Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.
NovelToon tiene autorización de melany ayelen tschentscher para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 15: "LOS ECOS DE LA FRONTERA"
El silencio duró apenas unos segundos.
Después el mundo volvió a respirar.
El océano invertido no desapareció.
Simplemente… cambió.
Las aguas que cubrían el cielo inferior comenzaron a elevarse lentamente otra vez, regresando a las profundidades de arriba como si jamás hubiesen caído. Cielos enteros descendieron bajo nosotros. Restos de monstruos marinos flotaron hacia el abismo inferior junto a fragmentos de hielo, cadáveres de sirenas y lluvia negra que volvía lentamente al océano suspendido.
Arriba…
el verdadero cielo seguía rugiendo sobre el Luk’s Stray.
Abajo…
el oceano invertido volvió a ocupar el cielo.
Dos mares.
Dos profundidades.
Dos mundos separados por una línea imposible.
El Leviatán ya no estaba visible detrás de la grieta cerrada.
Pero el mar seguía observándonos.
Porque el océano invertido continuaba vivo.
Girando lentamente sobre nosotros como un ojo inmenso dormido otra vez.
Las cadenas negras de la Frontera permanecieron unos instantes rodeando el mar antes de hundirse lentamente hacia las profundidades del océano real sobre nuestras cabezas. Cada eslabón desaparecía acompañado por aquel sonido insoportable de metal arrastrándose sobre piedra infinita.
La bestia volvía a dormir.
Por ahora.
El Luk’s Stray cayó pesadamente sobre las nubes superiores.
La cubierta crujió.
Parte del mástil terminó de romperse.
Pero el barco resistió.
Las cadenas espirituales seguían sujetando la estructura destrozada mientras las almas de los tripulantes comenzaban a desvanecerse lentamente, uno por uno, como brasas apagándose en la oscuridad.
La capitana permanecía inmóvil entre los restos.
El cabello pegado al rostro por la lluvia salada.
El sable negro todavía en su mano.
La hoja curva y oscura seguía vibrando débilmente, cubierta de grietas rojas que parecían lava bajo metal quemado.
Ella observó el cielo invertido bajo nuestros pies.
Y parecía agotada.
No derrotada.
Agotada.
Y sucedió lo imposible. Las almas muertas lentamente iban reparando el barco.
Yo todavía sostenía la espada.
Mi espada.
La hoja oscura seguía tibia entre mis dedos mientras la marca en mi pecho latía lentamente, respondiendo todavía al eco lejano de la Frontera. Sabía que aun no era el descanso. Mahua me esperaba del otro lado.
El joven seguía respirando con dificultad frente a mí.
Sus ojos habían vuelto a la normalidad.
Casi.
Porque muy en el fondo todavía quedaba algo extraño allí.
Una profundidad demasiado oscura.
Como si el océano hubiese dejado una parte de sí mismo dentro de él.
Tosió agua otra vez.
Después levantó lentamente la mirada hacia el cielo invertido.
—Sigue ahí…
Su voz salió rota.
Yo también lo observé.
El océano suspendido giraba lentamente entre tormentas lejanas y sombras gigantescas moviéndose bajo las aguas inferiores.
Demasiado grandes.
Demasiado lentas.
Como criaturas descansando bajo hielo eterno.
La grieta había desaparecido.
Pero el mundo seguía incorrecto.
Seguía dividido.
La capitana caminó lentamente hacia nosotros apoyando el sable sobre su hombro.
—La puerta se cerró.
El muchacho soltó una risa cansada.
—Eso no sonó como una victoria.
Ella guardó silencio unos segundos.
Después observó el océano de arriba.
—Porque no lo es.
El viento volvió.
Frío.
Violento.
El Luk’s Stray crujió mientras avanzaba lentamente sobre las olas oscuras del cielo.
A lo lejos todavía podían escucharse rugidos del Kraken perdiéndose entre las profundidades superiores.
El Megalodón ya no estaba.
Tal vez muerto.
Tal vez esperando en alguna oscuridad imposible.
Con monstruos así nunca se sabía.
Las pocas sirenas sobrevivientes comenzaron a retirarse hacia el océano invertido sin atacarnos otra vez. Algunas lloraban. Otras miraban las profundidades inferiores con miedo verdadero.
Su líder permanecía inmóvil entre restos de madera flotante.
La corona de huesos rota.
Los ojos vacíos.
Como si acabara de comprender algo que llevaba siglos negándose a aceptar.
La capitana la observó desde lejos.
—Tu dios casi destruye ambos mares.
La sirena levantó lentamente la cabeza.
Y sonrió.
No con locura esta vez.
Con tristeza.
—No entiendes…
La capitana apretó la mandíbula.
—Explícame entonces.
La líder observó el océano invertido.
—Él no intentaba cruzar.
Silencio...
—¿Qué…? —susurré.
La sirena volvió sus ojos hacia mí.
—Intentaba despertar.
Nadie habló.
El viento siguió golpeando las velas destruidas.
El barco avanzó lentamente entre restos de batalla y lluvia salada.
El muchacho se incorporó apenas apoyándose contra un fragmento roto del mástil.
—¿Cuál es la diferencia?
La líder apenas sonrió.
Y esa sonrisa dio más miedo que todos los rugidos del Leviatán.
—Cuando despierte completamente…
Señaló el océano invertido.
—Eso dejará de ser un reflejo.
Miré arriba otra vez.
Las aguas suspendidas parecían infinitas.
Oscuras.
Vivientes.
Y entonces lo noté.
Sombras.
Gigantescas sombras moviéndose dentro del océano inferior.
No estaban allí antes.
