En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 24
La penumbra del dormitorio principal en el ala central de la mansión Rossi parecía devorar las últimas luces de seguridad que se filtraban desde los jardines exteriores. El silencio de la noche de Chicago, espeso y cargado de una tensión eléctrica, solo se veía interrumpido por el sonido pausado de los jadeos de ambos y el sutil roce de las sábanas de seda oscura que los envolvían. En ese espacio hermético, la corona del imperio de los Rossi-Richi carecía de peso, las armas, los muelles de Queens y las deudas de la Comisión habían quedado sepultados bajo la urgencia de una entrega carnal que ya no admitía estrategias ni condiciones contables
Camilo mantenía a Isabella aprisionada bajo el peso de su cuerpo, pero sus movimientos carecían de la brusquedad con la que solía dictar las órdenes en las calles. Sus manos de estratega, marcadas por la rigidez del acero y las noches de vigilancia, recorrían la piel pálida de ella con una fijeza devota, subiendo por la curva de sus caderas hasta enredar los dedos en su pelo castaño, esparcido sobre la almohada como un manto de seda. La observaba desde arriba con los ojos oscuros inyectados en una pasión sorda, descubriendo en el rostro de la restauradora una madurez y un deseo ardiente que borraban cualquier rastro de la antigua prisionera del ala este
Isabella arqueó la espalda ante el contacto, soltando un gemido ahogado que fue sepultado por los labios de Camilo en un beso largo, profundo y posesivo. Ya no había resistencia en sus manos, sus dedos se hundían con fuerza en los hombros anchos del líder, arañando la piel de su espalda desnuda como si buscara aferrarse a la única realidad sólida en mitad de la tormenta que había sido su vida desde que llegó a Chicago. El amor que sentía por él era un lazo oscuro y complejo, nacido del bautismo de fuego de Greenpoint, un afecto letal que la empujaba a fundirse con él de una manera tan absoluta que el dolor de su pasado en Manhattan parecía haberse disuelto por completo en la calidez de esa habitación
El ritmo de la noche se volvió una marea incontrolable en la penumbra del cuarto. Cada caricia de Camilo, cada embestida, cada susurro bajo que rozaba el oído de la joven, era una reafirmación de que las reglas del tablero habían cambiado para siempre. Las manos de él bajaron con lentitud por el abdomen de Isabella, delineando la silueta delgada que tantas veces había contemplado en la distancia, provocando un estremecimiento que recorrió todo el cuerpo de Isabella. No había prisa en sus movimientos, sino una necesidad casi enfermiza de adorar cada centímetro de su nueva posesión, transformando la obsesión original en una adoración física que ella aceptaba con los ojos abiertos, fija en la mirada de su captor
— Eres mía, Isabella — susurró Camilo, su voz baja y rota por la intensidad del deseo, resonando en la inmensidad del dormitorio como una sentencia definitiva — Toda tú, desde los trazos de tus pinceles hasta la última gota de tu aliento. Nadie en esta ciudad, ni mis padres ni los enemigos de la calle, va a volver a interponerse entre nosotros
Isabella levantó la mano, acariciándole la mandíbula tensa con los dedos temblorosos, obligándolo a acortar la distancia para volver a unir sus labios en un contacto que eliminó las últimas barreras de la razón
— Demuéstralo, Camilo. Hazme olvidar el frío de ese muelle, hazme sentir que tu sangre es la única ley que necesito respetar a partir de hoy. No me dejes regresar a la penumbra
El encuentro físico se tornó lujurioso, despojado de cualquier máscara de formalidad. Camilo la tomó por las caderas con una fuerza descomunal, elevándola sutilmente para acoplar sus cuerpos en una unión perfecta que hizo que Isabella contuviera el aliento antes de soltar un grito ahogado contra el hombro de Camilo
El dolor de la primera entrega y la intensidad de la pasión contenida se mezclaron en una danza de movimientos pausados y profundos, donde la sincronización de sus cuerpos reflejaba esa misma perfección que la Trinidad utilizaba para dominar las calles de Chicago. Camilo la embestía con una fijación implacable, pero sus ojos no se apartaban de las pupilas castañas de Isabella, buscando en el fondo de su mirada la confirmación de que su entrega era un acto de amor voluntario
Isabella envolvía la cintura de Camilo con las piernas, entregándose al vaivén con una desesperación que la dejaba sin aliento, sintiendo que cada impacto enterraba el recuerdo de su antiguo cautiverio y consolidaba su nueva posición como la reina del ala central
El sudor de sus cuerpos brillaba bajo la tenue luz de la lámpara de la mesilla, creando un halo de intimidad salvaje que rompía con la severidad aristocrática de la mansión. Los gemidos de Isabella se volvieron más intensos, marcando el ritmo de un clímax que se avecinaba con la fuerza de un torrente de agua, mientras los dedos de Camilo se clavaban en sus muslos, dejando marcas sutiles que eran el sello de su propiedad definitiva
Cuando el espasmo final los alcanzó, Camilo la estrechó contra su pecho con una rigidez que demostró que el control del estratega se había quebrado por completo ante el talento y la carne de isabella
Permanecieron unidos durante varios minutos en el centro de la inmensa cama, escuchando el latido acelerado de sus corazones y sintiendo cómo el calor de la consumación los aislaba por completo de las intrigas que se desarrollaban en las plantas inferiores de la propiedad
Mientras la nueva pareja descansaba en el refugio del ala central, en el piso de abajo la mansión Rossi continuaba funcionando como la maquinaria fría que siempre había sido. En el despacho principal de la planta baja, la luz de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre los mapas de distribución que ocupaban la mesa de caoba
