Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Lara entendió.
Sebastián había ido a buscarla para asegurarse de que Dulce siguiera yendo a su casa. Dulce podía ayudarlo con el apetito, y eso requería tiempo. Si ataba a la madre con un contrato, ataba también a la hija.
—¿Cualquier pedido? —preguntó.
—Sí.
Sebastián creyó que eso ya era bastante claro.
Lara pensó en Candela.
Pensó en el respaldo de los Ferrer, en la guerra que tarde o temprano iba a estallar, y en la posibilidad de que Sebastián se pusiera del lado equivocado.
—¿Puedo guardarlo?
Sebastián giró la cabeza.
—¿Guardarlo?
—Todavía no sé qué pedir. Cuando lo sepa, te digo.
En realidad sí tenía una idea.
Si un día ella y Candela se enfrentaban de lleno, quería pedirle a Sebastián que no interviniera.
—Bien —dijo él.
Lara respiró más tranquila.
El chofer dobló de golpe.
Por la inercia, Lara perdió el equilibrio y cayó sobre las piernas de Sebastián.
—¡Perdón!
Antes de incorporarse, el auto frenó bruscamente.
Lara terminó contra su pecho.
La nariz le golpeó contra él y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Levantó la cabeza.
Estaban demasiado cerca.
De cerca, Sebastián era todavía más peligroso. Cejas oscuras, nariz recta, labios finos, mandíbula dura, ojos hondos como una noche sin luces.
Lara tragó saliva.
Sebastián lo vio.
Levantó una mano.
Ella reaccionó como si la fueran a ejecutar.
—Perdón. No fue a propósito. ¿Te toqué? ¿Te dio alergia? Hay una farmacia cerca, puedo comprar algo...
—Entendí.
—¿Qué entendiste?
El chofer miró por el espejo.
—Perdón, señor. Un auto se nos cruzó de golpe. ¿Están bien?
—Sí.
El chofer se quedó sorprendido por no recibir ni una mirada filosa.
Siguió manejando.
El silencio se volvió todavía más raro.
Al rato, Sebastián habló:
—Ese pedido también puede ser.
Lara se puso rígida.
—¿Qué pedido?
—Yo.
Ella casi quiso bajarse en movimiento.
—¡No! No era eso.
—Entiendo.
—No entendés nada.
—Te doy una oportunidad. Portate bien.
Lara se quedó sin palabras.
Admitía que durante un segundo la había golpeado la belleza de Sebastián. Un segundo. Nada más. Ese hombre era demasiado frío, demasiado peligroso y, para colmo, Candela lo había usado durante años como escudo.
Pero ya no había forma de aclararlo.
Al llegar a la residencia Ferrer, Lara ni siquiera buscó a Dulce.
Entró a la cocina, preparó el almuerzo a toda velocidad y salió como si la persiguieran.
Nicolás apenas alcanzó a verla pasar.
—¿Qué le hiciste?
Sebastián miró hacia la puerta.
—Está nerviosa.
—Eso no responde nada.
—No hace falta.
Arriba, Dulce había llevado a Mateo a la ventana.
Benja se lo había dicho claro: la verdad no podía salir todavía. Mamá y papá tenían que estar juntos por amor, no porque los hijos forzaran una familia.
Dulce vio a Lara cruzar el jardín.
—Mateo, vení.
Él se acercó.
Ella señaló hacia abajo.
—Esa es mi mamá. Es buena, linda y cocina rico. Tu mamá es mala. ¿Querés cambiarla por la mía?
Mateo la miró.
La idea era demasiado simple.
Y demasiado tentadora.
Miró por la ventana.
Solo alcanzó a ver la espalda de Lara.
Pero algo en esa figura le resultó extrañamente familiar.
Como si la hubiera extrañado antes de conocerla.
En el comedor, la comida de Lara funcionó otra vez.
Sebastián comió.
Mateo también, porque Dulce le dijo que si no comía no iba a crecer fuerte.
Nicolás miraba a la nena como si fuera una estampita milagrosa.
