Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 14 — D3SNUDAT3
Dudé durante varios segundos antes de atreverme a hablar. Sentía las mejillas arder de vergüenza y me resultaba casi imposible pronunciar aquellas palabras.
—Y... también tengo una extraña marca.
Mi voz salió apenas por encima de un susurro.
No tuve valor para levantar la mirada y permanecí arrodillada frente a él, con las manos aferradas a los laterales de su silla de ruedas.
El silencio se prolongó durante unos instantes.
Finalmente, el Cardenal Zepharel habló.
—Muéstremela.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué?
—La marca.
Sentí que el calor subía inmediatamente a mi rostro.
—¡No!
El cardenal no discutió.
Simplemente hizo retroceder la silla de ruedas unos centímetros.
—Entonces márchese. No me haga perder el tiempo.
El pánico me invadió al instante.
Me puse de pie rápidamente y avancé hacia él.
—¡Espere!
Apoyé una mano sobre su hombro antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo.
—Por favor...
Tragué saliva.
—Es que la marca está en mi... zona pélvica.
Observé una ligera reacción en él. Fue mínima, casi imperceptible, pero suficiente para que comprendiera que había captado el motivo de mi negativa.
Me aparté inmediatamente y bajé la mirada.
—¿No podría describírsela?
Los ojos dorados del cardenal permanecieron sobre mí.
—¿Cuánto tiempo lleva con ella?
La pregunta me tomó desprevenida.
—Dos días.
La expresión de Zepharel se volvió más seria y dijo fríamente.
—Desnúdate de inmediato.
Retrocedí.
Sentí que mi corazón volvía a acelerarse.
—Pero eso es...
Mis palabras se atascaron en mi garganta.
—Somos hombre y mujer. Si alguien descubriera algo así jamás podría casarme.
—No me interesa ver su cuerpo.
Su respuesta fue inmediata.
—Me interesa la marca. Necesito tocarla.
Aquellas palabras consiguieron avergonzarme todavía más.
Me puse aún peor.
¡¿También me va a tocar?!
Él pareció notar mi creciente nerviosismo. Sus ojos dorados permanecieron fijos en mí mientras hablaba con aquella serenidad inmutable que parecía no abandonarlo jamás.
—Si le preocupa tanto, me haré responsable de usted.
Sus palabras me tomaron completamente por sorpresa.
Abrí los ojos de golpe y negué con rapidez.
—¡No! Usted es el prometido de mi hermana.
Zepharel no mostró reacción alguna ante mi exclamación.
—Yo no soy el prometido de su hermana —respondió con calma—. Tu padre fue quien vino a mí con esa propuesta, pero la rechacé.
Parpadeé varias veces, confundida.
Laura me había dicho que nuestro padre estaba intentando concertar aquel matrimonio, pero jamás imaginé que el cardenal ya se hubiera negado.
Antes de que pudiera decir algo más, Zepharel continuó:
—No te forzaré a hacerlo si no quieres.
Su voz seguía siendo tranquila, pero esta vez percibí una gravedad que hizo que mi corazón se tensara.
—Sin embargo, mientras más te demores, más oportunidades tendrá esa entidad de poseer tu cuerpo.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Las voces.
Las sombras.
Las horribles apariciones.
Todo aquello regresó de inmediato a mi mente.
Apreté los labios y bajé la mirada.
Por mucho que me avergonzara la situación, había acudido a la iglesia precisamente porque necesitaba ayuda.
Si me marchaba ahora, seguiría sola frente a aquello que me perseguía.
Tras varios segundos de vacilación, reuní el poco valor que me quedaba y asentí lentamente.
—De acuerdo...
La respuesta apenas fue un murmullo.
Sentía el rostro ardiendo de vergüenza.
Jamás imaginé que terminaría en una situación semejante.
Tomé aire profundamente y comencé a quitarme la ropa.
—No mire... —murmuré con evidente vergüenza.
Zepharel no respondió.
Cuando me atreví a alzar un poco la vista, descubrí que permanecía observandome tan sereno como siempre.
No había deseo.
No había curiosidad impropia.
Ni siquiera parecía incómodo.
Su expresión seguía siendo tan fría e imperturbable que resultaba imposible adivinar qué pensaba.
Aquello, de alguna manera, consiguió tranquilizarme un poco.
Cuando terminé de quitarme toda la ropa excepto por la ropa interior, deseé que la tierra me tragara.
Nunca me había sentido tan avergonzada en toda mi vida.
Los ojos dorados del cardenal descendieron brevemente para examinar la marca.
Su expresión no cambió.
Sin embargo, percibí que toda su atención se concentraba en la extraña marca.
—Acércate.
Su voz fué tranquila pero había algo en ella que me hacía sentir que debía obedecer.
Obedecí con evidente vergüenza.
Avancé unos pasos hacia él intentando ocultar mi cuerpo casi desnudo y mi vergüenza.
Mi corazón latía con fuerza y cada movimiento parecía aumentar mi nerviosismo.
Cuando finalmente me detuve frente a él, sentí que apenas podía respirar.
Zepharel observó la marca durante varios segundos.
La calma habitual de su rostro permanecía intacta, pero algo en su mirada se volvió más serio.
Mucho más serio.
Y aquello hizo que el miedo recorriera mi cuerpo.
Él me tocó, frotando lentamente con los dedos la extraña marca que se extendía sobre mi zona pélvica baja.
Aquello me hizo temblar.
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza mientras mi respiración se volvía irregular.
Mi cuerpo, de forma completamente involuntaria, comenzó a reaccionar ante aquel extraño contacto.
Zepharel permanecía concentrado en la marca.
Sus ojos dorados observaban el símbolo oscuro con una atención absoluta.
Entonces inclinó lentamente el rostro hacia ella.
Mi corazón estuvo a punto de detenerse.
Sentí que el calor subía violentamente a mis mejillas.
Estaba tan cerca de mí que apenas podía pensar con claridad.
Aquella situación era vergonzosa.
Indecente.
Improcedente desde cualquier punto de vista.
Y, sin embargo, no era capaz de apartarme.
De repente, él sacó la lengua y comenzó a recorrer la superficie de la marca.
Mi cuerpo se estremeció de inmediato.
La inesperada sensación me hizo perder por completo la compostura y, sin darme cuenta de lo que hacía, terminé sujetándolo del cabello.
Mis dedos se aferraron a las suaves hebras blancas mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo.
Zepharel me sostuvo de la cadera para mantenerme firme.
Aquello solo consiguió que mi cuerpo volviera a estremecerse.
Una sensación desconocida se extendió por mi interior.
Algo que jamás había experimentado.
Algo que me hizo sentir todavía más confundida.
Mi cuerpo empezaba a sentirse extrañamente caliente.
—C-Cardenal... ¿qué está haciendo...? —pregunté jadeando, con la voz temblorosa.
Pero él no respondió.
Su atención seguía completamente centrada en la marca.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