Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 15
Capítulo 15
El despertar de Nico
Nico vio a Valentina el miércoles en la universidad.
Ella caminaba con dos compañeras de diseño, una carpeta grande bajo el brazo y el cabello sujeto con una pinza. Se reía de algo que una de ellas le mostraba en el celular. No miró hacia donde él estaba.
Mateo apareció a su lado con una pelota de básquet bajo el brazo.
—Sigues mirándola.
Nico metió las manos en los bolsillos.
—Está en mi campo de visión.
—Claro. Y llevas tres minutos con el mismo campo de visión.
Nico se apartó de la columna.
—Vámonos.
—¿A dónde?
—A cualquier lugar donde no hables.
Mateo caminó con él.
—Eso no existe.
A la hora del almuerzo, Valentina apareció en la zona de mesas exteriores. Nico estaba con Mateo y otros dos compañeros. Ella lo vio y sonrió.
—¡Nico!
Él levantó la mano.
Valentina se acercó con su bandeja.
—¿Puedo sentarme?
—Sí —dijo Nico antes de pensar.
Mateo tomó su propia bandeja.
—Yo voy por salsa.
—Tienes salsa —dijo Nico.
—Otra salsa.
Los demás se fueron con una discreción pésima.
Valentina se sentó frente a Nico.
—Sebastián dice que debo comer más verduras, así que mira.
Le mostró una ensalada con orgullo.
Nico miró el plato.
—Impresionante.
—No te burles. Antes seguro comía peor.
—Antes escondías papas en la mochila.
Valentina abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí. Decías que eran provisiones de emergencia.
Ella se rio.
Nico sostuvo el vaso de agua con ambas manos.
—¿Cómo vas?
—Mejor. Sebastián me ayuda con todo. Bueno, me regaña con todo. Pero funciona. Ayer terminé un trabajo sin llorar.
—Eso es avance.
—También me recoge de la universidad. Y deja que ponga música en el auto aunque dice que no la escucha.
Nico bajó la mirada.
Cada frase tenía el nombre de Sebastián.
Valentina comió una zanahoria y siguió hablando.
—¿Sabías que no le gusta el azúcar en el café? Es rarísimo. Sebastián parece una persona que necesita azúcar, aunque sea por humanidad.
Nico sonrió porque debía hacerlo.
—Mi hermano siempre fue así.
—¿Tú y él se parecen?
—No mucho.
—A veces sí. Cuando manejas, por ejemplo. Miran al frente igual.
La frase no iba cargada de nada. Eso fue lo que más dolió.
Valentina lo dijo como quien encuentra una coincidencia entre hermanos.
Después de almorzar, Mateo alcanzó a Nico junto a las canchas.
—¿No piensas decirle la verdad?
Nico siguió caminando.
—¿Para qué?
—Para que deje de construir todo sobre una mentira.
Nico se detuvo.
—¿Y le digo qué? ¿Que antes me quería a mí? ¿Que yo quería quitármela de encima? ¿Que se cayó en mi cumpleaños y ahora mi hermano está arreglando el desastre?
Mateo no contestó.
—¿Para qué sirve eso, Mateo?
—Para que ella decida con información.
—Está feliz.
—Eso no responde.
Nico miró hacia la cancha.
—No voy a romperle la cabeza otra vez.
Jugó hasta que la piel de los nudillos se le abrió contra el piso.
Mateo le quitó la pelota cuando vio la sangre.
—Ya.
—Dámela.
—No.
—Mateo.
—Te estás castigando.
Nico intentó quitarle la pelota, pero Mateo la lanzó al otro lado de la cancha.
—Si quieres sangrar, ve al baño y lávate primero.
Nico se sentó en el borde de la cancha. Apoyó los antebrazos en las rodillas y miró sus manos. El corte era pequeño. Ardía más de lo que debía.
El celular vibró.
Doña Mariana.
Contestó.
—Mamá.
—Tu padre y yo volvemos la próxima semana.
Nico cerró los ojos.
—Pensé que regresaban después.
—Cambié los boletos. Hay cosas que ordenar en casa.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Valentina no puede seguir en La Hacienda como si Sebastián pudiera decidirlo todo.
—Mamá, no empieces.
—Soy su madre, Nico. Sé lo que le conviene a esta familia.
Nico miró la sangre seca en su mano.
—A veces no.
Doña Mariana guardó silencio.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Hablaremos cuando llegue.
Colgó.
Esa noche, Nico abrió la galería de su celular. La foto de El Malecón seguía ahí. Debajo había otra imagen que no recordaba haber guardado.
Era su perfil, tomado desde una mesa de la cafetería. Él miraba hacia la cancha, con el cabello desordenado por el viento.
El texto encima de la foto decía:
"Mi persona favorita en el mundo."
Valentina la había subido antes del accidente.
Nico dejó el pulgar sobre la pantalla.
No deslizó.
No borró.
Mateo le escribió media hora después.
"¿Sigues vivo o te ahogaste en drama?"
Nico no contestó.
Volvió a mirar la foto. La Valentina de esa publicación lo miraba desde un tiempo donde él no tenía que explicar nada, donde cuidar de ella parecía natural y no una carga que había querido sacudirse. Recordó una tarde de lluvia en la que ella lo esperó con dos cafés fríos porque él había perdido un partido. Recordó que él le dijo que dejara de seguirlo como sombra. Recordó la cara de ella antes de sonreír y fingir que no le dolía.
El arrepentimiento no llegó limpio. Venía mezclado con celos.
Sebastián estaba recibiendo ahora la versión de Valentina que Nico había descuidado. La que pedía besos de buenas noches, la que hablaba de música en el auto, la que volvía a reír.
El celular vibró de nuevo.
Camila:
"No tienes que responderme. Solo dime si de verdad quieres quedarte mirando."
Nico apagó la pantalla con fuerza.
Esta vez sí borró el mensaje.
Pero no borró la foto de Valentina.
La abrió una vez más antes de dormir.
—Perdón —dijo a la pantalla.
No sabía si le pedía perdón a la chica de la foto o a la Valentina que ahora sonreía en el auto de Sebastián. Tal vez a las dos.
Al día siguiente, cuando la vio cruzar el campus con Lucía, Nico guardó el celular antes de que ella lo notara.
Valentina levantó la mano para saludarlo.
Él respondió.
Por primera vez, el gesto le pesó más que alegrarle.
Mateo apareció con dos cafés y le entregó uno.
—Tienes cara de funeral.
—Gracias.
—No era elogio.
Nico bebió el café sin probarlo.
—¿Crees que uno puede perder algo antes de admitir que lo quería?
Mateo miró hacia donde Valentina se alejaba.
—Sí. Y también puede empeorarlo intentando reclamarlo tarde.
Nico no contestó.