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EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

Status: En proceso
Genre:Fanfic
Popularitas:770
Nilai: 5
nombre de autor: Darling.LADK

Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
​Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.


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10_El Silencio Roto, la Promesa del Alba

La mañana llegó con la misma lentitud con la que la noche se había marchado, bañando el pequeño apartamento de Nagisa con una luz suave y difusa. Karma despertó en el sofá, su cuerpo ya familiarizado con la dureza de los cojines, pero su mente extrañamente despejada.

Había dormido mejor de lo que esperaba, quizás por la simple presencia de Nagisa al otro lado de la pared, o por la promesa del día que tenía por delante.

El aroma a café recién hecho ya flotaba en el aire. Nagisa era madrugador por costumbre, una disciplina forjada en años de enseñanza. Karma se levantó, dobló cuidadosamente la manta y dejó la almohada sobre el sofá, intentando dejar el espacio tan ordenado como lo había encontrado.

Se dirigió a la cocina, donde Nagisa estaba de pie junto a la pequeña cafetera, su figura esbelta recortada contra la luz de la ventana.

Nagisa se giró al escuchar los pasos de Karma. No hubo sobresaltos ni miradas esquivas. Era un nuevo día, y la tregua acordada flotaba entre ellos como una niebla densa pero no hostil.

—Buenos días —dijo Nagisa, su voz era neutral, casi profesional. Le entregó a Karma una taza humeante de café negro, sin azúcar ni leche. Karma siempre lo tomaba así.

—Buenos días —respondió Karma, aceptando la taza. El calor se extendió por sus manos, un pequeño confort en la inminente conversación.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Esta vez no había comida, solo el café. La atmósfera era diferente a la de la noche anterior. La cordialidad reticente había dado paso a una anticipación tensa. Ambos sabían lo que venía.

Nagisa fue el primero en romper el silencio, su mirada fija en el café que removía lentamente.

—Tienes un día, Karma. Veinticuatro horas desde anoche. Ya han pasado unas cuantas. Empieza.

La voz de Nagisa era firme, sin la más mínima vacilación. Karma apretó la taza entre sus manos. Había imaginado este momento mil veces, había ensayado mentalmente las palabras, los argumentos. Pero ahora, frente a Nagisa, con la realidad de su dolor palpable en el aire, todo se sentía insuficiente.

—Sé que te debo más que una explicación, Nagisa —comenzó Karma, su voz era baja, pero clara—. Te debo disculpas, te debo arrepentimiento, te debo siete años de mi vida que no estuve. No pido que me perdones ahora. Solo pido que me escuches.

Nagisa levantó la vista, sus ojos azules, profundos y serios, se encontraron con los dorados de Karma. Había una mezcla de cansancio y una curiosidad que no podía ocultar.

—Te estoy escuchando —respondió Nagisa, su tono invitaba a Karma a continuar, pero también marcaba que no aceptaría excusas vacías.

Karma respiró hondo. Este era el momento. El peso de sus decisiones, de su ausencia, de su cobardía, se cernía sobre él.

—Todo comenzó con Koro-sensei —dijo Karma, y al pronunciar el nombre de su mentor, una sombra de dolor cruzó su rostro—. Su muerte... nos afectó a todos. Pero a mí, Nagisa, me destrozó de una manera que no supo cómo manejar. Tú, tú siempre fuiste el fuerte. El que lo superó, el que siguió adelante. Yo... yo me rompí.

Nagisa escuchaba, su rostro inescrutable. La mención de Koro-sensei siempre sería un terreno sagrado, y peligroso.

—Me rompí —continuó Karma, sus ojos ahora fijos en la mesa, incapaz de mantener la mirada de Nagisa—. Y no supe cómo juntar las piezas. Cada vez que te miraba, cada vez que pensaba en nuestra promesa de ser asesinos, de cumplir con nuestro deber, solo veía su reflejo. Veía el fracaso. Y lo que es peor, veía la culpa. Sentía que si me quedaba a tu lado, en esa vida que construíamos juntos, nunca podría escapar de esa sombra. Sentía que te arrastraría conmigo a esa oscuridad.

