Después de un día duro de trabajo como pasante pero entra en su apartamento se desmaya luego de tropezar y de quejarse por las horas extras desearía no tener horas laborales desearía ser una holgazán y que me adorarán, cae inconsciente se oye una voz dentro de su mente iniciándo el sistema de la Diosa iniciando viaje desea comenzar...
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La Verdad bajo los efectos del alcohol
Pearl:
El fuego de la chimenea crepitaba suavemente, bañando el gran salón privado del palacio en una luz ámbar y cálida. Las copas ya habían sido rellenadas varias veces, y el efecto del vino añejo y los licores fuertes comenzaba a hacerse notar no solo en mi cuerpo, sino en el de ellos. La rigidez real y la disciplina militar se habían ido desvaneciendo, reemplazadas por una calidez humana, casi peligrosa en su intensidad.
La noche avanzaba y el ambiente se había vuelto aún más cálido y cercano. Sobre mí llevaba el cariño de cada uno: en mi dedo anular brillaba el anillo que Kyros me había regalado, símbolo de unión y pertenencia; y alrededor de mi cuello colgaba el delicado collar de Ian, que bailaba suavemente con cada movimiento.
Pero el momento más intenso llegó cuando el General Emmanuel me pidió con la mirada que lo acompañara a un rincón apartado, cerca de la gran ventana donde la luz de la luna entraba.
Milady... Mi Diosa susurró él, su voz grave vibrando con emoción. Todo lo demás es adorno, pero esto es fuerza.
Sacó de su funda una hermosa daga, con la empuñadura tallada en acero y detalles oscuros, y me la entregó sosteniendo mis manos entre las suyas.
Esta arma es para que te defiendas aunque se que no la necesitas, pero también es un símbolo: significa que mi espada y mi vida son suyas. Donde usted vaya, irá mi protección.
Sus ojos, normalmente severos, ahora ardían con una intensidad imposible de ignorar. Sin soltar mis manos, atrajo mi cuerpo hacia el suyo y sus labios encontraron los míos. Fue un beso fuerte, protector y apasionado, lleno de respeto convertido en deseo. Me sentí envuelta en su calor y su fuerza, perdida en ese instante que era solo nuestro.
El calor del fuego y la confianza hicieron el resto, y yo, sintiendo el peso reconfortante de la daga en mi mano y el recuerdo del beso.Al regresar al centro me senté en el piso como si fuera un secreto.
Me levanté un poco tambaleante, sintiéndome poderosa y llena de amor, y caminé hacia el centro de la estancia, extendiendo mis brazos como si quisiera abrazar el mundo.
¡Escuchen! exclamé con voz clara, aunque con un ligero deje juguetón. Ustedes no entienden... no saben lo valiosos que son para mí. Kyros, eres mi roca, mi refugio, el dueño de mi lealtad. Ian... eres la alegría de mis días, la luz que quita la oscuridad. Y Emmanuel... tú eres mi protección, mi fuerza, el guerrero que siempre velará por mí.
Sonreí, sintiendo mis ojos llenarse de lágrimas de felicidad.
Son los tres importantes... los tres son dueños de partes de mi corazón. Los amo a los tres por igual, porque cada uno es único e irreemplazable.
Mis palabras, dichas con la sinceridad que solo el alcohol permite, actuaron como un conjuro. El ambiente cambió de repente. Lo que era paz, se convirtió en una intensa competencia silenciosa pero feroz.
El Príncipe Kyros, que hasta entonces observaba con media sonrisa, apretó su copa y se puso de pie. Su mirada, normalmente serena, estaba oscurecida por el deseo y una posesividad innegable.
¿Igual? repitió, su voz grave resonando en la habitación. Pearl, no puedes decir eso. Yo soy quien te abrió las puertas de mi mundo, yo soy quien te dio un lugar a su lado como igual. Soy el que piensa en ti en cada decisión, en cada noche. ¿Cómo puedes compararme? Yo soy tu destino.
No dejó hablar a nadie. Ian, con las mejillas rojas y los ojos brillantes de emoción, se levantó de un salto, interrumpiendo a su hermano.
¡No digas tonterías, Kyros! exclamó Ian riendo nerviosamente, acercándose a mí con pasos rápidos. ¡Ella me ama a mí! Soy el que la hace reír, me conoció primero el que le quita el peso de la corona. Mira cómo me mira... mi Diosa, dime que soy yo tu favorito. Dime que sin mí te aburrirías y morirías de tristeza. Yo le doy vida a tu mundo, no la seriedad aburrida.
Pero el General Emmanuel, que permanecía sentado con la mandíbula tensa, soltó un gruñido bajo y se puso de pie. Su estatura imponente parecía crecer. Se ajustó el cuello de la camisa, visiblemente afectado por el licor y mis palabras.
Basta de palabras vacías, príncipes yo soy quien la conoció más primero, fui yo quien le dio el primer beso intervino Emmanuel, dando un paso firme hacia mí, separando suavemente a Ian con el hombro. Milady... Pearl... Eres mi Diosa yo no ofrezco palabras bonitas. Ofrezco mi vida. La daga que tienes ahí es mi promesa. Yo soy el que se interpondría entre usted y la muerte. ¿Quién más puede ofrecerle seguridad absoluta? Mi fuerza es suya, mi espada es suya... y mi corazón arde por usted como ningún otro.
