"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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1 La Emperatriz Renacida
En el corazón palpitante de Metrólis, la ciudad que se alzaba entre nubes de lujo y aspiraciones desmedidas, donde las avenidas brillaban con luces que rivalizaban con las estrellas y los rascacielos rasgaban el cielo como agujas de oro, yo era, y seguiría siendo, Leticia, conocida por todos —y temida por muchos— como la Emperatriz de la Moda. Mi nombre resonaba en cada rincón de la capital, mi figura se erigía como un símbolo de poder absoluto, de una belleza letal y de una voluntad de acero que ni el tiempo ni las adversidades habían logrado doblegar. Fui una mujer ruda, agitada, imponente y brutal, con un corazón tan duro como el acero inoxidable que forjaba mis creaciones; alguien que había nacido en el fango de los barrios bajos, huérfana desde el primer aliento, abandonada por padres que no tuvieron la valentía ni el cariño para cuidarme, y criada entre las paredes frías de un orfanato donde la indiferencia era el único pan que nos daban.
Desde pequeña, comprendí la regla más cruel de la vida: el mundo pertenecía a quienes tenían poder, y los que no, eran simples sombras destinadas a ser pisoteadas. En la escuela, mientras los hijos de las familias adineradas lucían ropas finas, juguetes costosos y vidas llenas de comodidades, yo y mis compañeros huérfanos vestíamos prendas desgastadas, heredadas, cosas que otros habían desechado como basura. «O serás pobre toda tu vida, o usarás lo que los demás ya no quieren», me decían, con esa crueldad que solo la ignorancia y la soberbia pueden dar. Pero yo, con el orgullo ya nacido en mis venas, me juré a mí misma que llegaría a la cima, sin importar qué obstáculos debiera derribar, ni qué personas debiera dejar atrás. No pediría piedad, porque nadie me había tenido piedad a mí.
A los quince años, mi inteligencia y mi belleza, que ya empezaba a ser deslumbrante, me ganaron una beca para ingresar a una de las escuelas secundarias más prestigiosas de Metrólis. Allí, la verdad me golpeó con la fuerza de un huracán: mi madre no me había abandonado por imposibilidad, sino por ambición. Se había casado con un hombre rico, un magnate de la industria, y un año después de dejarme en el orfanato, había tenido otra hija, mi hermana menor, que estudiaba en la misma escuela, rodeada de cariño, lujos y la presencia constante de una madre que ni siquiera recordaba mi existencia. Ese descubrimiento sembró en mí una semilla de odio profundo, una sed de venganza que se convirtió en mi combustible. Sabía exactamente dónde dolería más: en lo que ella más amaba y valoraba: su estatus, su familia perfecta, su vida de apariencias.
Cuando cumplí los dieciocho años, otra beca me abrió las puertas de una universidad de élite. Allí, observé pacientemente, con la astucia de una depredadora, al marido de mi madre: un hombre apuesto, influyente, de unos treinta y tres años, acostumbrado a obtener todo lo que deseaba. Me acerqué a él con la gracia y el encanto que solo yo sabía desplegar, lo seduje con cada mirada, cada palabra, cada gesto, hasta volverlo loco de deseo. Destruí su matrimonio, rompí la imagen perfecta que mi madre había construido con tanto esfuerzo, y cuando vi que su vida se desmoronaba, cuando ella lloraba y suplicaba, yo simplemente lo deseché como si fuera un trapo sucio, sin una sola gota de remordimiento. Había cumplido mi promesa.
Después de eso, mi camino fue una escalada vertiginosa hacia el poder. Empecé como modelo, y mi belleza y mi porte imponente me hicieron destacar entre todas, pero la industria era un campo de batalla donde la debilidad se pagaba con la destrucción. Saqué las garras, usé mi inteligencia, mi astucia y mi letalidad, y eliminé a toda competencia que se interpusiera en mi camino. Luego pasé a la actuación, donde brillé como la mejor villana: creé personajes antagónicos icónicos, mujeres fuertes, crueles, inolvidables, porque yo sabía que ser la villana era ser la protagonista de la historia real. Y finalmente, llegué al diseño de moda. Mis creaciones traspasaron fronteras, llegaron hasta Hollow, una de las industrias más poderosas del mundo, y convertí mi nombre en una leyenda. Era la mujer fatal por excelencia, temida y respetada, con una fortuna inmensa y el control absoluto del mercado de la moda en Metrólis.
