Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 11: El quiebre de una amistad.
— No es así, Cristani —habló después de esos segundos que me parecieron una eternidad.
Intenté moverme pero la cuerda me impedía hacerlo.
— ¿Y entonces por qué utilizar esto? —Pregunté mirando lo que me inmovilizaba.
Sophia bajó la mirada hacia la daga en el piso, esta se elevó a su palma y quedó ahí.
— ¿Por qué no solo me dejan en paz?
— Las cosas se han complicado últimamente...—cambió de tema, caminando hacia la ventana mientras observaba el exterior—. Y el mundo parece ignorarlo.
— ¿Qué significa eso? —Volví a preguntar observándola.
Sus pasos se detuvieron frente al balcón.
No se giró a vernos solo mantuvo la distancia y el silencio que comenzó a prolongarse más de lo normal.
— Algo se acerca —dijo en un tono cansado, pareciendo estar resignada a lo que fuera que estaba pasando.
Sus ojos parecieron haber perdido el color de antes, se encontraban apagados como si hubieran visto más allá y no hubieran encontrado lo que buscaba.
— ¿Soy un peligro?
No esperaba a que me dijera algo, deseaba poder ver esa mirada que tantas veces vi, que le dedicaba a los chicos, un —"confío en tí"— invisible, pero al parecer yo no era digna de recibir. Y sí, era un peligro, lo seguía siendo después de todo.
La cuerda resbaló por mi cuerpo y cayó al piso, sin volver a mirarlos caminé en dirección a la puerta.
— Estaba feliz de volver a verlos...—mi voz tembló en la segunda palabra y el silencio llenó ligeramente el ambiente antes de que las palabras volvieran a fluir.
— Pero... también estaba desesperada, desesperada por detener el tiempo y no dejar que siguiera. No es fácil aceptarlo ¿saben?... Dos años pasarán en un abrir y cerrar de ojos... y al final seré olvidada, no quiero que me olviden —me detuve frente a la puerta.
Entonces ella se giró para verme.
Lo escuché, escuché como contuvo la respiración en cada movimiento sigiloso suyo.
— Aunque supongo que todo es parte de la vida ¿Cierto? Algunos serán recordados y otros olvidados, y yo soy uno de los que serán tratados como sueños irreales. Un momento en la vida, una aventura pasajera, una mañana olvidada, una voz en las lejanías y un susurro incomprensible. Un ser dejado atrás, tachado como pasado y no digno de los planes del presente y de los objetivos del futuro.
Y la puerta se cerró de golpe dejando que las últimas palabras hicieran eco en la habitación mientras mi presencia caminaba por el pasillo, luego descendía las escaleras, ignorando cualquier persona que estaba ahí disfrutando de los bocadillos o de la conversación.
Pasé entre los invitados como un viento ligero que apenas notaron y antes de cruzar el umbral de la casa observé lo que dejé atrás con una sola pregunta rondando mi mente —"¿Me recordarán en algún momento de sus vidas?"— y todo quedó en silencio.
La luna alumbrando en el centro del cielo y los copos de nieve cayendo lentamente, poco a poco el ruido dentro de la casa se escuchó un poco más lejos mientras mis pasos se alejaban.
Debía ser sincera, no fue la mejor fiesta de reencuentro, en lo absoluto. Y quizás debió ser así desde el principio, no volver a verlos.
Los sentimientos encontrados opacaron mi lógica.
El año estaba por culminar y yo seguía ahí, en ese momento donde todo estaba bien y no había necesidad de discusiones, solo risas y bromas.
Mientras me perdía en esos pensamientos tontos, mis pasos me llevaron donde todo comenzó.
Ese claro del valle, a mitad de la carretera donde corrí tras esa persona por primera vez buscando respuestas, sitio que vio mis lágrimas caer.
Sin embargo, esta vez no había lágrimas, solo cansancio y resignación.
El frío golpeó mi nariz y tuve que esconder mi rostro en la bufanda enrollada a mi cuello. Observé el escenario desolado por varios minutos, mi figura proyectada en el concreto como una forma grotesca bajo la luz de la luna.
Un fantasma en medio de la calle. Sin saber a donde ir o que hacer. El miedo de perderlo todo mas opresivo que nunca.
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Luego de aquel incidente volví a casa, donde los días de navidad parecieron más cerca que nunca. Mi madre hizo los preparativos para la cena de nochebuena, mientras tanto nosotros nos habíamos ido a dar una vuelta por el pueblo para ver las calles adornadas con esas luces.
— Mamá dice que tendremos a un invitado especial en la cena de nochebuena.
— ¿Ah, si? —Pregunté.
El pequeño Albert asiente mientras va degustando de su golosinas que nos habían regalado en una de las tiendas.
— ¿Quién?
— No sé, mamá no dijo nada. —Responde.
Asiento levemente pensando que es demasiado misterio para una sola cena, el frío viento hace que el niño se encoja.
— Quiero tomar un café caliente —dice arrugando la nariz, caminando delante de mí.
Al cruzar la otra esquina de la calle alguien está sentado solo en una de las bancas que se encuentran frente al parque.
— ¿Quién es? —Me mira Albert.
Y niego, porque no reconozco al desconocido de ahí.
Al acercarnos más puedo ver que es un chico que mantiene la cabeza gacha.
— ¿Estará ebrio? —Murmura el niño sujetando mi brazo ligeramente.
— No lo creo.
Nuestros pasos resonaron contra el frío suelo del pavimento y entonces el chico levanta la cabeza en nuestra dirección.
Y ahí estaba el chico de la última vez, gracias a quien casi tengo problemas con mi madre.
Albert lo mira, como asegurándose de que fuera el mismo de días atrás.
— Camina —le ordeno, nuestro caminar por alguna razón se ralentizan, el ruido dejando de escucharse con cada pisada.
Pasamos frente a él sin mirarlo, haciendo como si no existiera.