Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 19
Cap 19: No le debes nada
Damián envió una carta al tercer día.
No llegó a manos de Camila.
Pilar la interceptó en la cocina antes de que el mensajero pudiera cruzar el segundo patio, olió el papel, decidió que nada bueno podía venir envuelto en perfume de Vega y se la entregó a Teresa como si fuera una rata muerta.
Teresa lo llevó a Gabriel.
Gabriel la registró como contacto indirecto prohibido.
Camila se enteró porque Nico, que ya había desarrollado una red de información preocupante entre aprendices, mozos de cocina y un guardia joven llamado Samuel, entró a su mesa de la esquina con cara de secreto a punto de explotar.
—No puedo decirte nada.
Camila estaba moliendo hierbas secas para Teresa.
—Entonces no abras la boca.
—Pero si no digo nada, no sabrás que no puedo decirte nada.
—Nico.
—Damián mandó una carta.
La mano de Camila se detuvo.
El mortero quedó quieto.
Pilar, desde el horno, dijo:
—Y por eso los cachorros no sirven como espías.
Nico se ofendió.
—Yo no soy espía.
—Peor. Eres campana.
Camila dejó la mano sobre el mortero hasta que el primer golpe de rabia pasó. No fue miedo. Eso la sorprendió. O quizás era miedo, pero había aprendido a ponerse ropa de rabia para no salir desnuda.
—¿Dónde está?
Nico miró hacia la puerta.
—Con el alfa Gabriel.
—Claro.
Pilar dejó el pan que tenía en la mano.
—No haga esa cara.
—¿Qué cara?
—La de «voy a caminar tranquila hacia una pelea».
Camila limpió sus manos en un paño.
—No voy a pelear.
Pilar resopló.
—Peor. Va a hablar claro.
Gabriel estaba en su despacho con la anciana Amalia, Teresa y dos asistentes. Sobre la mesa había una bandeja de evidencia, y sobre ella, la carta. El sello de Vega estaba roto. La letra de Damián, inclinada y dura, ocupaba dos páginas.
Gabriel levantó la vista cuando Camila entró.
No pareció sorprendido.
—¿Nico?
—Nico.
Teresa murmuró:
—Necesitamos entrenar mejor a ese chico o darle un cargo oficial.
Camila extendió la mano.
—¿Es mía?
Gabriel no tocó la carta.
—Está dirigida a usted.
—Entonces quiero leerla.
La anciana Amalia se movió.
—Camila, el contenido puede estar diseñado para afectarla.
—Anciana, casi todo lo que dice Damián está diseñado para afectarme. Así me di cuenta de que era mejor no vivir cerca.
Amalia cerró la boca.
Gabriel tomó una copia, no el original.
—Esta versión fue revisada. No tiene polvo, feromona ni sello activo.
Camila aceptó la copia.
La primera línea decía:
«Cami, sé que estás asustada».
Camila casi rio.
Siguió leyendo.
Damián hablaba de los tres años. De noches en que ella había sido la única persona capaz de calmarlo. De su dolor. De su vergüenza. De cómo todos lo miraban como a un hombre roto y ella nunca apartaba los ojos. Decía que había cometido errores, que el salón había sido una broma cruel, que Gabriel estaba usando su necesidad de protección para quedarse con algo que no entendía.
Algo.
Camila se detuvo en esa palabra.
No alguien.
Algo.
Al final, Damián escribía:
«Nadie puede borrar lo que vivimos. Nadie sabe lo que me debes por haberme devuelto a la vida».
Camila dejó la copia sobre la mesa.
—Qué considerado. Logró insultarme en una disculpa.
Teresa hizo un sonido seco que pudo ser aprobación.
Gabriel no dijo nada.
Eso fue lo que la hizo mirarlo.
El aroma de abeto estaba quieto, pero bajo la calma había algo tenso. No celos. No exactamente. Dolor ajeno, quizás. Rabia sostenida con ambas manos.
—¿Qué? —preguntó Camila.
—Nada.
—No me haga eso.
Gabriel levantó la mirada.
—No le debes nada.
La frase fue tan simple que Camila no tuvo dónde esconderse.
—Lo sé.
—No. —Gabriel se levantó despacio, cuidando el costado aunque intentara fingir que no—. Sabe responder. Sabe argumentar. Sabe convertir su deuda en una lista de hechos. Pero quiero que lo escuche sin expediente: cuidar a un hombre herido no la convierte en suya. Haberlo mantenido vivo no la obliga a permitir que use esa vida para lastimarla.
Camila tragó saliva.
La oficina estaba demasiado llena.
O quizás el pecho era lo que estaba demasiado lleno.
—Yo no lo amé —dijo.
No sabía por qué lo dijo.
Gabriel no se movió.
La anciana Amalia bajó la mirada a los papeles, de pronto interesadísima en no escuchar.
