Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 15: El peso de la corona invisible
La reconstrucción del continente tras la disolución del Consejo de las Cinco Manadas no se midió en el brillo de las espadas, sino en el silencioso derretimiento del viejo orden. Seis meses habían pasado desde la noche mística en el Monte de las Cenizas, y las ruinas del Antiguo Templo de la Luna eran ahora un monumento protegido por la guardia unificada. El invierno babilónico que Elena había invocado ya no era una tormenta destructiva; se había estabilizado en una brisa fresca y constante que purificaba los bosques del norte y nutría los campos de las Tierras del Sur, donde la abolición de la esclavitud de los omegas había dado paso a una época de prosperidad agrícola sin precedentes.
En la Fortaleza de Hierro, el Gran Salón de los Ancestros había sido reconfigurado de forma radical. Los estandartes de guerra oscuros de la manada Sangre de Hierro compartían el espacio con colosales tapices de seda blanca que representaban las constelaciones de la Loba Celestial.
Derek Blackwood, vistiendo su armadura de Alto Protector pulida y desprovista de las runas tradicionales de dominio de Alpha, observaba los mapas de distribución de suministros sobre la mesa de roble. Su fisonomía reflejaba una salud formidable, pero sus ojos grises ya no cargaban la crueldad de la paranoia militar. El lazo místico que lo unía a Elena, ahora completamente maduro y equilibrado, fluía por su sistema como un río de energía argéntea. Su lobo interno ya no buscaba la sumisión brutal; había encontrado su propósito en ser el guardián de la deidad que gobernaba el imperio.
—Alto Protector —anunció el general de la guardia, ingresando al salón con una profunda reverencia—. La comitiva de las Tierras del Sur, liderada por la gobernadora Cassandra, acaba de cruzar las puertas de la fortaleza. Traen los censos unificados de los antiguos parias integrados en la sociedad civil. Todo está en orden, pero... hay reportes de resistencia en los límites del Este.
Derek apretó los puños, sintiendo un sutil destello azul en la marca de su pecho. El lazo le advirtió que la presencia de Elena se aproximaba.
—Los remanentes de las facciones de Alons todavía creen que pueden operar en las sombras —respondió Derek, con una voz profunda que denotaba la autoridad del ejecutor real—. Creen que la misericordia de nuestra reina es una debilidad. No comprenden que el hielo que los alimenta también puede congelar sus gargantas.
Las pesadas puertas del salón se abrieron de par en par, y el murmullo de los guardias cesó al instante. Elena ingresó al recinto. Su figura humana emanaba una soberanía cósmica que llenaba cada rincón de la habitación. Vestía una túnica de seda azul noche, bordada con hilos de plata que destellaban con el latido rítmico de sus marcas rúnicas. Sus ojos de azul eléctrico fijos en Derek, reflejando una conexión psicológica que iba mucho más allá de un emparejamiento licántropo convencional. Eran dos fuerzas opuestas que habían encontrado su eje en la justicia.
—Déjennos solos —ordenó Elena, y su voz polifónica, suave pero incuestionable, hizo que el general y los secretarios desalojaran el salón en un parpadeo.
Derek esperó a que las puertas se cerraran antes de dar un paso al frente, rompiendo la formalidad protocolaria para acercarse a ella. Colocó su mano derecha sobre su propio pecho, inclinando sutilmente la cabeza en un gesto que mezclaba el vasallaje político con una devoción personal que había florecido en los últimos meses de convivencia.
—Mi reina —saludó Derek, y una leve sonrisa suavizó sus facciones de guerrero—. Los informes del Este sugieren que algunos antiguos capitanes están intentando formar una coalición secreta de lobos de sangre pura. No aceptan compartir los derechos civiles con los omegas desterrados.
Elena se acercó a la mesa de mapas, pasando sus dedos delgados sobre las fronteras dibujadas en el pergamino. Una fina línea de escarcha brillante siguió el recorrido de su mano, delimitando las zonas en conflicto.
—El orgullo de la sangre pura es una enfermedad de herencia larga, Derek —pronunció Elena, mirándolo fijamente—. Pasaron siglos creyendo que la Diosa Luna los había coronado para ser depredadores de su propio pueblo. No podemos esperar que la mentalidad de un tirano cambie simplemente porque el Consejo ha caído. ¿Qué propone mi Alto Protector?
—La fuerza militar tradicional solo creará mártires entre los rebeldes —respondió Derek, demostrando la evolución psicológica que Elena había esculpido en él—. Si envío a la manada Sangre de Hierro a aplastarlos, dirán que el Imperio Celestial es solo una nueva tiranía con ropajes brillantes. Debemos cortar su influencia espiritual. Propongo que los guardianes rúnicos del santuario establezcan puestos de control en el Este, no para pelear, sino para demostrar que la energía curativa del invierno está al alcance de cualquiera, desarmando la base de sus ejércitos.
Elena lo observó con un destello de orgullo en sus pupilas azules. El hombre que una vez la había repudiado en el Gran Baile de Emparejamiento por considerarla una sirvienta inútil se había convertido en el estratega más sabio de su corte, un líder capaz de entender que la verdadera victoria residía en la redención del pueblo, no en su exterminio.
—Tu consejo es acertado, Derek —asintió Elena, y por un breve instante, la resonancia cósmica de su voz dio paso a la calidez de la joven que compartía un destino común con él—. Activaremos la Red Rúnica en las fronteras orientales. Dejaremos que los soldados del Este vean que sus familias ya no mueren de fiebres ni de hambruna gracias al santuario. Cuando sus guerreros se nieguen a marchar, las coronas de los rebeldes se caerán solas.
Derek se acercó un paso más, lo suficiente como para percibir el aroma a ozono y flores de invierno que emanaba de la piel de Elena. Extendió su mano, deteniéndola a milímetros de la de ella, esperando la aceptación tácita de su reina antes de consumar el contacto. Elena sonrió levemente y entrelazó sus dedos con los del Alpha Supremo.
El contacto cerró el circuito de su enlace místico. Una pulsación de luz azul y plateada recorrió los brazos de ambos, disipando cualquier rastro de fatiga política en sus mentes. Ya no eran la sirvienta y el tirano; eran los arquitectos de una nueva era, unificados por un pacto que el acero no podía romper y que el hielo eterno mantendría inmutable a través de los siglos.
—El camino será largo, Elena —susurró Derek, observando el amanecer que comenzaba a teñir los ventanales del salón con tonos dorados—. Las manadas tardarán generaciones en olvidar el miedo.
—Déjalos que tarden, Derek —respondió la Loba Celestial, alzando la mirada hacia el cielo despejado del norte—. El invierno celestial tiene toda la eternidad para enseñarles a ser libres.