En mis ratos libres, para distraer mi mente siempre activa, leía novelas. Fue así como llegó a mis manos Rosa Lima, la Flor Más Pura. Me la recomendaron diciendo que había un personaje inspirado en mi rostro, en la belleza que era mi sello personal. Pero al leerla, sentí que mi sangre hervía de rabia. El personaje en cuestión era Adelfa Sterling: una mujer sumisa, tímida, insegura, con sobrepeso, que lo daba todo por su marido, Gabriel Díaz, el protagonista noble y perfecto de la historia, y que al final era desechada, perdía la razón y moría a manos de él, todo por culpa de la dulce y pura protagonista, Rosa Lima. ¿Cómo se atrevían? ¿Cómo se atrevía esa autora insolente a tomar mi imagen, mi rostro, mi belleza y arruinarla, y convertirla en una mujer patética, débil, que se dejaba pisotear? Era un insulto directo a mí, a la Emperatriz de la Moda, a la mujer que había conquistado el mundo con sus propias manos.
—¡Hugo! —llamé a mi asistente personal, con una voz que heló el aire de mi despacho, fría, autoritaria, sin rastro de duda—. Comunícate con todas las editoriales, con todos los responsables de la industria literaria. Quiero que cancelen cualquier contrato con esa escritora atrevida, que nadie le vuelva a dar trabajo, que su nombre quede manchado para siempre y su carrera destruida sin piedad. Que aprendan que nadie puede ofenderme y salir ileso.
Cumplida mi orden, me preparé para el evento más importante de la moda en Metrólis: la pasarela anual donde yo era la reina indiscutible. Desfilé con mis diseños más magníficos, piezas llenas de elegancia, de poder, de esa esencia que solo yo sabía dar, dejando a todos los presentes con la boca abierta, admirando, temiendo, venerando. Pero al salir, cuando los aplausos todavía resonaban, la vi: la autora, con ojos llenos de rencor y locura, se abalanzó sobre mí con un cuchillo. Veinte puñaladas sintió mi cuerpo, y todo se volvió oscuro.
¿Por qué me duele tanto la cabeza? pensé, entre la bruma. ¿No debía haber muerto? ¿Por qué hay tanta gente alrededor? ¿Estoy en un banquete?
Poco a poco, la visión se aclaró. Estaba en un salón inmenso, decorado con mármol blanco, cristales tallados, flores exóticas y luces de arañas que brillaban como diamantes. Mesas llenas de manjares, personas vestidas con trajes de alta costura, risas y murmullos que llenaban el aire. Y frente a mí, un hombre apuesto, de porte noble, con mirada fría y distante: Gabriel Díaz.
—Adelfa Sterling —dijo, con una voz que resonó en todo el salón, sin importarle quiénes nos escucharan—. Sé que hoy es tu cumpleaños, y que este banquete es especial para ti. Pero lo siento mucho: yo no te amo. Amo a Rosa Lima, y no puedo seguir a tu lado. Quiero el divorcio.
El silencio cayó sobre el lugar como una losa. Yo me quedé inmóvil, pero mi mente estalló de comprensión. ¡Imposible! ¿He reencarnado en esta estúpida novela que tanto odié? ¿Y soy Adelfa Sterling? Y para colmo, justo en el momento en que el protagonista me humilla delante de todos. Pero una sonrisa lenta, fría y letal se dibujó en mis labios. La vida —o la muerte— me había dado una segunda oportunidad, y yo no era la Adelfa idiota, sumisa y débil de la historia. Yo era Leticia, la Emperatriz, la mujer que había aprendido que quien te hace daño, paga mil veces más caro.
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