Karma levantó la vista, sus ojos implorantes.

—Creí que si me alejaba, si construía una vida completamente diferente, podría liberarme de ese peso, y sobre todo, podría liberarte a ti. Fue la decisión de un cobarde, sí. La decisión de alguien que no supo cómo enfrentar su propio dolor y creyó que huyendo podía proteger lo que más amaba. Fui un idiota.

El silencio volvió a caer sobre la cocina, esta vez cargado con el eco de esas palabras, de esa confesión largamente esperada. Nagisa no había interrumpido, ni siquiera había movido un músculo. Karma sintió la necesidad imperiosa de seguir hablando, de vaciar todo lo que había guardado.

—Pero no funcionó, Nagisa. Ni un solo día en estos siete años dejé de pensar en ti. Cada noche, en mis sueños, te buscaba. Te encontraba en pasillos oscuros, en aulas vacías, en el borde de un acantilado. Siempre era tu rostro, tu voz, tus ojos azules los que me perseguían. Despertaba con un vacío que dolía, una punzada de arrepentimiento que me recordaba la estupidez de mi decisión. Construí mi carrera, mi vida, mi ambición... y todo se sentía hueco sin ti. Cada ascenso, cada logro, era una victoria amarga porque no había nadie con quien compartirla, nadie a quien le importara de la misma manera que tú lo habrías hecho.

Karma miró a Nagisa, una vulnerabilidad cruda en su mirada que rara vez mostraba.

—Te amaba, Nagisa. Y te sigo amando. Fue ese amor, ese maldito amor, el que me hizo creer que al alejarme te protegía. Pensé que mi dolor, mi recuerdo constante de él, era una enfermedad contagiosa. Y tú, tú eras demasiado puro, demasiado brillante para que yo te contaminara. Fui un tonto arrogante que creyó que podía manejarlo todo solo, que podía dictar el curso de nuestras vidas. Pero cada día, cada ausencia, solo me gritaba lo equivocado que estaba. Te extrañaba, Nagisa. Extrañaba tu risa, tu silencio, tu paciencia. Extrañaba la forma en que me mirabas, la forma en que me entendías incluso cuando yo no me entendía a mí mismo.

Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla de Karma, un rastro brillante en su piel. Era la primera vez que Nagisa lo veía llorar desde la muerte de Koro-sensei, y la imagen le atravesó el alma.

—Me tomó siete años darme cuenta de que el verdadero castigo no era recordar a Koro-sensei, sino olvidarte a ti. Porque al intentar borrar su sombra, borré la luz más importante de mi vida. Y me negué a buscarte, a contactarte, porque no sabía qué decir, cómo pedir perdón por haber sido tan ciego, tan estúpido. El orgullo me comió, el miedo a tu rechazo me paralizó. Hasta ahora. Hasta que mi vida sin ti se volvió insoportable, vacía, sin sentido. Nagisa, he regresado porque no puedo vivir sin ti. No puedo ser el Karma que soy sin el Nagisa que me completa. No puedo ser un ser humano.

Karma terminó, exhausto, su voz apenas un susurro. La verdad había sido derramada, cruda y sin adornos. Nagisa permaneció en silencio, sus ojos fijos en la mesa. Las palabras de Karma eran un torrente, una ola que lo había golpeado con fuerza. Sentía el peso de esa confesión, la intensidad del arrepentimiento que emanaba de Karma.

Nagisa finalmente levantó la vista, sus ojos se encontraron con los de Karma, aún húmedos y llenos de súplica.La confesión de Karma había sido un golpe, una avalancha de dolor y arrepentimiento que Nagisa, en su cautelosa distancia, no había previsto.

Sentía el peso de esas palabras, la intensidad de un arrepentimiento que ahora no solo escuchaba, sino que también sentía emanar de cada poro de Karma. La lágrima en la mejilla de Karma era una imagen que se grabaría en su memoria.