Después del almuerzo, Sebastián y Nicolás tuvieron que ir al grupo. Dejaron a Mateo y Dulce durmiendo la siesta en habitaciones separadas, con Marta pendiente.
La casa quedó tranquila.
Hasta que llegó Martina Ferrer.
Entró con lentes de sol, cartera cara y un humor venenoso.
—¿Dónde está la nena?
Marta se puso tensa.
—Señorita Martina, el señor Sebastián dijo que Dulce es invitada.
—¿Invitada? Una cría de padre desconocido no es invitada en esta casa.
—Señorita...
—Callate.
Martina subió sin pedir permiso.
Buscó cuarto por cuarto hasta encontrar a Dulce dormida en la habitación que le habían preparado.
La furia le subió de golpe.
Su hermano le había dado un cuarto.
A la hija de quién sabe quién.
Martina arrancó la manta.
—Despertate.
Dulce abrió los ojos, confundida.
—¿Quién sos?
—Alguien con más derecho a estar acá que vos. Bajate.
La agarró del brazo y tiró.
Dulce perdió el equilibrio y se golpeó la frente contra la mesa de luz.
—¡Ay!
El llanto explotó.
Martina se sobresaltó al ver sangre entre los dedos de la nena.
—No exageres. Fue un golpecito.
Marta llegó corriendo.
—¡Señorita Martina!
Vio la herida y palideció.
—Traigan el botiquín. Y llamen al doctor Aguirre.
Dulce intentaba no llorar, pero le temblaba todo el labio.
Marta limpió la sangre con cuidado, desinfectó y le puso una gasa cuadrada con cinta.
Mateo apareció en la puerta.
Vio la sangre.
Vio a Dulce.
Sus pupilas se contrajeron.
Corrió hasta ella y la abrazó con fuerza.
Dulce se escondió contra su pecho.
—Hermano, me duele.
Mateo no habló.
La sostuvo y miró a todos con una ferocidad silenciosa.
Martina retrocedió un paso.
—Mateo, soy tu tía. ¿Me vas a mirar así por esta...?
La mirada de Mateo se volvió más fría.
Marta llamó a Lara.
En Dawn, Lara atendió y se levantó de inmediato.
Candela la vio salir casi corriendo.
—¿A dónde vas?
—Tengo una urgencia. Pido permiso después.
Candela se cruzó en su camino.
—Las licencias pasan por Recursos Humanos.
Lara tenía la mente en una sola frase: Dulce se lastimó.
No podía perder tiempo.
Se arrancó la credencial del cuello y la dejó sobre el escritorio.
—Descontame el día. Echame. Hacé lo que quieras.
Se fue.
Candela se quedó mirando la credencial con una sonrisa torcida.
Algo había pasado en la casa Ferrer.
Y sonaba a oportunidad.
Lara tomó un taxi y le pidió al chofer que fuera lo más rápido posible.
Cuando llegó a la residencia, casi no veía de la rabia.
Martina la esperaba en la entrada del jardín.
La miró de arriba abajo.
—Así que vos sos Lara.
—Corré.
—Con razón. Cara linda, una hija para meter presión y cero vergüenza. ¿Sabés que mi hermano ya tiene familia?
Lara se detuvo.
—¿Fuiste vos?
Martina sonrió.
—Fue un accidente. Aunque te vendría bien aprender a no usar a tu hija para trepar.
La cachetada sonó seca.
Martina se llevó la mano a la cara.
—¿Me pegaste?
—Tocaste a mi hija.
—¡Sos una loca!
Martina se le tiró encima.
Lara sabía defenderse. Durante años había aprendido a no quedarse quieta cuando alguien la atacaba. Martina no era rival, pero gritaba, empujaba y arañaba con desesperación.
El forcejeo las llevó hacia la pileta exterior.
Martina, furiosa, se lanzó otra vez.
Lara quiso esquivarla.
Los pies resbalaron.
Agua.
Las dos cayeron.
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido