En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 15: El muro de niebla
El campamento guerrillero era un hervidero de paranoia cuando Antonio entró, escoltado por la sombra protectora de Luis. El barro le llegaba a las rodillas y el agotamiento físico era una máscara que ocultaba el temblor de sus manos. Gracias a la astucia del viejo Luis, la versión oficial se mantuvo firme como un roble: ellos habían estado patrullando el sector norte cuando la tormenta los separó del grupo de Eliécer.
La suerte, esa amante caprichosa de los soldados, terminó de sellar la coartada de Antonio al amanecer. Una patrulla de avanzada enemiga, perteneciente al ejército regular, tropezó con el cuerpo de Eliécer. En su afán por marcar territorio, los militares no solo recuperaron el cadáver, sino que dejaron tras de sí casquillos de fusiles reglamentarios y una estela de destrucción que gritaba "emboscada".
Para el alto mando de la guerrilla, ya no había dudas: a Eliécer lo habían matado "los otros". Antonio estaba limpio de sospecha, pero el precio de su libertad fue su mayor condena.
—Lo logramos, muchacho —susurró Luis, mientras compartían un jarro de café amargo cerca de las trincheras—. Eres un héroe que sobrevivió al ataque donde cayó un mando. Nadie te apunta con el dedo.
Antonio apretó el jarro hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Estoy libre, Luis... pero estoy muerto por dentro. Mira hacia el valle.
Desde la posición elevada del campamento, Antonio observaba cómo San José desaparecía tras un cordón de acero. Los militares enemigos, tras encontrar a Eliécer, habían tomado el pueblo como punto estratégico de control. Lo que antes era un camino de monte que Antonio recorría en una hora para ver a su doctora, ahora era una zona de guerra minada, patrullada por blindados y francotiradores.
El acceso al pueblo estaba sellado. Para el mundo exterior, San José ya no existía; era solo una coordenada en un mapa de operaciones.
—Están registrando casa por casa —dijo Antonio, con la voz quebrada por la impotencia—. Ella está ahí abajo, Luis. Sola, rodeada de hombres que ven en cada civil a un enemigo. ¿Cómo va a explicar que su consultorio tiene olor a nosotros? ¿Cómo va a sobrevivir a la requisa sin que yo esté ahí para protegerla?
Luis puso una mano pesada sobre su hombro.
—Isaí es más fuerte de lo que crees. Ella cura la muerte todos los días, sabe cómo mirarla a los ojos sin parpadear. Pero tú...
—tú ahora eres un objetivo mayor. Si intentas cruzar ese cordón de seguridad, no solo te matarán a ti; confirmarás que había un guerrillero refugiado en su clínica. Tu ausencia es su único escudo ahora mismo.
Antonio se levantó, sintiendo que las paredes de la selva se le venían encima. La ironía era cruel: el asesinato de Eliécer, que debía liberarlo de su rival, se había convertido en el muro de hormigón que lo separaba de la mujer que amaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Isaí en la penumbra del consultorio, recordaba el sabor de su último beso y el perdón que ella le otorgó antes de que la oscuridad se la tragara.
—No voy a dejarla ahí para siempre —sentenció Antonio, mirando hacia el horizonte donde el humo de las cocinas de San José se mezclaba con la niebla—. Si el mundo decidió que el pueblo es ahora una fortaleza, yo aprenderé a derribar fortalezas.
Luis suspiró, viendo en los ojos de Antonio la misma chispa de locura que él tuvo décadas atrás.
—El amor en tiempos de guerra no es un refugio, Antonio. Es una granada sin seguro que llevas en el bolsillo. Tarde o temprano, explota.
Mientras tanto, en San José, el sonido de las botas militares contra el empedrado mantenían ansiosa a Isaí. Ella se levantó de la camilla, todavía oliendo a Antonio, y comenzó a lavar las sábanas con lejía. El miedo era una presión constante en su pecho, pero cada vez que el pánico amenazaba con vencerla, recordaba la promesa de Antonio. Él volvería. Aunque tuviera que prenderle fuego a la selva entera para llegar a ella.