Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 15 — No eres la única
Nunca había odiado tanto un vuelo.
Y eso que apenas acababa de comenzar.
El avión privado de Alessio era exactamente como todo lo que lo rodeaba: lujoso, impecable, diseñado para imponer. No había un solo detalle fuera de lugar. Los asientos de cuero oscuro parecían recién salidos de una revista de diseño, la iluminación tenue creaba una atmósfera casi íntima, y el silencio… ese silencio elegante y controlado… hacía que todo se sintiera aún más sofocante.
Había espacio de sobra. Demasiado.
El tipo de espacio que te recuerda constantemente que no puedes escapar.
Pero para mí…
era una jaula.
Otra más.
Me acomodé junto a la ventana, cruzando los brazos con fuerza, como si eso pudiera contener todo lo que estaba sintiendo. Afuera, la pista comenzó a deslizarse lentamente hasta desaparecer bajo nosotros. Ámsterdam se alejaba… y con ella, una parte de mí que ni siquiera había tenido tiempo de entender.
No estaba lista para dejar nada atrás.
Pero tampoco tenía opción.
No hablé.
Él tampoco.
Desde que salimos del hotel, el silencio entre nosotros había sido denso, incómodo… cargado de algo que ninguno quería nombrar. No era un silencio vacío. Era uno lleno de cosas no dichas. De miradas evitadas. De tensión acumulada.
Como si algo se hubiera roto…
o peor…
como si algo se hubiera encendido demasiado rápido.
Y ninguno supiera qué hacer con eso.
Tragué saliva, desviando la mirada hacia el reflejo tenue del cristal. Me veía… diferente. No por fuera. Por dentro. Como si algo en mí se hubiera desplazado apenas unos centímetros… lo suficiente para incomodarme.
Y entonces…
apareció ella.
—Señor Vercetti.
La voz fue suave.
Demasiado suave.
Giré la cabeza lentamente.
Alta. Elegante. Perfectamente arreglada. Su uniforme de azafata parecía hecho a medida, como si incluso eso formara parte de una coreografía ensayada. Cada movimiento suyo era preciso. Seguro. Natural.
Pero no fue eso lo que me incomodó.
Fue su mirada.
Directa.
Fija en él.
Como si yo… no existiera.
—Miriam —respondió Alessio.
Y ahí estuvo.
Ese pequeño cambio en su tono. Apenas perceptible. Casi insignificante.
Pero yo lo noté.
Lo sentí.
Y eso…
eso me molestó más de lo que debería.
—No sabía que regresaba hoy —añadió ella, acercándose un poco más.
Demasiado cerca.
—Cambio de planes.
—Ya veo…
Sus labios se curvaron en una sonrisa leve. Sutil. Calculada.
Y luego…
su mirada pasó por mí.
Rápida.
Evaluadora.
Como si me estuviera midiendo. Clasificando. Encajándome en algún tipo de categoría mental.
Y claramente… no le gustaba lo que veía.
—¿Algo para beber? —preguntó.
Pero no a mí.
A él.
Siempre a él.
—Después.
Corta. Directa.
Pero no distante.
No lo suficiente.
—Como desees.
Antes de irse, su mano rozó ligeramente el respaldo de su asiento.
Un gesto mínimo.
Pero intencional.
Lo suficiente para decir algo sin palabras.
Esto… no era nuevo.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Siempre es así? —pregunté sin mirarlo.
Silencio.
Podía sentir su atención sobre mí, aunque no giré la cabeza.
—¿Así cómo?
Lo miré entonces.
—Como si no existiera.
Sus ojos se encontraron con los míos. Calmados. Fríos. Analíticos.
—No exageres.
Solté una risa corta, sin humor.
—Claro.
Volví a mirar al frente.
Pero no pude evitarlo.
No pude evitar notar cada vez que ella pasaba.
Cada vez que hablaba con él.
Cada vez que su voz bajaba apenas.
Cada vez que sonreía de esa forma…
Demasiado cómoda.
Demasiado familiar.
Como si ese espacio también le perteneciera.
Como si él… también.
El vuelo avanzaba.
Y con él… mi paciencia se deshacía poco a poco.
—Señor Vercetti —apareció otra vez.
Otra vez.
Otra maldita vez.
—¿Ahora sí desea algo?
Se inclinó apenas.
Lo suficiente.
Demasiado.
—Un whisky.
—Por supuesto.
Su sonrisa se amplió.
—Como siempre.
Como siempre.
