Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 6: El Consejo de las Sombras
El gran salón de la Fortaleza de Hierro goteaba una tensión casi tan espesa como la brea. Las enormes antorchas que custodiaban los muros de piedra apenas lograban mitigar la oscuridad que parecía filtrarse desde los rincones más profundos del castillo de Derek Blackwood. En el centro de la habitación, una mesa redonda tallada en el tronco de un roble milenario albergaba los mapas tácticos del continente. Alrededor de ella, cuatro figuras imponentes observaban al Alpha Supremo con una mezcla de sospecha, ambición y un mal disimulado temor. Eran los líderes de las manadas del Este, Sur, Oeste y las Colinas Sangrientas: los Alphas que controlaban el equilibrio militar de la raza.
Derek permanecía de pie en la cabecera de la mesa, pero su habitual presencia intimidante se veía empañada por un detalle físico que ninguno de los presentes pasó por alto. Su rostro lucía inusualmente pálido, y de su pecho, oculto bajo capas de cuero negro, emanaba un sutil y constante rastro de vapor frío. Cada vez que inhalaba, un rictus de dolor cruzaba su mandíbula. El rechazo de la Loba Celestial continuaba devorando su energía vital paso a paso.
—Nos has convocado bajo el Tratado de Sangre Pura, Derek —rompió el silencio Silas, el rudo y ciclotímico Alpha de la manada del Oeste, golpeando la mesa con un puño cubierto de anillos de plata—. Ese código solo se activa cuando la existencia de nuestra raza está en peligro inmediato. Y lo único que veo aquí es a un Alpha Supremo que parece estar muriendo de hipotermia en pleno verano. ¿Qué nos estás ocultando?
—Mis espías informan de una actividad inusual en el Valle de los Proscritos —añadió la Alpha Cassandra, líder de las Tierras del Sur, entornando sus ojos felinos—. Los rogues que solían despedazarse entre sí por un trozo de carroña están marchando en formaciones organizadas. Hay rumores, Blackwood. Rumores sobre una loba blanca que hace brotar flores del hielo y cura la demencia de los parias.
Derek apretó los dientes, conteniendo un gemiso de dolor cuando el lazo roto dio un vuelco en su esternón. Su lobo interno rugió con frustración, exigiéndole que defendiera su honor, pero la debilidad física reducía su Voz de Alpha a una fracción de su poder original.
—Esos rumores son reales —sentenció Derek, clavando sus ojos grises en cada uno de los líderes—. No nos enfrentamos a una rebelión de desterrados comunes. Es el despertar de un linaje celestial. Una fuerza primordial que ignora las leyes de la Diosa Luna y anula la autoridad de cualquier Alpha por el mero hecho de existir. Si no aplastamos ese foco de poder en el Valle de los Proscritos antes del próximo ciclo lunar, sus propias manadas se arrodillarán ante ella sin necesidad de que desenvaine una sola espada.
Un murmullo de incredulidad y alarma recorrió la mesa. Los Alphas se miraron entre sí, sopesando las palabras del guerrero más poderoso del norte. La arrogancia que los definía comenzó a resquebrajarse ante la idea de perder el control absoluto sobre sus territorios de esclavos y sirvientes.
Mientras el Consejo de las Cinco Manadas comenzaba a trazar un plan de invasión conjunto acuciado por el miedo, la realidad en el Valle de los Proscritos vibraba con una energía completamente opuesta. Bajo la dirección de Elena, el páramo estéril se transformaba a pasos agigantados. Las ruinas de adobe y sal habían dado paso a las bases del primer Santuario Celestial: una estructura majestuosa tallada directamente en la roca de la meseta, cuyos pilares de piedra estaban recubiertos por una capa de hielo eterno que brillaba con una luz argéntea y titilante.
Elena, en su forma humana, caminaba entre las filas de su nuevo ejército. Miles de proscritos, antiguos esclavos, lobos omegas degradados y combatientes que habían sido desechados por sus manadas de origen debido a heridas físicas o debilidades espirituales, se alineaban en la explanada del santuario. Ya no lucían los cuerpos desnutridos ni los rostros sin esperanza de hace unos días; la energía curativa del invierno celestial los había dotado de una vitalidad renovada.
—El poder que les ha sido otorgado no proviene de la sumisión brutal que conocieron bajo el látigo de sus antiguos amos —proclamó Elena, y su voz, dulce pero impregnada de una resonancia cósmica, barrió el campamento—. Su fuerza ahora nace de la conexión con el cosmos y la justicia de la primera era.
Frente a ella, los tres primeros rogues que la habían seguido desde el Bosque de los Susurros dieron un paso al frente. Elena alzó las manos, y de las puntas de sus dedos brotaron hilos de luz azul eléctrico. Con movimientos geométricos y precisos, trazó marcas rúnicas directamente en las frentes de los guerreros. Al contacto con el diseño celestial, el pelaje de los hombres lobo mutó, adoptando reflejos plateados y un brillo helado en sus pupilas.
Aquellas runas no solo restauraban su cordura de forma permanente; les otorgaban la capacidad de canalizar el frío elemental. Cuando el líder de los parias golpeó el suelo con su pata delantera, una barrera de lanzas de hielo afiladas brotó de la tierra, rompiendo una roca de toneladas a diez metros de distancia con la facilidad de quien corta pergamino.
—La manada Sangre de Hierro y los ejércitos del continente se están movilizando —advirtió el antiguo Beta del valle, acercándose a Elena con una inclinación de cabeza—. El Alpha Supremo buscará limpiar su humillación con la sangre de nuestro pueblo. Vienen miles, mi reina.
Elena se volvió hacia el horizonte, donde las nubes oscuras del norte comenzaban a agruparse, anunciando la tormenta militar que se avecinaba. Sus ojos de azul eléctrico brillaron con una determinación inquebrantable. Ya no era la sirvienta invisible que limpiaba el polvo del Salón de los Ancestros; era la deidad que guiaría a los olvidados a la reconquista de su propia dignidad.
—Que vengan —respondió Elena con una sonrisa gélida—. Dejaremos que marchen a través de nuestras fronteras de hielo. Cuando el ejército del Supremo intente pisar este valle, descubrirá que el invierno que tanto temen no es una estación climática... es el juicio que ellos mismos sembraron con su crueldad.