por voluntad una de sus cartas no era buena señal.
-Lo que escuchaste. No es como si no lo supieras "esposo", pero interpretas bien el papel de sorprendido. Equivocaste la profesión. No debiste ser fisioterapeuta sino actor. Con tu porte fueras la perra más popular de los directores de cine. -Alexander sintió como algo dentro de él se rompía.
-Ángela... No me insultes.
-Y tú no tienes el derecho a cuestionarme.
-Soy tu marido.
-Sí ¿Y qué? Una firma en un papel no me calienta la cama Alexander. Ambos necesitamos a un hombre entre nuestras piernas "esposo". Yo no me meto y tú no te metes, pero soy generosa. Te dejé a tu amante. Es tuyo todo el mes. Ya debe haberle llegado mis instrucciones. Disfrútalo querido "esposo". Quién sabe cuando vuelva a cedértelo. Satisfácete que yo haré lo mismo aquí en París con un hombre que sí quiere estar conmigo. -Alexander apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
-No sabes con quién estás jugando Ángela. -Alexander no le advirtió las cosas que había descubierto del abogado.
-Sí lo sé. -el rió ante la petulancia de aquella mujer. Bueno hasta le convenía. Si el tal Delgado la desfalcaba mejor para él. Sin su dinero Ángela perdería su poder.
-Entonces recuerda quién soy. -le dijo con voz satisfecha.
-No, querido "esposo". Recuerda tú quién soy yo. Considera esto. -continuó ella. -Como la única libertad que voy a darte dentro de este matrimonio. -Alexander respiró profundamente y pensó que esto a fin de cuentas no le venía mal. En un mes sin Ángela, él y Dimitri podrían avanzar en sus propios planes. Así que contestó de buen humor.
-Cuando regreses... -ella lo interrumpió.
-No te preocupes. -la voz de Ángela adquirió una dulzura venenosa. -Seré discreta. Cuidaré la imagen y no pienso regresar con un bastardo en el vientre. Odio a los niños. Planeo llenar mi precioso cuerpo con otras cosas moralmente cuestionables. -y colgó. Alexander permaneció mirando el teléfono. Un segundo. Después lo lanzó contra la pared. El aparato se hizo añicos.
-¡MALDITA MUJER! -tomó una lámpara y la arrojó contra el suelo. Después un vaso, la silla, un cuadro. Dimitri, que había llegado justo a tiempo para presenciar el último estallido, permaneció en la puerta.
-¿Qué ocurrió? -Alexander respiraba con dificultad.
-Se fue.
-Eso ya lo sé.
-Está en París.
-También lo sé. -Alexander lo miró.
-Está con Delgado. -Dimitri arqueó una ceja.
-¿Y qué? Ayer fue quien la recogió. Así que es lo lógico. Es su abogado. Su socio y según tú, su amante. -Alexander soltó una risa amarga.
-Es verdad. Tienes razón. ¿Sabes qué es lo peor?
-¿Qué?
-Que me importa una mierda con cuántos hombres se acueste. Por mí, la fila podría dar tres vueltas al planeta. -Dimitri no respondió. Alexander apretó los dientes. -Lo que me enfurece es que todavía no tengo el control suficiente para restringir la libertad de mi propia esposa. -aquello era la verdad y esa verdad era mucho más peligrosa.
-Bueno deja la rabieta. Ella me ha enviado con pompón y papel de regalo todo este mes a ti. Así que soy todo tuyo. -ambos estallaron en carcajadas. Dimitri le explicó las orientaciones que recibió de Ángela. Con él no tuvo discusiones. Simplemente lo llamó.
-Tengo un mes de vacaciones.
-¿Dónde?
-Eso no te interesa.
-Entonces, ¿por qué me llamas?
-Porque regresaré el día veintinueve. Quiero que vayas a buscarme al aeropuerto. Necesitaré ayuda con las compras. -Dimitri cerró los ojos.
-¿Ahora soy tu chófer?
-No. Eres mi perchero humano. Además, te tengo un encargo especial que te va a gustar.
-¿Cuál?
-Quiero que en mi ausencia te pegues a Alexander hasta en la cama. Tómalo como mi generoso obsequio a tu paciencia. Aprovecha esta oportunidad de demostrarle a mi marido que no eres el sustituto de Andrés. ¿Verdad que soy generosa? -y colgó. Dimitri se quedó mirando el teléfono.
-Un día voy a matarla.
