Elena Vargas vive para un solo propósito: destruir a la familia que le arrebató todo. Armada con un odio forjado en cenizas y protegida por la lealtad inquebrantable de sus dos "hermanas", Valeria y Maira, Elena se infiltra en el imperio de los Blackwood para desenterrar un misterio que lleva diez años sangrando.
Sin embargo, en el centro de la red la espera Samael Blackwood, un hombre cuya dominación es ley y cuya presencia es un abismo. Entre ellos estalla un amor salvaje y prohibido; una guerra de voluntades donde la pasión se confunde con la venganza y cada caricia es un duelo a muerte.
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Capítulo 11: El Velo de los Pecados
El aire en la montaña era tan frío que quemaba los pulmones. Eran las dos de la mañana y la niebla se arrastraba por el suelo del cementerio. El Convento de la Inmaculada Concepción no parecía un lugar de fe, sino una cárcel de silencio y piedra. Elena "Leni" Vargas se movía entre las lápidas antiguas con la agilidad que Valeria le había forjado a punta de golpes y repeticiones. Llevaba su traje táctico ceñido, negro como una sombra, y su cabello oscuro recogido en esa trenza tensa que gritaba "modo caza".
—Estoy en posición, Leni. Si escucho un suspiro que no sea tuyo, entro volando —la voz de Valeria resonó en su comunicador, cargada de esa ternura ruda que era su ancla.
—Tengo los sensores de movimiento del perímetro bloqueados por diez minutos, mija. No te demores —añadió Maira desde el búnker improvisado en la camioneta, a tres kilómetros de distancia.
Elena llegó al tumba de los Blackwood, una estructura de mármol negro que desentonaba con las cruces de madera humildes del resto del camposanto. Allí, apoyado contra una estatua de un ángel degollado, estaba él. Samael vestía ropa oscura, pero su elegancia peligrosa seguía intacta. Sus ojos gris acero brillaron cuando la vio acercarse.
—Llegas tarde, Leni —susurró él, su voz vibrando en la oscuridad.
—Me tomó tiempo convencer a mis amigas de que no te pegaran un tiro apenas te vieran —respondió ella, apretando el mango de su cuchillo.
Samael no respondió. Empujó una losa pesada que reveló una escalera de caracol descendiendo hacia las entrañas de la montaña. El olor a incienso rancio y a encierro subió por el túnel.
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Bajaron en silencio, con la tensión entre ellos tirando como un cable de alta tensión. El túnel desembocaba en una celda de piedra iluminada apenas por una vela que agonizaba. Allí, sentada en una cama de hierro, había una mujer. Su piel era pálida como el papel y su cabello, que una vez fue negro como el de Elena, ahora era una nube de hilos blancos.
Elena se quedó paralizada. La ternura que creía muerta le golpeó el pecho con la fuerza de un huracán.
—¿Mamá? —la palabra salió como un susurro roto.
La mujer levantó la vista. Sus ojos eran los de Elena, pero estaban vacíos, perdidos en un laberinto de traumas que el tiempo no había curado.
—¿Antonio? —preguntó la mujer con voz débil—. ¿Viniste a decirme que ella está a salvo?
Samael puso una mano en el hombro de Elena. Por un segundo, no fue el depredador, sino un hombre compartiendo un dolor ajeno.
—Está en un estado de shock permanente, Elena. Morgana se aseguró de que no recordara nada que pudiera hundirla. El incendio no solo quemó tu casa, quemó su mente.
Elena cayó de rodillas frente a su madre, sollozando sin lágrimas, mientras intentaba agarrar esas manos huesudas. La rabia hacia Lady Morgana creció hasta convertirse en algo físico, un veneno que le quemaba la sangre. Pero antes de que pudiera decir más, el sonido de botas pesadas resonó en el pasillo superior.
—¡Nos encontraron! —gritó Maira por el comunicador—. ¡Silas está en el cementerio! ¡Salgan de ahí ya!
Samael maldijo entre dientes y sacó su arma.
—Llevatela por el túnel secundario. Yo los distraeré.
—¡No te voy a dejar aquí! —gritó Elena, aunque el odio hacia su apellido le decía lo contrario.
—Vete, Elena. Si ella te atrapa, no habrá diario ni verdad que nos salve.
Samael la empujó hacia una salida oculta tras un tapiz rasgado. El intercambio de disparos empezó arriba, y el estruendo de la guerra rompió la paz del convento.
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Lograron escapar por un pelo, gracias a que Valeria armó un alboroto distractivo que atrajo a Silas hacia el bosque. Horas después, Elena, Samael y la madre de Elena —quien había caído en un sueño profundo y sedado por el cansancio— llegaron a una cabaña de paso, un lugar que ni siquiera Morgana conocía.
