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Nica Y Los Cinco Destinos

Nica Y Los Cinco Destinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Mujer poderosa / CEO
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Ocampo

Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.

NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: Promesas bajo la lluvia

Las gotas comenzaron a caer antes del amanecer.

Una lluvia fina cubría Puerto Azul mientras las calles permanecían casi vacías. El sonido de las olas golpeando el muelle se mezclaba con el repiqueteo del agua sobre los techos de chapa.

Nica despertó unos minutos antes de que sonara el despertador.

Permaneció acostada mirando el techo.

Sobre la mesa descansaban el cuaderno azul, la brújula, la llave plateada y las notas anónimas.

Cada objeto parecía observarla en silencio.

Nunca imaginó que escapar de su antigua vida significaría descubrir otra llena de secretos.

Se levantó, abrió el cuaderno que Ian le había regalado y escribió unas líneas.

"Hay personas que llegan a tu vida con respuestas. Otras llegan con preguntas. Ian llegó con ambas."

Sonrió sin darse cuenta.

Cerró el cuaderno y lo guardó cuidadosamente en su mochila.

Cuando llegó al Café del Puerto, Marta ya estaba preparando el desayuno.

—¡Buen día!

—Buenos días.

Marta la observó unos segundos.

—Hoy tenés otra cara.

—¿Qué cara?

—La de alguien que pasó la noche pensando.

Nica soltó una risa.

—Me conocés demasiado.

—No hace falta conocerte mucho. Tus ojos hablan antes que vos.

Las dos comenzaron a preparar el salón antes de la apertura.

Mientras colocaban los manteles, Marta preguntó:

—¿Qué vas a hacer con todo lo que descubriste?

Nica acomodó un florero sobre una mesa.

—No lo sé.

Una parte de mí quiere saber toda la verdad.

Y otra...

Tiene miedo de descubrirla.

Marta dejó una bandeja sobre el mostrador.

—El miedo no desaparece.

Solo aprendemos a caminar con él.

Nica guardó aquella frase en su corazón.

Las horas pasaron con tranquilidad.

La lluvia mantenía alejados a muchos turistas y el café estaba más silencioso de lo habitual.

Don Ernesto fue uno de los primeros en llegar.

Sacudió el paraguas antes de entrar.

—Con este clima lo único que salva el día es un buen café.

—Entonces vino al lugar correcto.

Después llegó un grupo de pescadores completamente empapados.

El ambiente comenzó a llenarse de conversaciones y risas.

Por un momento, Nica olvidó todo.

Hasta que la campanita de la puerta volvió a sonar.

Ian.

Entró con el cabello mojado por la lluvia y una sonrisa cansada.

—Buenos días.

Nica sonrió automáticamente.

—Buenos días.

Marta observó la escena desde la cocina y negó con la cabeza mientras sonreía para sí.

—Cada vez se saludan distinto...

Pensó.

Ian se acercó al mostrador.

—Hoy no vengo por café.

Nica arqueó una ceja.

—¿No?

—Hoy vengo a invitarte a un lugar.

Ella lo miró sorprendida.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Ahora?

Ian negó con una sonrisa.

—Cuando termines de trabajar.

Hay alguien que quiero que conozcas.

Nica sintió curiosidad.

—¿Quién?

Él dudó unos segundos.

—Una de las personas más importantes de mi vida.

Antes de que pudiera preguntar algo más, la puerta del café volvió a abrirse.

Samuel entró lentamente.

Llevaba el paraguas cerrado y el traje impecable, como si la lluvia no hubiera tocado una sola gota de su ropa.

Su mirada se cruzó inmediatamente con la de Ian.

El ambiente cambió.

Los dos hombres se reconocieron al instante.

Samuel hizo una leve inclinación de cabeza.

—Ian Shervian.

Ian respondió con la misma seriedad.

—Samuel.

Nica los observó confundida.

—¿Se conocen?

Los dos respondieron exactamente al mismo tiempo.

—Sí.

Pero ninguno agregó una sola palabra más.

El silencio que siguió fue tan incómodo que incluso Marta dejó de preparar café para mirar hacia el salón.

Nica comprendió que había una historia entre ellos.

Una historia que, otra vez, nadie estaba dispuesto a contar.

El silencio se volvió casi insoportable.

La lluvia golpeaba los ventanales del Café del Puerto mientras Samuel e Ian se observaban fijamente.

Nica sentía que estaba en medio de una conversación que había comenzado mucho antes de que ella llegara a Puerto Azul.

Fue Samuel quien rompió el silencio.

—Pasaron muchos años.

Ian asintió con calma.

—Demasiados.

Samuel sonrió apenas.

—Veo que te convertiste en un buen hombre.

Ian respondió con una leve inclinación de cabeza.

—Intento estar a la altura de quienes confiaron en mí.

Nica frunció el ceño.

Aquellas palabras sonaban como si compartieran un pasado importante.

