Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
“La carta entre sombras, y las Mentiras a fuego lento”
Era la cuarta noche desde la boda.
Elsa apenas dormía.
Su cuerpo estaba hecho de cicatrices recientes.
Pero lo que más dolía era ese vacío sin nombre… esa sombra en el pecho que había dejado Tomás.
Las noches eran iguales:
el chirrido de la puerta,
el olor a alcohol,
las manos de Sebastián como cadenas.
Pero ese amanecer fue distinto.
Mientras Sebastián dormía desparramado en la cama como una bestia saciada, Elsa logró levantarse.
Caminó cojeando hasta la ventana, medio cerrada, donde solo un hilo de luz entraba.
Abajo, en el patio trasero, Joshua, su hermanito, fingía regar las plantas.
Cuando levantó la mirada y la vio, esbozó una media sonrisa, tímida, nerviosa… y le mostró un papel doblado entre sus dedos.
Elsa abrió más la cortina.
Joshua miró a los lados.
No había nadie.
Trepó al árbol que tocaba la esquina del tejado.
Con cuidado, colocó la carta envuelta en plástico en la grieta que Elsa conocía bien: una hendidura entre la pared y la madera.
Elsa, temblando, esperó a que bajara.
Le lanzó un beso al aire.
Minutos después, cuando la casa quedó en silencio, la tomó.
Era un trozo de papel mal cortado, manchado por una gota de tinta corrida.
Letra temblorosa, fuerte. Masculina. Dolida.
Elsa...
Te vi. De blanco. Con él.
Mi memoria volvió en el momento más cruel... justo cuando dijiste el 'sí'.
Pero yo también supe la verdad: tus ojos no brillaban. Tus labios temblaban. Tu alma no estaba ahí.
Joshua me habló. Me contó todo. Que me creías muerto. Que te vendieron. Que luchaste...
Y que sigues viva.
No me importa que estés casada. No me importa nada, excepto tú.
No firmaste tu alma. Tu cuerpo puede estar en esa casa... pero yo sé a quién pertenece tu corazón.
Estoy buscándote. Voy a sacarte de ahí. No sé cómo, ni cuándo.
Pero esta vez, no dejaré que nadie te toque otra noche más.
Aguanta. Resiste.
Porque voy a volver por ti, Elsa.
Y esta vez…
no habrá marcha atrás.
— Tomás."
Elsa cayó de rodillas.
La carta se le resbaló de las manos.
Lloró.
Pero no como las otras veces.
Esta vez lloró esperanza.
Esta vez lloró rabia.
Esta vez lloró porque alguien aún la amaba.
Y la iba a salvar.
Esa tarde, Joshua volvió a trepar al árbol.
Elsa ya lo esperaba.
—¿Dónde está Tomás?
—En la casa de Doña Pachita. Pero se está quedando sin tiempo.
Sebastián lo está vigilando.
Yo lo vi. Hay hombres siguiéndolo.
Elsa apretó los dientes.
—Dile que no espere más.
Dile que no me importa si debo huir como una ladrona.
Solo quiero una noche en sus brazos.
Solo una.
—No, Elsa. No una.
Todas, —dijo Joshua con la ternura de un niño valiente—
Te merece para siempre.
Sebastián apretó el vaso de whisky hasta casi quebrarlo.
La carta que su espía le entregó esa tarde era clara:
"El chico ha recibido noticias de Elsa.
Lo hemos visto cerca del bosque trasero.
Y Joshua se le acercó hace dos noches.
Creemos que están tramando algo."
El estómago se le revolvió.
—“Desgraciado... Me está jugando sucio. ¿Creyó que podría arrebatarme a mi esposa?”
Se levantó con furia, fue hasta su escritorio, y sacó un pequeño estuche negro.
Dentro, una navaja afilada.
No pensaba usarla… todavía.
Pero quería tenerla cerca. Por si acaso.
Esa misma noche, Sebastián apareció en la residencia de Doña Pachita.
Golpeó la puerta con la bota. Fuerte.
Doña Pachita, que ya conocía la sombra de ese apellido, abrió con cuidado.
—¿Está el muchacho? —dijo Sebastián con la sonrisa fingida de un político envenenado—
El amnésico... el pobre huérfano sin rumbo.
Tomás, que había escuchado el golpe desde su habitación, no se sorprendió.
De hecho, lo había previsto.
Cuando bajó las escaleras, lo hizo con paso torpe, como si aún le costara coordinar.
Tenía el cabello revuelto, la camisa medio arrugada.
—Buenas noches, —dijo con voz baja—
¿Lo conozco...?
Sebastián sonrió como un zorro.
—Claro que sí, muchacho.
Soy Sebastián Montenegro.
Nos vimos hace unos días...
¿Recuerdas algo ya?
Tomás entrecerró los ojos.
—No mucho... Solo… fragmentos.
¿Conoce a alguien de apellido Luján? No sé por qué me suena ese nombre.
Sebastián endureció la mandíbula.
Pero respiró hondo.
—No, no hay Luján en este pueblo. Ni los hubo.
Tal vez es un recuerdo falso.
La mente, cuando se cae, inventa cosas.
Lo dijo como una advertencia disfrazada.
Tomás lo miró con esa neutralidad calculada que aprendió con los días.
—Debe ser eso. A veces sueño con una chica... pero su rostro es borroso.
Y hay un campo… un árbol. Piedras talladas.
Un maizal.
No sé por qué siento que debo encontrarla.
Sebastián se tensó.
Pero no perdió la compostura.
—Qué historia tan triste, muchacho.
Ojalá la encuentres algún día.
Se giró hacia Doña Pachita.
—Cuídelo. No queremos que vuelva a perderse.
Sería una lástima.
Antes de salir, Sebastián se giró por última vez.
Lo miró con los ojos de quien quiere escarbar verdades con un puñal.
—¿Cómo dijiste que te llamas?
Tomás lo miró fijo.
—No lo recuerdo aún. Pero… creo que soy Tomás.
Solo Tomás.
**
Cuando Sebastián se fue, Tomás cerró la puerta.
Doña Pachita temblaba.
—Muchacho, lo estás provocando. Ese hombre es peligroso.
Mírate, aún no estás fuerte.
Tomás la miró serio.
—No me importa.
Le hice creer que no recuerdo.
Pero lo sé todo.
Vi la boda.
Vi a Elsa de blanco.
Y ahora, no hay marcha atrás.
Voy a sacarla de esa casa aunque me cueste la vida.
ecxelente