Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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Desconcierto
El trayecto en el ascensor pareció eterno. Lisa sentía que las paredes de metal pulido se le venían encima mientras los números digitales del tablero descendían a toda velocidad desde el piso cincuenta y cuatro. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta gris, apretando el teléfono celular con tanta fuerza que los nudillos le quedaron completamente blancos. Cuando las puertas se abrieron por fin en la planta baja, Lisa cruzó el vestíbulo de mármol del edificio Sterling a paso apresurado. Sus zapatos planos resonaban contra el suelo limpio, y la gente con trajes elegantes se apartaba al verla pasar con el rostro descompuesto y las gafas mal acomodadas sobre la nariz.
Salió a la calle y la humedad de la tarde la golpeó de frente. El cielo de la ciudad estaba cubierto por nubes oscuras que amenazaban con una tormenta inminente. Lisa caminó hasta la esquina de la avenida principal con el corazón latiéndole en la garganta. Intentó conseguir un taxi, pero la hora pico hacía que todos los autos pasaran de largo, ocupados por ejecutivos que regresaban a sus casas. Desesperada, corrió tres calles hacia la estación de metro más cercana, bajó las escaleras mecánicas a toda prisa y se subió al primer vagón que encontró. El lugar estaba abarrotado de personas, el calor era sofocante y el olor a encierro la mareó por un segundo, pero Lisa solo podía pensar en las palabras de la secretaria. La policía estaba con Mía. Su pequeña hermana, la niña que pasaba las tardes leyendo novelas en su cama para olvidar los dolores de su recuperación, estaba metida en un problema legal.
Los veinte minutos que tardó el tren en llegar a la estación cercana al instituto escolar fueron una tortura psicológica. Lisa repasó cada escenario posible en su mente. ¿Habían atacado a Mía por su condición médica? ¿Se habría defendido de alguna burla pesada? La culpa la carcomía por dentro. Pensaba que por pasar tantas horas encerrada en el edificio Sterling, descuidaba lo único que realmente le importaba en el mundo.
Cuando el metro se detuvo, Lisa salió disparada hacia las escaleras. Corrió las últimas cuatro cuadras bajo las primeras gotas de una lluvia fina que empezó a mojarle el cabello y a empañarle los cristales de las gafas. Llegó a la entrada del instituto jadeando, con la falda gris empapada en los bordes y el bolso golpeándole el costado del cuerpo. La fachada de ladrillo rojo del colegio lucía lúgubre bajo el cielo gris, pero lo que más le asustó fue ver una patrulla de la policía local estacionada justo al lado de la puerta principal, con las luces azules apagadas pero con una presencia imponente.
Lisa empujó las pesadas puertas de madera del instituto y entró al vestíbulo principal. El silencio del edificio era absoluto, solo se escuchaba el sonido de sus pasos apresurados. Caminó por el pasillo central, guiándose por los carteles que indicaban la dirección general. El piso de linóleo verde reflejaba la luz parpadeante de las lámparas del techo. Al llegar a la puerta de madera con el cartel de Dirección, Lisa se detuvo un segundo para intentar recuperar el aire, se acomodó las gafas con la mano temblorosa y empujó el picaporte con el temor de encontrarse con una escena catastrófica.
Sin embargo, lo que vio al entrar la dejó completamente helada, paralizada en el umbral de la habitación.
La oficina del director, que era un espacio amplio con estanterías llenas de libros antiguos y un gran escritorio de caoba, no albergaba gritos ni discusiones con policias. En una esquina de la sala de espera, sentados en un sillón de cuero marrón alargado, estaban su hermana Mía y Maximilian Sterling.
Lisa parpadeó varias veces, pensando que el cansancio y la angustia le estaban haciendo ver visiones. Pero no era una alucinación. Maximilian estaba allí. Se había quitado el saco azul marino, el cual descansaba doblado con pulcritud sobre el brazo del sillón, y llevaba la camisa blanca remangada hasta los codos. Sostenía una tableta digital de última generación en sus manos. A su lado, Mía, una adolescente delgada con el cabello castaño recogido en una coleta desaliñada y el uniforme escolar un poco arrugado, miraba la pantalla con una sonrisa gigante en el rostro. Los dos se movían al mismo tiempo, compartiendo la pantalla en un juego de carreras de autos que emitía sonidos de motores a través de los altavoces del aparato.
En el centro de la oficina, el director del instituto y el oficial de policía, un hombre robusto con uniforme azul oscuro, permanecían de pie. Lejos de mostrarse severos, ambos hombres lucían una postura sumisa, casi avergonzada, mientras miraban al magnate con un respeto exagerado. Sobre el escritorio de caoba había una taza de café humeante y un documento con el sello oficial del colegio que ya mostraba una firma estampada.
—¡Dale al botón rojo, Max! ¡Te va a pasar el camión! —gritó Mía, soltando una carcajada limpia que resonó en toda la oficina. Su rostro no mostraba ni un rastro de las lágrimas o el miedo que Lisa había imaginado durante todo el viaje.