Camila siguió, porque a veces la verdad salía como sangre de una herida que uno creía cerrada.
—Creí que sí. O creí que podía. No sé. Tenía catorce años cuando entré a Vega. Dieciocho cuando él volvió de la frontera. Dormía afuera de su cuarto. Si tenía fiebre, me llamaba. Si tenía dolor, me odiaba. Si lograba dormir, yo sentía que había hecho algo bien. Eso... se parece a algo cuando no tienes nada más.
Gabriel no la interrumpió.
—Y después caminó. Se rio. Me ofreció como una cosa. Y aún así, cuando leí «nadie sabe lo que me debes», una parte de mí quiso contar todo otra vez, por si de verdad le debía algo que no había pagado.
El silencio fue suave.
No cómodo.
Suave.
Gabriel rodeó la mesa, pero se detuvo a distancia.
—Esa parte aprendió a sobrevivir en Vega. No tiene que odiarla. Solo no tiene que obedecerla.
Camila cerró los ojos.
Maldito hombre.
Otra vez.
—¿Eso también va en el expediente?
—No.
—Bien.
—Esto sí.
Gabriel tomó la copia.
—Damián admite vínculo emocional y conocimiento de dependencia. Intenta un contacto prohibido. Usa lenguaje de deuda. Servirá para demostrar el patrón de coerción.
Camila soltó aire.
—Volvió el juez.
—El juez sabe que comer ayuda después de esto.
Teresa levantó las manos.
—Yo no le enseñé eso.
—Pilar —dijo la anciana Amalia.
Gabriel inclinó la cabeza.
—Pilar.
Camila casi sonrió.
No del todo.
—Quiero responder.
Gabriel no dijo «no».
Amalia sí pareció a punto.
Camila levantó una mano.
—No una carta sentimental. Una respuesta formal. Algo que pueda leer cuando vuelva a convencerse de que no entiende palabras simples.
Gabriel le pasó una hoja en blanco.
—Dicte.
Camila lo miró.
—¿Ahora?
—Ahora.
Ella pensó un momento.
Luego empezó:
—«Damián Vega Aranda. Recibí copia registrada de su contacto no autorizado. Rechazo la premisa de deuda personal. Mi servicio bajo juramento fue trabajo, no promesa afectiva. Toda comunicación futura deberá realizarse por tribunal. Cualquier intento de usar recuerdos de mi periodo de servicio para reclamar acceso a mi persona será registrado como coerción».
Gabriel escribió sin cambiar una palabra.
Camila se detuvo.
—Agregue: «No vuelva a llamarme, Cami».
La pluma de Gabriel se quedó quieta.
Teresa miró al techo.
La anciana Amalia aprobó con un pequeño movimiento de cabeza.
Gabriel escribió:
—«No vuelva a llamarme Cami».
Camila sintió que algo pequeño, ridículo y profundo se cerraba.
No un gran juramento.
No una ceremonia.
Solo un diminutivo arrancado de la boca equivocada.
Esa tarde, después de registrar la respuesta, Camila fue a la cocina.
No tenía hambre.
Pilar le puso un plato de todos modos.
—Coma.
—No tengo hambre.
—No pregunté.
Camila comió.
Gabriel apareció cuando ella iba por la mitad del plato. Se quedó en la puerta.
—¿Puedo?
Pilar dijo:
—Si viene a lavar platos, sí.
Gabriel entró.
Camila lo miró sentarse frente a ella con una taza de café limpio.
—No tiene que vigilarme.
—Lo sé.
—Pero lo hace.
—Sí.
—¿Por el lazo?
Gabriel apoyó la taza.
—Por el lazo. Por la carta. Porque quiero. En ese orden, no necesariamente.
Camila bajó la mirada al plato.
—Eso fue muy honesto.
—Estoy practicando.
—Peligroso.
—Lo sé.
Comieron en silencio.
No fue incómodo.
El lazo entre ellos estaba cálido, extendido sobre la mesa como una manta que nadie nombraba. Camila no estaba lista para tomarla. Pero tampoco tenía frío.
Cuando terminó, Gabriel se levantó para llevar los platos al fregadero.
Pilar, magnánima, no lo corrigió.
Camila miró su taza vacía y dijo:
—Gabriel.
Él se detuvo.
Era la primera vez que usaba su nombre sin título.
Los dos lo supieron.
Pilar también, por supuesto, porque la mujer era un peligro nacional.
Gabriel giró despacio.
—¿Sí?
Camila no lo miró mucho.
—Gracias por escribir exacto.
Su aroma se calentó.
No con triunfo.
Con cuidado.
—Siempre.
Camila tomó su plato y se levantó antes de que el momento se volviera demasiado grande.
Pero mientras lavaba junto a él, hombro a hombro, pensó que algunas deudas sí existían.
No las que exigían volver.
Las que una elegía pagar con confianza, poco a poco, porque nadie las había cobrado.