¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 1.2
—Suéltala, Ahora.
Dos palabras. Solo dos. Pero el tono en que fueron dichas no era el de alguien pidiendo ni advirtiendo. Era el de alguien informando de lo que iba a pasar si no se obedecía, con la misma indiferencia con que se informa del tiempo.
Santaella se quedó inmóvil. Sentí cómo sus dedos, todavía sobre mi brazo, perdían un milímetro de presión. No me soltó, pero algo en él cambió: ese registro animal de quien detecta que el equilibrio de poder en la habitación ya no es el que era hace tres segundos.
Se giró lentamente. Yo también.
El hombre que estaba en el umbral del pasillo era difícil de ignorar incluso con antifaz. Era alto —más que Santaella, más que casi todos en esa sala—, con los hombros de alguien que no ha necesitado un gimnasio para tenerlos así, y una quietud en el cuerpo que no era relajación sino contención. Como un resorte que no se tensa porque no necesita hacerlo todavía. Llevaba el traje oscuro, el antifaz negro, y los ojos —lo poco que podía ver de ellos sobre el borde de la máscara— eran de un azul tan pálido que parecían casi transparentes bajo la poca luz del pasillo.
Estaba mirando a Santaella. No a mí. Y Santaella lo sabía.
—¿Y tú quién eres para —empezó Santaella, con un intento de recuperar el tono de hombre que no recibe órdenes.
—Alguien a quien le estás haciendo perder la paciencia —lo interrumpió el desconocido, y dio un paso adelante.
Solo uno. Pero fue el paso exacto. El ángulo exacto. El peso del cuerpo distribuido de una manera que yo no supe describir pero que Santaella sí supo leer, porque sus dedos me soltaron.
No con elegancia. Me empujó al soltarme, un gesto pequeño y cobarde que me hizo perder el equilibrio sobre los tacones. El suelo se inclinó bajo mis pies. Iba a caer.
No caí.
Unas manos me tomaron por la cintura antes de que pudiera procesar que me estaba cayendo. Fuertes, rápidas, seguras. Me pegaron a un pecho que olía a algo que no supe nombrar en ese momento: madera, algo amargo, algo frío. Mi mejilla rozó la solapa de su traje. El mundo quedó quieto por un segundo.
Escuché los pasos de Santaella alejándose por el pasillo, rápidos, sin la calma con que había llegado.
Me erguí despacio. Mis manos todavía estaban sobre el pecho del desconocido, y me aparté de él con más cuidado del necesario, como si el movimiento brusco pudiera romper algo. Levanté la vista.
De cerca, con el antifaz puesto, era imposible leerlo del todo. Pero los ojos sí. Esos ojos me miraban con una intensidad que no era suave ni cálida ni nada de lo que se supone que debe ser la mirada de alguien que acaba de ayudarte. Era la mirada de alguien que estaba procesando información. Le calculo que es unos años mayor que yo, quizá unos ¿25,26?.
—¿Estás bien? —preguntó. Voz grave, ligeramente ronca, con un acento que no supe ubicar.
—Sí —dije. Y luego, porque era verdad y porque sentí que alguien tenía que decirlo en voz alta: —Gracias.
Él no respondió de inmediato. Me miraba como si estuviera terminando de calcular algo que había empezado a calcular cuando entró al pasillo. No era incómodo, exactamente. Era desconcertante. Como ser leída en un idioma que no sabías que hablabas.
—Soy Leyla —dije, porque el silencio empezaba a pesarme y porque necesitaba que este hombre tuviera un nombre aunque fuera solo para recordar a este hombre que me ayudó.
Hubo una pausa. Breve, casi imperceptible, pero estuvo ahí: un segundo donde algo cruzó por su mirada que no supe descifrar. Como si estuviera tomando una decisión.
—Lorenzo —dijo al fin. Y rozó mi mano con la suya brevemente, un contacto que no llegó a ser un saludo formal y no quiso ser otra cosa, pero que fue suficiente para que algo en mí prestara atención de una manera que no había planeado.
Desde el salón, la música de la orquesta seguía su curso, indiferente. El jardín estaba al fondo, con sus luces distantes. Y yo estaba aquí, en este pasillo de mármol, con el corazón golpeando un poco más fuerte de lo normal y la certeza de que la noche acababa de convertirse en algo completamente distinto a lo que había sido hasta hace diez minutos.