Marco Rossi permanecía sentado en su sillón de cuero, fumando un cigarro puro con una tranquilidad que denotaba que la aceptación de la civil no había sido un acto de piedad, sino un cálculo político muy bien meditado
Fabián Richi entró a la estancia tras despedir a los últimos guardias que habían regresado de los controles del puerto norte. Se quitó el abrigo largo y se sentó frente a su cuñado, sirviéndose una copa de licor fuerte con un gesto que reflejaba la fatiga de las últimas jornadas
— Las camionetas de seguridad ya están en los puestos periféricos, Marco. Los hombres de Moretti que quedaron en la zona sur están demasiado asustados para intentar un contragolpe esta semana. La limpieza que hicieron los muchachos en Greenpoint dejó las calles del este completamente mudas
— Me alegra escuchar eso, Fabián — respondió Marco, soltando una bocanada de humo espeso — Pero lo que me interesa consolidar ahora no son los muelles, sino la estructura financiera. Estuve revisando los peritajes técnicos que la chica Vance dejó en la carpeta antes de subir al avión. Sus observaciones sobre las falsificaciones de Chelsea son de un nivel profesional que no habíamos tenido en esta organización desde que cerramos los tratos con los compradores de París
Fabián asintió, dándole un sorbo a su trago con una seriedad que disipó la ligereza del ambiente
— Tu hijo Camilo se volvió loco en Nueva York por ella, Marco. Franco me contó que nunca lo había visto perder la cabeza de esa manera en un callejón. Si esa mujer no hubiera mantenido la boca cerrada frente al enemigo, la Trinidad habría tenido que librar una guerra civil en mitad de Manhattan para rescatar el honor del apellido. Caroline y Estefany están de acuerdo en que mantenerla cerca y contenta es la mejor forma de asegurar que Camilo no vuelva a distraerse de sus obligaciones en el centro
— Ella ya no es una distracción, Fabián, ahora es un activo — sentenció Marco con una voz gélida que puso fin a las especulaciones de su cuñado — Si su talento sirve para limpiar los libros contables y su presencia mantiene la cabeza de mi hijo enfocada en las rutas de Nueva Jersey, la aceptaremos en esta mesa con los mismos derechos que Elena. Pero mañana quiero que empiece a trabajar en el catálogo de los almacenes del norte. No vamos a permitir que el lujos de esa habitación se pague con la holgazanería
En la planta noble del ala oeste, Franco y Elena compartían una última charla en la sala de estar privada antes de retirarse a descansar. Elena, vestida con su bata de seda color marfil, permanecía junto al ventanal observando la llovizna fina que comenzaba a congelarse sobre los senderos del jardín
Su semblante ya no reflejaba la rabia de las primeras semanas, la madurez política que la caracterizaba le había permitido entender que la inclusión de Isabella era un movimiento necesario para la supervivencia del clan
— Tu primo no va a bajar a la oficina mañana temprano, Elen — comentó Franco con una sonrisa sutil, estirando las piernas sobre el diván de terciopelo — Después de lo que pasó en Greenpoint y de la forma en que cerró la puerta del ala central esta tarde, dudo que tenga la cabeza puesta en las bitácoras de los barcos antes del mediodía
Elena se volvió hacia él, cruzándose de brazos con esa elegancia que imitaba a su tía Caroline
— No me importa que se tome la mañana libre, Franco, siempre y cuando los informes de Chelsea estén en mi escritorio a primera hora. Isabella cumplió su parte del trato en Nueva York y demostró que tiene las agallas que se necesitan para llevar nuestro apellido en la calle. Mañana me reuniré con ella en la biblioteca para dividir las cuentas del este. Si mi tío Marco quiere resultados limpios, nosotras dos nos encargaremos de dárselos sin necesidad de que Camilo tenga que intervenir en cada balance
— Me alegra escuchar eso, hermana — respondió Franco, levantándose del sofá y dándole un beso corto en la frente — La Trinidad volvió a las calles y demostró que sigue mandando en esta costa. Deja que nuestro primo disfrute de su nueva reina, nosotros tenemos que cuidar que los cimientos de esta casa sigan siendo de hierro
De regreso en el dormitorio principal del ala central, la madrugada avanzaba con una tranquilidad densa. Isabella permanecía recostada sobre el pecho de Camilo, escuchando el latido pausado de su corazón mientras los dedos del hombre continuaban acariciándole el hombro con un ritmo mecánico. La luz de la luna lograba abrirse paso entre las nubes, iluminando la habitación con un brillo grisáceo que resaltaba la complicidad de la nueva pareja
Isabella levantó la vista, encontrándose con la mirada despierta de Camilo, que la observaba en silencio con una fijeza llena de orgullo
— Todo va a cambiar a partir de mañana, ¿verdad? — susurró ella con una sonrisa sutil regresando a sus labios pálidos
— Todo ya cambió, Isabella — respondió Camilo, inclinándose para darle un beso corto en los labios, un contacto que volvió a encender esa chispa de deseo latente en la penumbra del cuarto — Mañana bajaras a la biblioteca como la dueña de tus espacios y Elena trabajará bajo tus directrices técnicas. Has dejado de ser la prisionera de esta mansión para convertirte en la corona de mi vida. Y este imperio se va a encargar de protegerte aunque tengamos que quemar la ciudad entera otra vez para asegurar tu paz
Isabella se acomodó entre sus brazos, cerrando los ojos con la certeza de que su estrategia de manipulación se había convertido en un lazo de amor indisoluble, una entrega de carne y hierro que prometía consolidar el dominio de los Rossi-Richi sobre una base de talento y devoción que ningún enemigo de las calles de Chicago podría volver a fracturar en el futuro.