un romance entre un mafioso y un femboy
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DEMASIADO CERCA
Adrián llevaba casi un mes viviendo en la mansión, y en ese tiempo, la convivencia había transformado todo lo que entre ellos existía. Ya no eran dos extraños que se miraban con cautela, ni dos almas que se cruzaron por casualidad. Ahora, cada rincón de la casa guardaba un secreto compartido, cada silencio tenía un significado que solo ellos sabían descifrar.
Dante había aprendido a leerlo como si fuera un libro escrito exclusivamente para él: sabía qué melodías tarareaba por las mañanas mientras preparaba café, qué platos prefería cuando el ánimo decaía, qué chistes lograban arrancarle una risa franca y sonora, y qué gestos revelaban que se sentía abrumado. Y Adrián, a su vez, conocía cada matiz de Dante: sabía reconocer la preocupación en el fruncir sutil de su ceja antes de que pronunciara una sola palabra, notaba cómo se tensaban sus hombros cuando las presiones aumentaban, y veía la ternura que intentaba ocultar tras una fachada de seriedad y control.
Sin embargo, entre todo lo bueno, había surgido algo que empezaba a pesarles: Dante era extremadamente celoso. No era un celo ruidoso ni agresivo, pero estaba ahí, silencioso y constante, como una sombra que se alargaba con cada paso que daba Adrián lejos de su lado.
Una tarde, Adrián estaba en el vestíbulo conversando tranquilamente con uno de los encargados del mantenimiento de los jardines, un hombre amable que le explicaba con entusiasmo cómo cuidaban ciertas plantas. Reían juntos por una anécdota sin importancia, cuando la presencia de Dante llenó el espacio de golpe. Su paso fue firme, su mirada fija, y su voz, al llamarlo, no tenía la calma habitual.
—Adrián.
Levantó la vista, sorprendido.
—¿Sí?
—Necesito hablar contigo. Ahora mismo.
—¿Tan urgente es? —preguntó Adrián, notando la tensión en cada palabra.
—Sí.
Se despidió con un gesto amable del trabajador y siguió a Dante hasta el despacho. Al entrar, Dante cerró la puerta con un golpe seco, dejándolos a solas en la habitación amplia y silenciosa.
—¿Qué sucede? —preguntó Adrián, cruzándose de brazos.
—¿Quién era ese hombre con el que estabas hablando?
—¿Quién? —repitió, sin dar crédito—. Es el encargado de los jardines. Solo estábamos conversando.
—Parecía demasiado interesado en ti —dijo Dante, con la mandíbula apretada, sin poder disimular lo que sentía.
Adrián lo miró directamente a los ojos, con firmeza pero sin ira.
—¿Estás celoso?
Dante guardó silencio. No dijo ni una palabra, y ese silencio fue la respuesta más clara que pudo dar.
—Dante —insistió él, suavizando el tono—. No puedes hacer esto. No puedes decidir quién puede hablar conmigo y quién no.
—No me gusta cómo te mira —reconoció, con dificultad.
—No puedes controlar las miradas de la gente. Y tampoco puedes controlarme a mí. —Adrián dio un paso hacia él—. Si quieres estar conmigo, hay algo que debes entender de una vez por todas: no soy tu propiedad.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas y verdaderas. Dante bajó la mirada, sintiendo el peso de la razón ajena. Era difícil para él; durante años había controlado cada detalle de su entorno, cada movimiento, cada persona que se acercaba. Entregar confianza en lugar de dominio era un aprendizaje que le dolía en lo más profundo.
—Lo sé —murmuró, con voz baja—. Sé que no eres nada mío por derecho, y aun así… me cuesta. Estoy intentando aprenderlo.
—Lo sé —dijo Adrián, acercándose más y tomándole la mano—. Y eso es suficiente por ahora. Solo prométeme que lo intentarás.
—Lo prometo —respondió Dante, apretando su mano con ternura.
Esa noche, la calma se rompió de golpe. El teléfono de Dante sonó en la oscuridad del pasillo. Al atender, su expresión cambió por completo: la seriedad volvió a apoderarse de él, endureciendo cada rasgo. Cuando colgó, se quedó inmóvil unos instantes, y Adrián supo de inmediato que algo grave había ocurrido.
—¿Qué ocurrió? —preguntó, acercándose.
—Tenemos un problema —dijo Dante, girándose hacia él—. Alguien dentro de mi propia organización está filtrando información.
—¿Sobre ti?
—Sobre mí… y sobre ti. Saben dónde estás. Saben qué hacemos. Cada paso que damos lo están contando.
El peligro había vuelto, y esta vez golpeaba desde dentro, desde el lugar donde se suponía que estaban más seguros. Pero algo en la actitud de Dante era distinto: no ocultaba nada, no tomaba decisiones en solitario.
—Quiero que sepas toda la verdad —dijo, llevándolo al despacho y cerrando la puerta con cuidado—. No quiero protegerte escondiéndote las cosas. Quiero que decidas tú qué hacer.
Adrián asintió, apretando con fuerza la mano de Dante.
—Entonces cuéntamela. Todo.
Y así, con la luz tenue de la lámpara sobre ellos, Dante comenzó a hablar, revelando secretos, amenazas y pasados que nunca había compartido con nadie. Aquella conversación no solo cambiaría el rumbo de lo que les esperaba; cambiaría la forma en que se miraban, en que se confiaban, en que se amaban.