¡Ella dijo que somos importantes los tres! gritó Kyros, además como pudiste adelantarte entre nosotros soy importante, acercándose más, invadiendo mi espacio personal.
¡Pero uno debe ser el primero! replicó Ian, tomando mi mano libre y besándola con desesperación dulce.
No hay jerarquía en el amor, pero sí en la entrega... sentenció Emmanuel, colocando una mano pesada y caliente en mi cintura, atrayéndome hacia su lado.
Estaba rodeada. Tres hombres poderosos, borrachos de vino y de deseo, discutiendo acaloradamente sobre mí, peleando el uno contra el otro para ver quién merecía más mi afecto, quién era el más esencial en mi vida. Sus voces se superponían, sus miradas eran feroces entre ellos, pero todas llenas de adoración hacia mí.
¡Es mía! afirmó Kyros, tomando mi rostro entre sus manos.
¡No, es nuestra alegría! reclamó Ian, abrazándome por la espalda.
Es mi guardada, mi razón de servir... susurró Emmanuel, besando mi cuello con urgencia.
La discusión se volvió más y más caliente, hasta que las palabras ya no bastaron. La tensión era eléctrica, chispeante. Y entonces, en medio de ese caos hermoso, entendimos todos al mismo tiempo: no había necesidad de elegir. Porque yo los quería a los tres, y ellos, aunque compitieran, sabían que compartirme era el único premio posible.
El control se rompió por completo.
Kyros fue el primero en actuar con decisión. Sin soltarme, me guió hacia el gran diván tapizado de terciopelo que estaba junto al fuego. Sus labios buscaron los míos con hambre, un beso profundo y dominante, diciéndome sin palabras que yo era su reina.
Eres la diosa de todo esto... murmuró contra mi boca. Y nosotros somos tus devotos.
Mientras Kyros besaba mis labios, sentí cómo Ian se acomodaba a mi lado, besando mis hombros, mi cuello, sus manos traviesas y cariñosas recorriendo mi cuerpo con una mezcla de respeto y locura.
Pearl... Pearl... tan suave, tan perfecta... susurraba él entre besos húmedos y calientes. Déjame amarte, déjanos hacerte sentir que eres la mujer más deseada del universo.
Y detrás de mí, la presencia inconfundible de Emmanuel. El general me rodeó con sus brazos de acero, creando una barrera protectora y posesiva. Su boca bajó por mi espalda y mi oreja, su respiración era caliente y pesada.
Te tengo... finalmente te tengo ronroneó él, su voz grave vibrando en mi piel. Te mostraré cuánto significas para mí. No dejaré ni un centímetro de tu piel sin adorar.
No hubo más espacio, no hubo más distancias. Nos fundimos en un solo cuerpo y un solo calor. Los tres me rodearon, me acorralaron con su amor y su deseo, creando un nido de pasión donde cada uno quería demostrarme, a último momento, que su forma de amar era la más intensa.
Kyros con su elegancia y fuego controlado, Ian con su locura y ternura infinita, Emmanuel con su fuerza y pasión desbordada. Todos competían en ese acto de amor, queriendo ser el mejor para mí, queriendo ganarse mi gemido, mi aprobación, mi corazón.
Me sentí reina, me sentí diosa, me sentí completamente llena. Sus manos, sus bocas, sus cuerpos trabajaban en una sinfonía caótica y perfecta, reclamándome, amándome, demostrando que, aunque pelearan por quién era el más importante, estaban dispuestos a compartirme y adorarme juntos.
La noche se llenó de susurros, de nombres dichos al oído, de promesas de amor eterno y de la certeza de que éramos uno solo.
Cuando el fuego se apagó y la pasión dio paso al cansancio más dulce, el silencio volvió a la habitación, pero esta vez era un silencio pesado, satisfactorio y lleno de paz.
Estábamos todos entrelazados en el gran lecho improvisado del salón, cubiertos por mantas y por el calor de nuestros propios cuerpos.
Yo descansaba en el centro, protegida y amada.
A mi derecha, Kyros me tenía abrazada por la cintura, su cabeza descansaba en mi hombro, su respiración ya lenta y profunda. Su expresión era serena, sin el peso de la corona, solo un hombre satisfecho y en paz. "Eres mía... y nuestra...", murmuró en sueños antes de quedar completamente rendido.
A mi izquierda, Ian había buscado mi mano y la tenía apretada contra su pecho, durmiendo como un niño pequeño, con una sonrisa dibujada en los labios, totalmente relajado y sin ninguna pena ni vergüenza, feliz de estar ahí, de haber sido parte de esa noche mágica.
Y detrás de mí, pegado completamente a mi espalda, estaba Emmanuel. Sus brazos fuertes me rodeaban como una armadura protectora. Su rostro estaba escondido en mi cuello, respirando mi aroma. Había dejado caer toda su disciplina militar, todo su orgullo, y simplemente dormía, tranquilo, sabiendo que su promesa de protección ahora también era una promesa de amor.
No había protocolos, no había distancias, no había competencia ya. Solo éramos cuatro almas que se habían encontrado, que se habían amado con locura bajo el efecto del vino y la verdad, y que ahora dormían juntas, sin ninguna pena, sin ningún miedo, completos y felices.
Cerré los ojos por última vez, sintiendo el latido de tres corazones junto al mío, sabiendo que pertenecía a ellos, y ellos a mí, para siempre.