Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 15
La marcha nupcial resuena en las paredes de piedra de la parroquia, pero la melodía suena pesada, casi fúnebre. Alejandro espera en el altar, vistiendo un elegante traje oscuro, con el sudor corriéndole por la frente. Las puertas principales se abren y entra Rubí, imponente, vestida con un traje de novia blanco tradicional que contrasta con la frialdad de su mirada. Su abuela Altagracia la acompaña del brazo, caminando con orgullo y felicidad.
Los bancos están ocupados por los pocos habitantes del pueblo que se atrevieron a asistir, el fiscal Diviana y la detective Samtina, quien no aparta los ojos de la novia. Sin embargo, hay un vacío ensordecedor en la primera fila: Elena es la única que no está en la boda de su hijo mayor.
Rubí llega al altar. Alejandro le toma las manos; están heladas. El Padre Damián, con las manos temblorosas y la voz entrecortada, comienza la liturgia, apresurando las palabras como si quisiera huir del lugar.
—Esta hermosa. Rubí,
—Tú también estás guapo
***
Mientras la boda se celebra, Elena cruza la puerta blanca del pabellón de reposo. Lleva un ramo de lirios frescos y una sonrisa maternal perfectamente ensayada. Valeria está sentada en el suelo, mirando fijamente la pared vacía. Elena se arrodilla a su lado, acariciándole la mejilla con una ternura exagerada, mostrando su doble cara como si le doliera.
—Mi niña hermosa, ya estás a salvo de esa casa —le dice Elena con voz dulce, mientras mira de reojo hacia la ventana para asegurarse de que nadie la observa—. Quédate aquí, tranquilita. Si la policía te pregunta algo sobre mí o sobre Henrique, solo diles que estabas confundida por tus pesadillas. Mamá te va a cuidar, pero tienes que guardar silencio para siempre.
En cuanto Valeria se gira y la mira con sus ojos desorbitados por el trauma, la sonrisa de Elena se borra por completo, reemplazada por una mirada fría y calculador de pura advertencia.
***
Henrique se encuentra completamente solo en la oficina, con las cortinas cerradas. Con un juego de llaves maestras, revisa febrilmente los archivos secretos del ropero de Elena. Va sacando los documentos de desvío de fondos, metiéndolos en su maletín. Su plan de traicionar la confianza de su amante está casi completo y seguro.
—Crees que soy tu títere, Elena… —murmura Henrique para sí mismo, con una sonrisa calculadora—. Pero me voy a quedar con todo.
Al revisar el último cajón, se detiene con frustración. Ha robado casi toda la documentación contable, pero falta un solo documento: el título original de propiedad de las acciones navieras de Rubí. Henrique golpea el escritorio con rabia. Sabe perfectamente que Alejandro lo tiene bien guardado bajo llave, y sin ese papel, toda su traición se queda a medias.
La recepción de la boda es un derroche de lujo tenso. El romance entre Rubí y Alejandro se vuelve un momento asfixiante para todos los presentes; se miran con una mezcla de deseo ardiente, culpa y una profunda sospecha, bailando en el centro de la pista como si el resto del mundo no existiera.
De pronto, las luces de los grandes candelabros parpadean y se apagan, dejando el salón iluminado únicamente por los cirios de las mesas. Una corriente de aire helado abre las puertas de par en par, trayendo consigo el inconfundible y denso aroma a sándalo cálido.
En el umbral de la entrada, perfectamente estáticas, aparecen las dos figuras misteriosas. La Mujer del Velo Negro lleva su espeso encaje cubriéndole el rostro. A su lado, su cómplice la sostiene por la cintura con una devoción perturbadora, cargando en su otra mano un largo cordón de seda negra doblado en forma de soga.
Los invitados sueltan gritos de terror, retrocediendo en tropel y tirando las copas de cristal al suelo. Samtina desenfunda su arma de inmediato, apuntando hacia la entrada.
—¡Quietos ahí! ¡Nadie se mueva! —grita Samtina, avanzando con el pulso acelerado.
Alejandro cubre a Rubí con su cuerpo, pero la pareja de luto no avanza. La Mujer del Velo Negro levanta una mano con una lentitud mostrando una muñeca sin ojos, hace un gesto de despedida hacia los novios y, tras un parpadeo de las velas causado por un golpe de viento, ambas figuras desaparecen en la neblina de los jardines, como si hubieran sido una ilusión. El susto entre los presentes es aterrador; varios invitados caen de rodillas rezando, dándose cuenta de que la boda no fue el final de la maldición, sino el inicio del entierro definitivo.
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La música del salón de fiesta ha sido apagada por completo. El silencio en la mansión es denso, interrumpido solo por los susurros nerviosos de los pocos invitados que aún esperan afuera a que la policía autorice la salida. El aroma a sándalo sigue flotando en el aire, impregnado en las cortinas como una maldición.
Samtina camina de un lado a otro por el vestíbulo, examinando el umbral donde apareció la pareja de luto. El fiscal Diviana observa desde la escalera, con los brazos cruzados y la frustración dibujada en el rostro.
—Esto fue una provocación directa —dice Samtina, limpiándose el sudor de la frente con rabia—. Vinieron a decirnos que no les importan nuestras armas ni nuestras placa ni ustedes. Se pasearon en nuestra cara.
—Lo que hicieron fue marcar su territorio, detective —responde Diviana, bajando los escalones despacio—. No vinieron a matar a nadie esta noche. Vinieron a dejar claro quién gobierna esta boda.
***
Rubí está sentada en el sofá de cuero, con el vestido de novia extendido a su alrededor, luciendo como una reina en un trono de espinas. Alejandro permanece a su lado, pero su mirada está fija en la puerta principal. La tensión en la mansión es tan alta que el más mínimo ruido hace que los escoltas lleven las manos a sus armas. La fachada de la familia perfecta se ha desmoronado por completo en esa noche.
Las grandes puertas de roble se abren de golpe. Elena entra al lugar, intentando mantener la compostura, quitándose los guantes de gris con manos que muestra sospecha. Alejandro camina detrás de ella, cerrando la puerta con violencia. El impacto del portazo hace vibrar los vidrios de los estantes.
—Se puede saber ¿dónde demonios andabas, mamá? —le ruge Alejandro, con la voz quebrada por la humillación y el desespero—. ¡Tu único hijo varón se casó hoy y tú no estabas en la iglesia! ¡Dejaste tu asiento vacío frente a todo el pueblo!
Elena se gira despacio, sosteniendo la mirada de su hijo con esa doble cara de frialdad que la caracteriza.
—Estaba visitando a tu hermana, Alejandro —responde Elena con un tono falsamente herido—. Mientras tú gastas los reales de la naviera vistiéndote de gala con esa mujer, tu hermana Valeria está encerrada en un manicomio, gritando que el hombre del luto va a venir por ella. Alguien en esta familia tenía que hacer el papel de madre.
—¡No me vengas con tu drama de madre! —Alejandro da un paso al frente, golpeando el escritorio de caoba con el puño—. Fuiste al hospital porque estás muerta de miedo. No fuiste a la iglesia porque no tienes el valor de mirar a Rubí a los ojos. Sabes muy bien que la mujer del velo negro estuvo aquí hace diez minutos, mamá. Nos vio a la cara a todos. ¿Vas a seguir negando que esta maldición tiene que ver con los negocios sucios que tú y Henrique están escondiendo en la empresa?
Elena palidece ante la mención de Henrique, pero clava sus uñas en las palmas de sus manos para no perder el control, dándose cuenta de que Alejandro está a un solo paso de descubrir la traición absoluta que se está gestando a sus espaldas.
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