—¿De verdad se conocen? —insistió.

Samuel la miró con respeto.

—Hace mucho tiempo trabajé con personas muy cercanas a la familia Shervian.

Ian comprendió enseguida que Samuel estaba eligiendo cuidadosamente cada palabra.

No estaba mintiendo.

Pero tampoco estaba diciendo toda la verdad.

Samuel volvió la mirada hacia Nica.

—Señorita Beaumont...

Me alegra verla bien.

Ella sintió un pequeño nudo en la garganta.

—¿Por qué siempre habla como si me conociera desde hace años?

Samuel sonrió con tristeza.

—Porque algunas promesas duran toda una vida.

Antes de que Nica pudiera hacer otra pregunta, Samuel dejó un pequeño sobre sobre el mostrador.

—Esto es para usted.

Ian dio un paso adelante.

—¿Qué es?

Samuel lo miró.

—No representa ningún peligro.

Solo era el momento de devolvérselo.

Nica abrió el sobre lentamente.

Dentro encontró una fotografía antigua.

Estaba algo desgastada por el tiempo.

En ella aparecía una niña de unos siete años corriendo por un jardín, con una enorme sonrisa.

Al lado de esa niña había un hombre joven levantándola en brazos.

Nica sintió que el corazón se detenía.

—Papá...

Era Richard Beaumont.

Pero no el empresario serio que ella recordaba.

En la fotografía estaba riendo.

Con la ropa manchada de barro.

Y parecía inmensamente feliz.

Una lágrima cayó sobre la imagen.

Hacía muchos años que no veía a su padre de esa manera.

Samuel habló con suavidad.

—A veces olvidamos que las personas también fueron diferentes antes de convertirse en quienes son hoy.

Nica no podía apartar la vista de la fotografía.

—¿Dónde la encontró?

Samuel sonrió.

—Digamos que alguien pensó que ya era hora de que volviera a tus manos.

Ian permanecía en silencio.

Jamás había visto a Nica tan conmovida.

Samuel se preparó para marcharse.

Antes de salir, se detuvo junto a Ian.

Habló tan bajo que solo él pudo escucharlo.

—El tiempo se está terminando.

Ian respondió sin apartar la vista de Nica.

—Lo sé.

—Cuando Augusto tome una decisión...

Ya nadie podrá detener lo que viene.

Ian asintió lentamente.

Samuel abrió el paraguas y desapareció bajo la lluvia.

Durante varios minutos, Nica permaneció inmóvil.

Marta se acercó despacio y apoyó una mano sobre su hombro.

—¿Estás bien?

Ella respiró hondo.

—No lo sé.

Pensé que había olvidado esa época.

Pero... ver a mi papá sonriendo así...

Me hizo recordar que no todo fue malo.

Marta sonrió con ternura.

—Los recuerdos nunca son completamente blancos o negros.

Ian observó a Nica.

Comprendió que esa fotografía había abierto una puerta que llevaba años cerrada.

Y quizá era necesario.

Porque para enfrentar el futuro...

Primero debía reconciliarse con parte de su pasado.

Cuando terminó el turno de la tarde, la lluvia había cesado.

Ian esperaba afuera con una camioneta antigua color azul.

Al verla salir, abrió la puerta del acompañante.

—¿Seguís aceptando mi invitación?

Nica miró a Marta.

Ella sonrió y le guiñó un ojo.

—Andá.

Hace mucho que no te regalás una tarde para vos.

Nica respiró hondo.

Subió a la camioneta.

Mientras recorrían el camino costero, el paisaje cambiaba poco a poco.

Las casas quedaron atrás.

Aparecieron campos verdes, pequeños acantilados y un viejo faro a lo lejos.

Después de unos veinte minutos, Ian detuvo el vehículo frente a una casa de piedra rodeada de lavandas.

No era una mansión.

Era un hogar sencillo, cálido y lleno de flores.

Nica lo miró sorprendida.

—¿Vivís acá?

Ian sonrió.

—No.

Pero hay alguien que sí.

Antes de que pudiera explicar más, la puerta de la casa se abrió.

Una mujer de unos setenta años salió al jardín con una sonrisa enorme.

Al ver a Ian, abrió los brazos.

—¡Mi niño!

Ian la abrazó con un cariño que Nica jamás le había visto demostrar.

Después se volvió hacia ella.

Había emoción en sus ojos.

—Nica...

Quiero presentarte a la persona que me enseñó que la familia no siempre se construye con la sangre.

La mujer dio un paso adelante y tomó las manos de Nica entre las suyas.

La observó durante unos segundos.

Y, con una sonrisa llena de ternura, dijo:

—Así que vos sos la joven de la que Ian no deja de hablar.

Nica sintió cómo sus mejillas se encendían.

Giró lentamente para mirar a Ian.

Él, por primera vez desde que se conocían...

Se había quedado completamente sin palabras.

Continuará...

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