Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 17
Alina
Me interné entre la vegetación sin mirar atrás.
Las ramas arañaban mis brazos y mis piernas, pero no me detuve. La sudadera que me habían dado me quedaba grande, se enredaba con cada paso, obligándome a avanzar más lento de lo que necesitaba. El aire era frío, húmedo… y cada respiración me quemaba la garganta.
Entonces los escuché.
Gritos.
Vociferaban órdenes dentro del hangar.
Ya sabían que había escapado.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que por un momento creí que podían escucharlo desde kilómetros de distancia. Me agaché de inmediato, pegándome al suelo, tratando de hacerme invisible entre la maleza.
Piensa, Alina… piensa.
Pero lo único que podía hacer era sentir miedo.
Un miedo crudo, animal, que me paralizaba y al mismo tiempo me obligaba a moverme.
Pensé en Enzo.
Lo había dejado atrás.
La culpa me golpeó con fuerza, pero también sabía que él lo había decidido. Me había lanzado por esa ventana sin dudarlo.
“Escóndete.”
Su voz seguía resonando en mi cabeza.
Seguí avanzando, más despacio ahora, midiendo cada paso. Entonces los escuché cerca.
Dos hombres.
—Don Manolo está furioso —dijo uno.
—Como no va a estarlo… —respondió el otro—. Esa chica era parte del espectáculo.
Sentí náuseas.
—Quería tomarla frente a Vassari… terminar lo que empezó.
El mundo se me vino abajo por un segundo.
No necesitaba que dijeran más.
Sabía exactamente a qué se referían.
Mis manos empezaron a temblar. Me las llevé a la boca para evitar hacer cualquier ruido. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, pero las limpié con desesperación.
No. No puedes romperte ahora.
Tomé una piedra y la lancé lo más lejos que pude hacia mi derecha.
El sonido fue seco.
Ambos hombres giraron la cabeza de inmediato y caminaron hacia allá.
Aproveché.
Salí corriendo en dirección contraria, ignorando el dolor, ignorando el cansancio. No sabía a dónde iba. No conocía ese lugar. Solo sabía que tenía que alejarme.
Cada paso era más torpe que el anterior.
Cada respiración más pesada.
Pero no me detuve.
No podía.
Adriano.
Su nombre apareció en mi mente como un ancla.
Pensé en su mirada.
En sus manos.
En la forma en la que me protegía.
Y por primera vez entendí algo con claridad brutal:
No quería que él volviera a pasar por lo que fuera que le habían hecho.
No quería que ese hombre lo rompiera otra vez.
Seguí avanzando.
Pero entonces…
Escuché pasos detrás de mí.
Mi cuerpo se tensó por completo.
Caminé más rápido.
Los pasos también.
Corrí.
Ellos también.
Las lágrimas nublaban mi vista. Tropecé, pero logré mantenerme en pie.
—¡Detente! —gritaron.
No lo hice.
No podía.
No iba a hacerlo.
Entonces sentí el tirón.
Un dolor punzante, brutal.
Alguien me había sujetado del cabello.
Grité.
El mundo se detuvo en ese instante.
Una linterna iluminó mi rostro, cegándome.
Y entonces lo vi.
Manolo.
Su sonrisa.
Fría. Enferma. Satisfecha.
Sentí cómo el estómago se me retorcía.
—Mira nada más… —dijo con una voz baja y peligrosa—. La princesita decidió jugar.
Intenté soltarme, golpearlo, arañarlo, lo que fuera.
Pero fue inútil.
Sus manos se movieron por mi cuerpo sin ningún tipo de pudor.
Me levantó con facilidad, echándome sobre su hombro como si no pesara nada.
—¡Suéltame! —grité, pateando, golpeando su espalda—. ¡Maldito enfermo!
Él soltó una risa.
Una risa que me heló la sangre.
Me revolví con más fuerza.
—Me gusta que tengas energía —susurró—. Así será más divertido.
El miedo se transformó en rabia.
Lo golpeé con todas mis fuerzas, arañé su cuello, su cara, lo que alcanzaba.
Nada funcionaba.
Nada.
Caminó durante lo que parecieron horas.
El frío aumentaba. El suelo cambiaba bajo sus pies.
Y entonces me soltó.
Caí al suelo con fuerza.
Antes de que pudiera reaccionar, volvió a sujetarme… esta vez del cabello.
El dolor fue aún peor.
Me arrastró.
Grité, pataleé, intenté aferrarme al suelo, pero todo era inútil.
—¡Suéltame! —gritaba—. ¡Suéltame!
Pero él no se detuvo.
El hangar apareció de nuevo frente a mí.
Las luces.
El ruido.
El olor a metal y combustible.
Había vuelto al mismo lugar.
Había fallado.
Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba.
Pero no completamente.
Porque en medio del dolor, del miedo… algo más seguía ahí.
Resistencia.
Respiré con dificultad.
No ha terminado.
Apreté los dientes mientras él me arrastraba de regreso.
Si algo había aprendido…
Era que sobrevivir también era una forma de luchar.
Y yo…
No iba a rendirme.