Las palabras se repitieron en mi cabeza.
Una y otra vez.
Como siempre.
Apreté los dedos contra el asiento.
—También puedo traer algo para tu… acompañante.
Acompañante.
La palabra cayó pesada.
La miré directamente.
Por primera vez sin contenerme.
—No soy su acompañante.
El silencio se hizo más denso.
—¿No?
Su ceja se arqueó ligeramente.
—No.
Me levanté despacio. Sin prisa. Sin titubear.
Sentí la mirada de Alessio sobre mí, pero no me detuve.
—Soy su esposa.
Las palabras salieron firmes.
Claras.
Irreversibles.
Sus ojos se abrieron apenas. Sorpresa. Interés.
Y luego…
sonrió.
Pero no fue una sonrisa amable.
Ni respetuosa.
Fue… divertida.
—Todas hemos sido la mujer de Alessio.
El golpe fue directo.
Sin filtro.
Sin vergüenza.
Sentí el calor subir por mi pecho. Rápido. Violento.
—No te confundas.
Di un paso hacia ella.
—No somos lo mismo.
Su sonrisa no se movió.
—Eso dicen todas.
Y ahí…
algo dentro de mí se rompió.
No lo pensé.
No lo medí.
No lo detuve.
Mi mano se movió antes que mi mente.
El sonido de la bofetada cortó el aire.
Seco.
Fuerte.
Definitivo.
El tiempo pareció congelarse.
Miriam se quedó inmóvil, llevándose la mano al rostro, completamente sorprendida.
Y entonces…
todo explotó.
—¡¿Qué demonios haces?!
La voz de Alessio fue inmediata. Dura.
Se levantó de golpe.
Pero no vino hacia mí.
Fue hacia ella.
Mi pecho se apretó.
—¿Estás bien? —preguntó, tomando su rostro con cuidado.
Ese gesto…
ese maldito gesto…
fue peor que cualquier insulto.
—Estoy… bien —respondió ella, aunque claramente no lo estaba.
Pero en sus ojos había algo más que dolor.
Algo más profundo.
Algo que me hizo hervir por dentro.
—No tenías derecho —dijo Alessio, girándose hacia mí.
Su mirada era fría. Cortante.
Distante.
Como si yo fuera el problema.
—¿Derecho? —repetí, incrédula—. ¿Después de lo que dijo?
—No importa.
—Claro que importa.
—No —negó con firmeza—. No de esa forma.
Mi risa fue amarga.
—Interesante.
El silencio cayó otra vez.
Más pesado. Más incómodo.
Más real.
Y entonces…
él tomó una decisión.
—Ven.
No era para mí.
Era para ella.
Tomó a Miriam con suavidad del brazo.
—Vamos a la parte privada.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
—¿En serio?
Pero no respondió.
No me miró.
No dudó.
Simplemente…
se la llevó.
Las puertas se cerraron tras ellos con un sonido suave… pero devastador.
Y yo me quedé ahí.
Sola.
Con el eco de todo lo que acababa de pasar.
Con el pecho apretado.
Con la respiración irregular.
Con un nudo en la garganta que no quería desatar.
Me dejé caer lentamente en el asiento.
Mirando hacia la nada.
Intentando recomponerme.
Intentando convencerme de que no importaba.
Pero importaba.
Más de lo que quería admitir.
Celos.
La palabra apareció en mi mente sin pedir permiso.
Clara.
Incómoda.
Innegable.
Celos puros. Crudos. Incontrolables.
Apreté los labios.
No.
No iba a darle ese poder.
No iba a convertirme en una más.
No iba a perderme en algo que ni siquiera entendía.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
Pero el problema…
no era él.
Era yo.
Era lo que estaba empezando a provocar en mí.
Esa necesidad de marcar territorio.
Ese impulso irracional de reclamar lo que ni siquiera sabía si quería.
Esa forma en la que me afectaba… sin permiso.
Apoyé la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos un segundo.
Y ahí, en ese silencio forzado…
lo entendí.
Esto ya no era solo un juego de control.
Ni un acuerdo.
Ni una situación incómoda que podía ignorar.
Esto…
se estaba volviendo personal.
Peligrosamente personal.
Abrí los ojos lentamente.
Miré hacia la puerta cerrada.
Y algo dentro de mí se endureció.
No iba a perder.
No otra vez.
Pero esta vez…
no estaba segura de contra quién estaba luchando realmente.
Y eso…
eso era lo más peligroso de todo.