O quizá sí.
Quizá simplemente ahora podía verlas.
La líder continuó hablando.
—El mundo no está dividido por accidente.
La capitana tensó la mano sobre el sable negro.
—Habla claro.
La sirena señaló primero el mar inferior.
Después el océano invertido de arriba.
—Hace mucho tiempo solo existía un abismo.
Sentí la marca arder débilmente.
La voz regresó apenas como un eco lejano dentro de mi cabeza.
DIVIDIERON EL MAR.
La sirena me observó inmediatamente.
Como si supiera exactamente lo que acababa de escuchar.
—La Frontera partió ambos mundos.
El muchacho frunció el ceño.
—¿Para encerrar al Leviatán?
Ella negó lentamente.
—No.
El viento pareció detenerse un instante.
—Para impedir que los océanos vuelvan a tocarse.
Silencio.
La capitana soltó una maldición apenas audible.
Yo miré arriba.
Después abajo.
Dos mares.
Separados.
Contenidos.
Y de pronto entendí algo peor.
El océano invertido no era un cielo.
Era otro mundo completo suspendido bajo nosotros.
El muchacho también lo comprendió.
Porque su rostro perdió todo color.
—Hay… cosas viviendo ahí abajo…
La sirena no respondió.
No hacía falta.
Las sombras gigantescas continuaban moviéndose dentro del océano inferior.
Lentas.
Inmensas.
Esperando.
La capitana giró lentamente el sable.
—Entonces vamos a impedir que despierte otra vez.
La líder soltó una risa cansada.
—No pueden detener algo que ya abrió los ojos.
El viento agitó su cabello mojado mientras comenzaba a alejarse junto a las demás sirenas.
Pero antes de hundirse completamente en el océano invertido…
me observó a mí.
Directamente.
Y el miedo regresó.
—Marcada…
Sentí la piel helarse.
—La Frontera te eligió por una razón.
La marca ardió.
La sirena señaló al muchacho.
—Y el hijo del abismo jamás debía encontrarte.
El muchacho tensó los hombros.
—¿Qué significa eso?
Ella lo observó en silencio unos segundos.
Casi con lástima.
—Que cuando la Frontera caiga…
uno de ustedes deberá destruir al otro.
Silencio.
El sonido del mar pareció desaparecer.
La capitana dio un paso hacia adelante.
—Hablas demasiado.
La sirena sonrió apenas.
Después comenzó a hundirse lentamente junto a las demás.
—Vayan hacia la Frontera si quieren respuestas.
Sus ojos brillaron una última vez bajo el océano invertido.
—Pero cuando el mar de arriba y el mar de abajo vuelvan a tocarse…
ni siquiera los dioses podrán salvar este mundo.
Y desapareció.
El silencio regresó lentamente.
No uno aterrador.
Uno cansado.
Pesado.
Después de tanto caos… el océano parecía respirar más despacio.
El Luk’s Stray siguió avanzando sobre las olas.
La tormenta comenzaba a alejarse.
Los rugidos monstruosos desaparecían en la distancia.
Y en mucho tiempo…
nadie intentaba matarnos.
La capitana observó el horizonte unos segundos antes de guardar el sable.
—Voy a revisar cuánto queda del barco.
Su voz sonó seca.
Práctica.
Como si necesitara concentrarse en algo humano después de haber visto horrores imposibles.
Se detuvo antes de alejarse.
—No se caigan al mar.
El muchacho soltó una pequeña risa cansada.
—Gran consejo.
—Cobro extra por salvar idiotas dos veces.
Y se marchó entre los restos de la cubierta.
El viento sopló suavemente.
Las velas destrozadas crujieron arriba.
O abajo.
Ya ni siquiera sabía cómo pensar el mundo correctamente.
Quedamos solos junto al mástil roto.
Durante unos segundos ninguno habló.
El muchacho observaba el océano invertido.
Yo observaba la espada entre mis manos.
Todavía podía sentir algo latiendo dentro de ella.
Como un corazón dormido.
—Oye.
Levanté la mirada.
Él me estaba observando.
Ya no parecía aterrador ahora.
Solo cansado y herido.
—Gracias.
Parpadeé.
—¿Por qué?
Apenas sonrió.
—No me mataste.
No supe qué responder.
El viento movió mechones húmedos de su cabello frente a sus ojos.
Todavía tenía sangre seca en el rostro.
Y aun así…
seguía intentando bromear.
—Lo pensé —admití.
Él soltó una risa débil.
—Sí, yo también.
Silencio otra vez.
Pero esta vez no dolía.
El muchacho apoyó la espalda contra el mástil roto y cerró los ojos unos segundos.
—¿Cómo te llamas?
La pregunta me tomó desprevenida.
Porque después de monstruos, grietas y dioses…
aquello sonaba extrañamente normal.
Demasiado normal.
Bajé la mirada hacia la espada.
—Aparte de la capitana, hace mucho que nadie me lo pregunta.
Él abrió un ojo.
—Entonces supongo que empiezo yo.
Intentó incorporarse mejor.
Hizo una mueca de dolor inmediatamente.
—Kai.
El nombre quedó suspendido entre nosotros acompañado por el sonido lejano del mar.
Simple.
Humano.
Real.
Lo observé unos segundos.
Kai.
El hijo del abismo.
Y aun así… ese nombre no sonaba monstruoso.
Sonaba cálido.
Cansado.
Vivo.
Él sonrió al notar que seguía mirándolo.
—Ahora te toca.
Bajé lentamente la espada.
Mientras el océano invertido seguía moviéndose bajo el mundo…
y el Luk’s Stray avanzaba hacia la Frontera.