Ángela jamás se quedó en París. Delgado sí. El abogado pasó los días recorriendo boutiques, reuniéndose con diseñadores y adquiriendo para ella aquello que pudiera necesitar para mantener la ficción. Ángela, mientras tanto, estaba a miles de kilómetros, en Grecia. Había llegado utilizando otro nombre. Una peluca oscura. Gafas gruesas que reducían visualmente sus ojos y apagaban la intensidad de su mirada. Ropa discreta. Nada de joyas. Nada que pudiera relacionarla con la mujer que aparecía en revistas, eventos y fotografías. Para aquella noche era simplemente una empresaria extranjera interesada en una posible colaboración y frente a ella estaba el hombre que había venido a conocer. Leandros Blackwood. El abuelo de Dimitri.
Un hombre de otra época. Cabello completamente blanco, espalda todavía recta y unos ojos verdes como primavera eterna idénticos a los de Dimitri. Este viejo lobo habían visto demasiado para dejarse impresionar fácilmente. La cena avanzó entre conversaciones sobre inversiones. Gracias al traductor. Se habló de puertos, construcción, transporte, mercados internacionales. Ángela escuchaba. Preguntaba. Sonreía y esperaba.
Porque las personas poderosas tenían un defecto que ella conocía perfectamente. Les gustaba hablar de sí mismas. Solo había que darles el espacio adecuado.
-Su familia tiene una historia extraordinaria. -comentó ella finalmente. -Debe ser difícil conservar semejante legado. -Leandros bebió un sorbo de vino.
-El legado no siempre es una bendición. -Ángela inclinó ligeramente la cabeza.
-¿Por qué lo dice? -el anciano la observó durante unos segundos. Después suspiró.
-Porque una familia puede sobrevivir a guerras, crisis económicas y enemigos. Lo difícil es sobrevivir a sus propios errores. -Ángela guardó silencio. La trampa estaba abierta. Solo necesitaba que él caminara hacia ella.
-Su hijo debe estar satisfecho. Heredará un imperio financiero gracias a su capacidad incuestionable. -Ángela sabía cómo tender el cebo perfecto. El pez lo mordió. La expresión del anciano cambió.
-Mi único hijo ya no existe. -Ángela fingió no conocer nada.
-¿Qué ocurrió? Claro, sino es un inconveniente para usted. -Leandros soltó una risa sin humor.
-No. Ya no tiene caso. Se enamoró.
-¿Eso es un error?
-Cuando eres un Blackwood y decides abandonar todo por una criada, puede serlo. -Ángela bajó la mirada hacia su copa.
-¿Lo desheredó?
-Sí. -la respuesta salió sin arrepentimiento. -Se encaprichó con aquella mujer y huyeron a otro continente. Al principio no lo busqué porque estaba furioso. Después pensé que regresaría cuando se le pasara aquella locura.
-Pero no regresó.
-No. -la voz del hombre se volvió más áspera. -Era orgulloso. Igual que yo. -Ángela sonrió débilmente.
-¿Y usted fue a buscarlo? -Leandros asintió.
-Cuando finalmente lo hice, ya estaba casado con ella. Tenían un hijo y otro venía en camino.
-¿Intentó recuperarlo?
-Le ofrecí regresar. Restituirlo. Incluso acepté que trajera a su esposa inadecuada. -Leandros hizo una pausa. -Se negó.
-¿Por qué?
-Dijo que Canadá era el lugar perfecto para criar a sus hijos lejos de este mundo sofocante de capitalistas despiadados. Me enfadé, pero en el fondo estaba orgulloso de él. Era tan determinado. -Ángela casi sonrió. Casi.
-¿Y sus nietos? -los dedos del anciano se cerraron lentamente alrededor de la copa.
-Nunca conocí a la segunda. Fue una niña.
-¿Nunca?
-Mi hijo me prohibió acercarme. -aquello sí había sido una herida. Una herida vieja, pero todavía abierta. - Dijo que quería que yo no los manchara con la podredumbre del legado Blackwood. Sus hijos eran Canadienses y no griegos. Pasaron años. -continuó Leandros. - Sin que volviéramos a pisar los mismos continentes. Pensé que un día claudicaría, que haría las pases.
-¿Por qué no cedió usted?
-Parte orgullo, parte por respetar su decisión y parte porque detestaba a mi nuera.
-¿Y ella trató de reconciliarse alguna vez con usted?
