"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 18 La sorpresa en el aula
Seguían todavía en su tercer mes de pololo, y cada día parecía traer algo nuevo, aunque esa mañana para Eluney no había empezado nada bien.
Desde temprano había llamado a Cristian para desearle los buenos días, pero el teléfono había sonado sin que nadie contestara.
Volvió a llamar un par de veces más, pero tampoco obtuvo respuesta.
Se quedó con el corazón un poco apretado, sin entender qué pasaba, y mientras caminaba al colegio no podía quitarse esa sensación de duda.
Cuando entró a su sala de Primero Medio A, se sentó en su puesto habitual, sacó sus cuadernos y se quedó mirando por la ventana, con la mente en otra parte.
Tenía la mirada baja, el semblante serio y una pequeña tristeza en el pecho: “Seguro tiene algún problema o salió temprano y no escuchó”, se decía a sí misma, pero no lograba quitarse la preocupación.
Poco después entró el profesor, y detrás de él se escucharon pasos lentos y discretos.
—Chicos, atención un momento —dijo el profesor con voz tranquila—.
Hoy tenemos un nuevo compañero que se une a nuestro curso.
Algunos se giraron a mirar con curiosidad, pero Eluney ni siquiera levantó la vista.
Pensó para sí misma, un poco resignada.
¿Un alumno nuevo?
A mí no me importa.
El único que me importa sigue en el otro curso, y ni siquiera me ha contestado el teléfono hoy”.
No se dio cuenta de que el chico que entraba venía bien abrigado por el frío de la mañana: llevaba una gorra de lana que le cubría el cabello, un par de guantes gruesos en las manos y unos lentes oscuros que le ocultaban casi toda la cara.
Caminó entre las filas de pupitres sin hacer ruido, mientras todos seguían mirándolo con curiosidad.
Se detuvo justo al lado del puesto de Eluney, se inclinó un poco y, con suavidad, le tocó el hombro con una mano cubierta por el guante.
Ella se sobresaltó y se giró de golpe, dispuesta a decir que no quería hablar con nadie en ese momento.
Entonces escuchó esa voz, la misma que conocía mejor que ninguna otra, suave, cercana y llena de esa ternura que solo él tenía:
—¿Está desocupado este asiento?
¿Puedo sentarme a tu lado?
Eluney se quedó paralizada.
No veía bien su cara por la gorra, los lentes y el abrigo, pero esa voz…
no podía confundirse.
Antes de que pudiera responder, él repitió, bajando un poco más el tono, con una sonrisa que se le notaba incluso en la forma de hablar:
—¿Me vas a responder?
¿Puedo sentarme a tu lado…?
mi amor?
En ese instante, el corazón de Eluney dio un vuelco.
Dejó de lado la tristeza, la confusión y la preocupación, y con manos temblorosas le quitó los lentes, luego la gorra, y al ver su rostro entero, con esa sonrisa que le iluminaba todo, no pudo evitar abrir mucho los ojos y taparse la boca con la mano para no gritar de la sorpresa.
—¿¡Cristian!?
—susurró entre emoción y alegría, sin poder creerlo—.
¿Tú?
¿Pero qué haces aquí?
¿Por qué no me contestaste el teléfono?
Me tenías preocupada…
Él se quitó también los guantes, le tomó ambas manos entre las suyas y le dio un beso suave en la frente, justo como siempre hacía, para calmarla y demostrarle que todo estaba bien.
—No te contesté a propósito —le explicó en voz baja, para que solo ella lo escuchara—.
Quería que fuera una sorpresa completa.
Anoche lo arreglamos todo con mi mamá y con la dirección, y hoy me cambiaron de curso.
A partir de ahora, ya no estoy en el otro lado.
Estoy aquí, en tu misma sala, al lado tuyo, en todo momento.
Eluney sintió cómo la tristeza de la mañana se desvanecía por completo, reemplazada por una alegría inmensa.
Apretó sus manos con fuerza, y sin importarle que estuvieran en clase, se inclinó un poco y le dio un beso breve y dulce en los labios, lleno de alivio y cariño.
—¡Eres increíble!
—le dijo con los ojos brillantes—.
Me hiciste pasar un mal rato, pero esta sorpresa vale más que todo.
—Te lo prometo —respondió él, sonriendo—.
Ahora compartimos todas las clases, los recreos, todo el día.
Y seguimos igual, con respeto y cariño, como hasta ahora.
Todavía estamos en nuestro tercer mes, nos faltan muchos meses más por delante, hasta cumplir el año y mucho más tiempo para seguir construyendo todo esto.
El profesor, que ya sabía de la situación, solo les dedicó una mirada comprensiva y una sonrisa antes de empezar la lección.
Eluney se sentó más cómoda, con la mano de Cristian entrelazada con la suya debajo del pupitre, y miró la pulsera que le había regalado en el mes anterior, brillando en su muñeca.
Esa mañana, lo que había empezado con preocupación terminó convirtiéndose en el recuerdo más bonito de sus primeros tres meses juntos: la confirmación de que, poco a poco, todo se acomodaba para estar más cerca el uno del otro.