Después de acomodar a su madre en una habitación segura, Elena salió a la sala principal. Samael estaba limpiando su arma frente a una chimenea pequeña. Su camisa estaba rasgada y un rastro de pólvora manchaba su mandíbula cuadrada.
La adrenalina, el dolor de ver a su madre vuelta un fantasma y la rabia contenida estallaron en Elena. Se acercó a él y, sin mediar palabra, le cruzó la cara con una bofetada.
—¡Me usaste! —le gritó—. Me llevaste allá sabiendo que ella no me reconocería. ¡Querías que me quebrara!
Samael la agarró por las muñecas con una fuerza de dominación inmediata, estampándola contra la pared de madera. Sus rostros estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban.
—Quería que vieras el precio de la verdad, Leni. Quería que entendieras que no hay vuelta atrás.
El beso que siguió no fue una caricia; fue un asalto. Samael la devoró con una pasión que sabía a sangre y a desesperación. Elena respondió con la misma furia, sus manos buscando la piel bajo su camisa, necesitando sentir algo vivo después de haber visto a la muerte en vida en los ojos de su madre.
Samael la alzó por los muslos, cargándola hacia la mesa de madera rústica. La sentó con un movimiento brusco que hizo que las piernas de Elena se enredaran instintivamente en su cintura. Él le desgarró el traje táctico con una urgencia animal, dejando su torso atlético y sus pechos firmes expuestos al calor de las llamas. Samael bajó su cabeza al pecho de ella, mordiendo y succionando sus pezones con una intensidad que le arrancó a Elena gemidos que ella no podía controlar.
—Mírame, Elena —gruñó él, su voz ronca y cargada de una posesividad absoluta—. Dime quién te posee en medio de esta ruina.
—Tú... malnacido... tú —logró decir ella, con los ojos nublados por el deseo.
Samael se deshizo de su pantalón y la penetró de una sola embestida, profunda y poderosa, que hizo que Elena arqueara la espalda y enterrara las uñas en sus hombros anchos, dibujando marcas de guerra. El ritmo fue frenético, un choque de cuerpos que buscaba exorcizar los demonios del convento. Cada movimiento de Samael era una declaración de propiedad; sus manos grandes apretaban sus glúteos, moviéndola a su antojo, mientras Elena le devolvía el ritmo con una ferocidad que solo una mujer que no tiene nada que perder puede entregar.
El sudor les empapaba la piel, brillando bajo la luz del fuego. Elena sentía cada músculo de Samael trabajando contra ella, una maquinaria perfecta de placer y dominación. En un giro salvaje, ella lo empujó hacia atrás en un sillón viejo, quedando ella arriba, tomando el control. Lo cabalgó con una urgencia rítmica, mirándolo a esos ojos grises que ahora eran puro fuego azul. Samael la sujetó por la nuca, atrayéndola para besarla con una lengua hambrienta mientras ella se entregaba al clímax.
El orgasmo la golpeó con la fuerza de una explosión, haciéndola gritar el nombre del hombre que más odiaba y más necesitaba. Samael se entregó segundos después, hundiéndose en ella con un gemido, uniendo sus destinos en ese refugio perdido en la montaña.
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Al amanecer, la cabaña estaba sumida en un silencio tenso. Elena estaba sentada en el borde de la cama, observando a su madre dormir. Samael entró, ya vestido con esa elegancia fría que lo caracterizaba.
—Silas no se va a rendir. Mi madre sabe que la encontraste —dijo él, sin rastro de la pasión de la noche anterior.
—Lo sé —respondió Elena, sin mirarlo—. Y ahora no solo voy por su imperio. Voy por su cabeza.
Samael se acercó y le dejó un pequeño dispositivo en la mesa.
—Es un acceso directo a las cuentas privadas de Morgana en Suiza. Úsalo con Maira. Si quieres destruirla, tienes que quitarle los cimientos.
—¿Por qué me das esto, Samael? Estás traicionando a tu propia sangre.
Samael caminó hacia la puerta, pero se detuvo un segundo, dándole la espalda.
—Porque mi sangre está podrida, Elena. Y porque anoche, por un momento, me hiciste sentir que todavía había algo de luz en este infierno.
Samael desapareció en la niebla matutina. Elena apretó el dispositivo en su mano, sintiendo que la guerra de verdad apenas comenzaba. Tenía a su madre, tenía el acceso al dinero, pero también tenía una marca en su alma que solo Samael Blackwood podía llenar.