—¿Y por qué no me lo dijiste? —la voz de Nagisa era apenas un susurro, rasposa por la emoción contenida—. ¿Por qué creíste que eras el único que sufría? ¿Que yo no estaba también roto por dentro? ¿Que no echaba de menos a Koro-sensei con cada fibra de mi ser? ¿Creíste que yo no veía su reflejo en todo? —su voz se quebró ligeramente, revelando la herida aún abierta—. ¿Crees que no tuve mis propios demonios que enfrentar, solo, en la oscuridad, sin mi mejor amigo, sin la persona que se suponía que me entendía?

Nagisa se inclinó hacia adelante, su intensidad atrapando la mirada de Karma.

—Fue el acto más egoísta que pudiste haber hecho, Karma. Creíste que me protegías, pero solo me abandonaste a una soledad que no pedí, a una confusión que me consumió. Me dejaste creyendo que yo no era suficiente, que mi dolor era una carga que te había ahuyentado. Me hiciste dudar de todo lo que habíamos sido. Y eso, Karma, eso duele más que cualquier golpe.

Karma bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada de Nagisa. Las palabras de su amigo eran puñales, certeras y justas.

—Lo sé —murmuró Karma, su voz apenas audible—. Fui un egoísta, un cobarde. No hay excusas para eso. Pensé que te protegía, pero solo te causé más dolor. Y no hay nada que pueda decir para cambiarlo.

—No —Nagisa asintió lentamente, sus ojos aún fijos en él—. No hay nada que puedas decir para cambiar lo que pasó. Los años no se borran, Karma. El dolor no desaparece de la noche a la mañana. Pero... —Nagisa hizo una pausa, y Karma levantó la vista, una chispa de esperanza temblaba en sus ojos—. Pero puedes empezar a construir algo nuevo.

La confesión de amor de Karma resonaba en el aire, un eco de verdades que Nagisa había enterrado profundamente. El "te sigo amando" había golpeado un nervio, removiendo sentimientos que había creído muertos.

—Dices que me amas, que no puedes ser tú sin mí —continuó Nagisa, su voz ahora más suave, pero con una melancolía que a Karma le partía el alma—. Pero esas palabras se sienten vacías después de siete años de silencio. ¿Cómo esperas que confíe en ellas ahora? ¿Cómo esperas que crea que este "nuevo Karma" es diferente?

Karma levantó la vista, una determinación férrea se apoderó de sus facciones.

—Te lo demostraré, Nagisa. No con palabras vacías, sino con acciones. Sé que no confías en mí, y tienes todo el derecho. Pero déjame ganarme esa confianza de nuevo. Déjame mostrarte que no te abandonaré otra vez. Que este "nuevo Karma" ha aprendido la lección de la peor manera posible. Estoy dispuesto a hacer lo que sea, a esperar lo que sea, a enfrentar lo que sea para volver a ser digno de tu lado.

El silencio se instaló de nuevo, pero esta vez era diferente. No era un silencio de vacío, sino de reflexión. Nagisa estudió el rostro de Karma, buscando cualquier indicio de falsedad, de su antigua arrogancia, pero solo encontró vulnerabilidad y un arrepentimiento genuino que casi le resultaba extraño ver en el chico que conocía.

Finalmente, Nagisa suspiró, un sonido largo y profundo.

—El día apenas comienza, Karma —dijo, poniéndose de pie. La taza vacía de café permanecía sobre la mesa, un testigo silencioso de la intensidad de sus palabras—. Y tienes mucho que explicar. No solo lo que pasó entonces, sino lo que has hecho durante estos siete años. Quiero saberlo todo. Sin mentiras, sin evasivas. Cada detalle.

Karma se puso de pie de inmediato, su corazón latiendo con fuerza. Había pasado la primera prueba. La puerta estaba entreabierta.

—Te lo contaré todo, Nagisa —prometió Karma, su voz firme, llena de una determinación renovada—. Cada día. Cada sueño. Cada vez que te busqué en mi mente sin atreverme a hacerlo en la realidad.

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