📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 13: El eco de un salón vacío
Me quedé mirando la pantalla un largo rato, con el pulgar suspendido sobre el teclado. Recordar mi regreso a la escuela fue como abrir una herida que creía cerrada, pero que aún escocía bajo la piel. Mis dedos se movieron lentos, pesados por una melancolía que se sentía como plomo.
Emma: "Sí, la terminé ahí, Julián. Mis padres decidieron volver al barrio después de tantas vueltas y me inscribieron de nuevo en la misma escuela. Pero fue... extraño. Fue como caminar por un cementerio de recuerdos vivos. Cuando volví a cruzar ese portón oxidado, ya ninguno de ustedes estaba. El patio se sentía inmenso, gris y aterradoramente silencioso sin nuestras risas. Me sentí como una extraña habitando una historia que ya no me pertenecía".
Hice una pausa, recordando la amargura de sentarme en los mismos pupitres de madera, buscando con la mirada una señal, un rastro de él o de los demás, y solo encontrar caras nuevas que no sabían quién era yo.
Emma: "Perdí un año escolar, ¿sabes? Mis padres y yo nos mudábamos demasiado por el trabajo de mi papá. Íbamos de un lado a otro, sin echar raíces en ninguna parte, siempre con las maletas listas. Fue una época de cajas de cartón, polvo y despedidas constantes que me enseñaron a no encariñarme con nada. Y esos cuadernos que recordabas con tanto cariño... los perdí en una de esas mudanzas caóticas. Nunca los volví a encontrar. A veces pienso que mis sueños de dibujar, esos que tú alimentabas con tus palabras, se quedaron olvidados en algún camión de carga, perdidos en una carretera que ya no recuerdo".
Le di a enviar y sentí un vacío físico en el pecho, justo donde se guarda la esperanza. Confesar que había perdido sus dibujos era como admitir que había dejado morir a la artista que él tanto admiraba. Me deslicé del sofá hasta sentarme en el suelo frío, abrazando mis rodillas, rodeada por el silencio de mi casa que ahora se sentía más grande y vacía que nunca.
—Todo se perdió, Julián —susurré para mis adentros, con la voz quebrada—. Los dibujos, los amigos, la seguridad... solo quedó esa nota de cuadros que guardé como un náufrago se aferra a su última tabla de madera antes de hundirse.
El teléfono vibró casi al instante, rompiendo el silencio. Julián no dejó que mi tristeza se hiciera más profunda, como si supiera exactamente cuándo lanzar un salvavidas.
Julián: "Emma, me parte el corazón imaginarte sola en ese patio... buscándonos entre fantasmas. Siento mucho lo de tus cuadernos, de verdad. Pero mírame, yo estoy aquí ahora. No estás sola en ese patio otra vez, he vuelto para quedarme. Y si perdiste esos dibujos antiguos, tal vez es porque el destino, de una forma un poco cruel pero sabia, quiere que empecemos a crear recuerdos nuevos. Unos que no se pierdan en ninguna mudanza, unos que se queden grabados en la piel".
Me quedé sin palabras, con el corazón latiendo desbocado. Julián tenía una forma de dar vuelta a mis tragedias y convertirlas en una promesa que me dejaba sin defensas, sin excusas para seguir triste.
Julián: "No te castigues por lo que se quedó atrás, Emma. Mañana es sábado... y aunque sé que descansas de la fábrica y querrás dormir, me gustaría pedirte algo especial. ¿Te atreverías a enviarme una foto de tu sonrisa hoy? Necesito ver si el tiempo ha sido tan amable con tu rostro como lo ha sido con tus palabras. Quiero ver a la mujer que hoy me ha devuelto la paz".
El corazón me dio un salto violento. ¿Una foto? ¿Ahora mismo? Miré mi reflejo en la pantalla oscura del celular: el cabello un poco alborotado, la cara lavada y ese brillo de incertidumbre en los ojos.
«Él es fotógrafo profesional», pensé con pánico. «Sus ojos están acostumbrados a la perfección, a la luz ideal, a los ángulos correctos. ¿Estaré lista para dejar que vea a la Emma real, sin filtros, con el cansancio de los años y el peso de mis derrotas en la mirada?».