⚠️🔞✅️Miles Stone, un rígido contador de la ciudad, huye hacia el pueblo costero de Bahía Centinela tras una devastadora traición familiar. Destrozado y buscando aislamiento, llega al viejo Hostal Morrow, administrado por Ezra, un lugareño libre, magnético y un tanto excéntrico. Mientras Miles intenta ordenar el adorable caos financiero del negocio, Ezra lo desafía a mirar el mundo a través de su lente analógica, enseñándole a abrazar las imperfecciones de la vida. Bajo el cálido sol de agosto, una cercanía eléctrica e ineludible florece entre ambos, transformando un verano melancólico en el refugio de amor más puro de sus vidas.✅️🔞⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Mi paraíso
El contraste de Vancouver golpeó a Miles en cuanto pisaron el suelo del aeropuerto. Atrás se había quedado el aire caliente cargado de salitre de Bahía Centinela; aquí, el clima de finales de agosto se sentía como un invierno adelantado. Una llovizna helada y constante cubría los enormes edificios de cristal y los bosques de pinos oscuros que rodeaban la ciudad canadiense. El trayecto en el avión había sido una tortura silenciosa. Los cambios de presión provocaron en Ezra una serie de malestares severos, náuseas y espasmos de dolor tan intensos que tuvo que pasar la mayor parte del vuelo con la cabeza apoyada en el hombro de Miles, aferrándose a sus dedos con una desesperación que le rompió el corazón al contador.
Al llegar, la prioridad absoluta fue trasladar a Ezra al hospital especializado donde el equipo médico de Matt ya lo esperaba. Miles no pudo quedarse con él durante las primeras horas de internamiento debido a los estrictos protocolos de admisión, así que Matt lo llevó a su casa para que pudiera dejar el equipaje y tomar un respiro.
La casa de Matt era una cabaña acogedora de madera oscura, situada en las afueras de la ciudad, rodeada de árboles altos que se mecían con el viento frío. El interior olía a pino, a leña quemada y a café recién hecho. Matt le asignó a Miles la habitación de invitados, un espacio cálido con una cama grande cubierta por una pesada manta tejida. Al dejar su maleta de lona y el bolso con su cámara sobre el mueble de madera, Miles se sentó en el borde del colchón y rompió a llorar en silencio. Extrañaba el traqueteo del aire acondicionado viejo del hostal; extrañaba el olor a cloro de las sábanas blancas y la sonrisa perezosa de su novio en el porche. Sentía que el frío de Canadá estaba intentando congelar la burbuja de amor que habían construido en la costa.
Sin embargo, no se permitió derrumbarse por mucho tiempo. Se lavó el rostro con agua fría, se abrigó con una chaqueta gruesa y regresó al hospital junto a Matt.
Cuando Miles entró a la habitación privada del hospital en la noche, el panorama lo llenó de una inmensa angustia. El cuarto era amplio, limpio y de paredes blancas inmaculadas, pero se sentía totalmente frío y desprovisto de cualquier rastro de vida. Ezra estaba acostado en el centro de una gran camilla metálica, vistiendo una bata azul de hospital que lo hacía ver aún más delgado de lo que ya estaba. Varios tubos delgados conectados a sus brazos administraban suero y analgésicos continuos, y un monitor a un costado registraba el ritmo de sus latidos con un pitido constante, rítmico y molesto.
Ezra tenía los ojos abiertos, fijos en el techo blanco. Al escuchar el sonido de la puerta, giró la cabeza con lentitud. Su rostro reflejaba un cansancio absoluto, pero lo que realmente alarmó a Miles fue la mirada en sus ojos oscuros: por primera vez desde que se conocieron, Ezra Morrow tenía miedo. Tantos estudios médicos obligatorios, las jeringas, las luces blancas de las salas de tomografía y el trato frío de los especialistas lo habían aterrado. El dueño del verano se sentía atrapado en una jaula de metal.
—Odio este lugar, mi cielo —susurró Ezra con una voz pastosa y quebrada en cuanto Matt salió un momento a hablar con los enfermeros—. Huele a muerte. Extraño mi porche. Extraño nuestro desorden.
Miles sintió que se le partía el alma. Se acercó a la camilla a paso rápido, se sentó en el borde y tomó la mano libre de Ezra, besándole los nudillos con una delicadeza infinita.
—Aquí estoy, mi bebé —le dijo Miles de forma dulce, limpiándole una lágrima solitaria que resbalaba por su sien—. Ya estoy aquí. No vas a pasar esta noche solo, te lo prometo. El desorden lo traemos nosotros en el corazón.
Esperaron a que pasara la última ronda de control de la medianoche. En cuanto la enfermera de turno revisó los monitores, les deseó buenas noches y cerró la puerta de madera, Miles se movió con agilidad. Se quitó la chaqueta y las zapatillas pesadas y, con un cuidado extremo para no tirar de ninguna de las agujas conectadas a los brazos de Ezra, se deslizó debajo de las sábanas blancas de la camilla del hospital.
El espacio era reducido, pero a ninguno de los dos le importó. Miles se acomodó de lado, pasando su brazo por debajo de la cabeza de Ezra y rodeándolo con firmeza por la cintura, pegando su cuerpo al suyo. Ezra soltó un suspiro largo, un gemido de puro alivio físico y emocional, y escondió el rostro en el cuello de Miles, buscando su calor constante en medio de la frialdad de la habitación. Estar así, entrelazados a escondidas del personal médico, les devolvió la sensación de seguridad que la ciudad les había arrebatado.