-Nunca le di la oportunidad. Fue la mujer que me arrebató a mi hijo. Después murió. -por primera vez aquella noche, el rostro del anciano mostró algo parecido al resentimiento desnudo. -Cuando recibí la noticia, celebré. -Ángela no reaccionó. -Pensé que finalmente mi hijo sería libre de aquella mujer que había destruido el vínculo entre nosotros, pero no tuve tiempo de celebrar suficiente. -el anciano dejó la copa. -Poco después llegó la noticia que me llevó al hospital. -Ángela sintió que toda su atención se concentraba. -Mi hijo también había muerto. -el anciano respiró tratando de contener la emoción. Luego continuó. -Un aneurisma cerebral. Estaba trabajando. Cargando mercancías en un puerto. Como un maldito burro de carga. Él, el hombre que con solo una palabra tenía un imperio para ser rey. -aquella frase quedó suspendida entre ambos. -Quise traer sus restos a casa. -el anciano miró hacia la ventana. -Pero cuando llegué a Canadá encontré un funeral. Mi nieta se había suicidado.
-Qué tragedia. -dijo Ángela como si no supiera nada de todo aquello. Sabía que algo estaba por romperse en el anciano. Mantuvo el rostro impasible.
-De mi hijo solo quedaba un nieto. -Leandros apretó los labios. -Intenté llevarlo conmigo.
-¿Aceptó?
-No. -una sonrisa triste apareció en el rostro del hombre. -Me dijo que lo haría después de vengar a su familia. -Ángela sintió un escalofrío. No lo mostró.
-¿Y lo hizo? -Leandros la miró directamente.
-Eso, querida niña, tendrás que preguntárselo a él. -Ángela se sobresaltó. Así que el viejo zorro sabía quién era ella todo el tiempo.
-¿Sabe quién soy?
-Nadie se me acerca jovencita sin que yo conozca su identidad.
-¿Usted también me culpa?
-Yo solo quiero a mi heredero. -se levantó sin explicaciones. La cena había terminado. La respuesta no pronunciada flotaba en el aire como un presagio de muerte.
Aquella noche, de regreso en su hotel, Ángela se quitó lentamente las gafas. Luego la peluca. Se miró al espejo asustada por primera vez en su vida. Durante varios minutos no dijo nada. Había ido a Grecia buscando información. Esperaba encontrar dinero. Influencias. Algún punto débil. Quizá una familia poderosa, pero decadente. Lo que encontró fue algo mucho peor. Los Blackwood no eran una familia rica. Eran una estructura. Una dinastía. Una familia cuyos ancestros se remontaban a la realeza y cuya fortuna había sobrevivido durante generaciones. Tenían dinero. Contactos. Territorios. Prestigio y sobre todo, tenían algo que Ángela conocía demasiado bien. Orgullo. Un orgullo más grande que la Muralla China. Dimitri no era el hombre sencillo y manipulable que había imaginado cuando comenzó aquella guerra. Era un Blackwood y ahora comprendía algo que hasta entonces había ignorado.
No había estado jugando con una víctima. Había estado provocando a un poderoso adversario. Ángela apoyó ambas manos sobre el tocador. Sentía algo que detestaba. Miedo. No miedo a que Dimitri pudiera hacerle daño físicamente. Eso sería demasiado simple. Miedo a que pudiera comprenderla. A que pudiera anticiparse. A que pudiera jugar con las mismas reglas que ella. Dimitri no era un sustituto de Andrés. Era el caballo de guerra más poderoso de Alexander en aquel mortal juego de ajedrez y entonces apareció otro pensamiento. El único que consiguió irritarla más que todo lo demás. Su informante había sido muy claro. Durante toda su ausencia, todas las noches, Dimitri había dormido en la habitación de Alexander. Todas. Ángela se quedó inmóvil.
-¿Por qué?
La pregunta salió en voz baja. ¿Realmente Dimitri era homosexual? ¿Era eso lo que explicaba aquella cercanía? ¿O había algo que todavía no estaba viendo? Frunció el ceño. Su instinto le decía que había una pieza escondida. Algo que no encajaba. Porque Dimitri podía ser muchas cosas. Podía ser vengativo, orgulloso, terriblemente inteligente, pero había algo en la forma en que la observaba que nunca había conseguido interpretar completamente y Ángela odiaba las cosas que no podía interpretar. Mucho más que a sus enemigos. Mucho más que a sus rivales. Porque un enemigo conocido podía ser destruido, pero un misterio... Un misterio podía terminar destruyéndola sin verlo venir y mientras apagaba la luz, una última idea atravesó su mente. Quizá el verdadero peligro de Dimitri Blackwood no era que quisiera vengarse de ella. Quizá era que todavía no había decidido cómo hacerlo y eso era infinitamente peor. Él era el Caballo 🐴, Alexander el alfil y ella la Reina 👑. El tablero estaba listo y el juego estaba en tablas.
Leandros Blackwood