—Gracias por estar aquí, mi vida —susurró Ezra contra su piel, y sus temblores de miedo comenzaron a ceder gracias al contacto—. Con tu calor, las máquinas hacen menos ruido.
Miles estiró el brazo libre hacia la mesa de noche y tomó su cámara réflex, la cual se había negado a dejar en la cabaña. Encendió la pantalla digital y acomodó el aparato entre los dos, sobre el colchón, de modo que ambos pudieran ver las imágenes en la penumbra del cuarto iluminado solo por la luz tenue del monitor de latidos.
—Mira, mi bebé —dijo Miles de forma suave, comenzando a pasar las fotos—. Vamos a regresar a nuestro paraíso por un momento.
Lentamente, comenzaron a revisar las fotografías que Miles había tomado durante su última tarde en el muelle viejo de Bahía Centinela. En la pantalla del aparato digital, los colores cobraron vida con una belleza irreal. Vieron la imagen de la gaviota solitaria en el pilar de madera podrida; pasaron la foto de los pescadores veteranos saludando desde la orilla con sus gorras gastadas; contemplaron los retratos en primer plano donde los ojos oscuros de Ezra brillaban con adoración bajo el sol naranja del atardecer costero. Cada imagen era un fragmento de tiempo puro, un testimonio bonito de un amor que había vencido a la rigidez de la ciudad.
Las conversaciones dulces fluyeron entre ellos en un susurro continuo, derritiéndoles el corazón mientras compartían caricias tiernas sobre las sábanas. Se reían bajito al recordar las bromas de los lugareños y los comentarios graciosos de Ezra sobre el carácter estirado del contador en los primeros días. Por unos instantes, las paredes blancas del hospital de Vancouver desaparecieron por completo; volvían a estar sentados en el porche de madera, escuchando el rugir perezoso del Atlántico.
De repente, Miles llegó a la última fotografía del rollo digital. Ambos se quedaron completamente mudos, sintiendo que un nudo amargo y dulce les apretaba el pecho al mismo tiempo.
Era una autofoto, una toma que Miles había capturado estirando el brazo en el extremo final del muelle, justo cuando el sol tocaba la línea del horizonte. En la imagen, los dos aparecían recortados contra una luz morada y dorada espectacular. Miles tenía los ojos cerrados, entregado por completo, mientras Ezra lo besaba en los labios con una devoción y una fuerza sagradas. Sus siluetas se veían hermosas, unidas en un lazo perfecto que desafiaba a la enfermedad y al invierno inminente. Era la definición exacta de la electricidad hermosa y dolorosa: un momento perfecto rodeado por la agridulce certeza de que el final ya estaba cerca.
Ezra estiró sus dedos temblorosos y tocó la pantalla digital del aparato, justo sobre la imagen de sus rostros unidos en el beso. Una lágrima pesada rodó por su mejilla y cayó sobre la sábana del hospital.
—Estábamos tan felices ahí, mi cielo —susurró Ezra con la voz rota por el llanto—. Éramos tan libres. Mírame en esa foto... parezco un hombre de verdad. Parezco alguien que tiene toda una vida para amarte. Me da tanta rabia que este cuerpo me esté fallando justo ahora que encontré mi paraíso contigo.
Miles apagó la cámara, la dejó a un lado en la cama y usó ambas manos para acunar el rostro de Ezra, limpiándole las lágrimas con los pulgares de forma tierna. El llanto también desbordó los ojos claros de Miles, pero su tono se mantuvo firme, cargado de un amor infinito que se negaba a rendirse ante la tragedia.
—Sigues siendo un hombre de verdad, Ezra Morrow —le dijo Miles, mirándolo fijamente en la penumbra—. Y sigues siendo mi paraíso. Esa foto no es el pasado, mi bebé; esa foto es nuestra verdad. Mientras estemos juntos en esta camilla, el muelle viejo sigue estando aquí abajo. El atardecer no se ha terminado porque yo te llevo grabado en mis ojos y tú me llevas en tu corazón. No tengas miedo de los estudios médicos ni de los doctores. Yo no me voy a ir a ninguna parte. Dormiremos todas las noches en la misma habitación, rompiendo todas las reglas que tengamos que romper.
Ezra se aferró al pecho de Miles con sus manos débiles, soltando suspiros ruidosos mientras se hundía en su abrazo protector. Miles lo arrulló con movimientos pausados, besándole la frente febril, la coronilla de su cabeza y sus párpados cerrados, transmitiéndole toda la seguridad y el afecto que poseía en su alma.
Poco a poco, bajo el influjo del amor infinito y el efecto calmante de los analgésicos continuos, Ezra logró conciliar un sueño pacífico y profundo. El monitor a un costado continuó emitiendo su pitido rítmico, pero ahora el sonido parecía marcar el compás de sus respiraciones unidas bajo las cobijas.
Miles permaneció despierto durante el resto de la madrugada, velando el descanso de su novio bajo la fría luz plateada que entraba por la ventana de la gran ciudad. Sabía que al amanecer regresarían los médicos con más hojas de expedientes y más tratamientos dolorosos, pero esa primera noche en el hospital de Canadá, habían logrado vencer al miedo absoluto. Habían convertido una camilla fría en el refugio definitivo de sus sábanas blancas, demostrando que mientras el amor verdadero gobernara sus horas, el verano de Bahía Centinela continuaría latiendo con fuerza contra el frío del invierno que ya acechaba detrás del cristal.