El Amor Congelado es de un romance oscuro y fantasía que narra la historia de Arieth, una mujer que descubre la traición de su esposo justo antes de que él caiga víctima de un hechizo lanzado por una mujer malvada. Cuando los médicos no pueden salvarlo, Arieth viaja a tierras lejanas en busca de una poderosa bruja que pueda romper el encantamiento.
La obra combina amor, magia, traición y sacrificio, mostrando cómo el verdadero amor puede enfrentar incluso la oscuridad más profunda.
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Lo que el vidrio no oculta
El mensaje de Helena quedó suspendido en la habitación incluso después de que Adrián dejó el teléfono boca abajo.
El silencio que siguió no era tenso. Era consciente.
Arithsa estaba recostada sobre su pecho, escuchando el ritmo firme de su corazón. Afuera, la ciudad seguía despierta; el murmullo lejano de los autos subía como una respiración constante desde la avenida.
—No dejes que entre aquí —murmuró ella suavemente.
Adrián deslizó los dedos por su brazo desnudo.
—No lo haré.
Pero ambos sabían que el mundo exterior siempre encontraba una forma de filtrarse.
La habitación estaba iluminada solo por la luz tenue de una lámpara lateral y el reflejo gris de la ciudad a través del enorme ventanal de vidrio que ocupaba casi toda la pared.
Bogotá parecía infinita desde esa altura.
Arithsa se incorporó ligeramente y lo miró.
—Mañana será un día pesado.
—Lo sé.
—Entonces esta noche es nuestra.
No fue una frase impulsiva.
Fue una decisión.
Adrián pasó la mano por su cintura con lentitud, atrayéndola más hacia él. No había prisa en sus movimientos. Era una cercanía que se construía despacio, como si cada gesto necesitara quedarse grabado.
La besó en la frente primero.
Luego en la mejilla.
Después en los labios.
El beso comenzó suave, pero se profundizó cuando Arithsa pasó sus dedos por la línea de su mandíbula, reconociendo cada ángulo, cada respiración.
El mundo empresarial, las estrategias, Helena… todo quedó reducido a ruido lejano.
Adrián se inclinó sobre ella con cuidado, sosteniendo su peso para no aplastarla. Sus miradas se cruzaron a pocos centímetros.
—Cuando me miras así —susurró él— siento que nada puede romper esto.
Arithsa sostuvo su rostro entre las manos.
—Entonces no lo permitas.
El beso siguiente fue más lento, más profundo. No era fuego descontrolado, era calor que crecía desde adentro. Las manos de Adrián recorrieron su espalda con suavidad, como si cada caricia fuera una confirmación silenciosa de pertenencia.
Arithsa respondió acercándose más, sus dedos trazando caminos por su pecho, sintiendo la respiración acelerarse poco a poco.
La luz de la ciudad entraba por el vidrio, delineando sus siluetas con sombras suaves.
Se movían sin ansiedad.
Sin urgencia.
Solo conexión.
El sonido de sus respiraciones mezcladas llenaba el espacio que antes ocupaba la preocupación.
Adrián bajó lentamente por su cuello, dejando besos cálidos que despertaban pequeñas reacciones involuntarias en ella. Arithsa cerró los ojos, dejándose sentir sin reservas.
No había competencia.
No había estrategia.
Solo dos personas eligiéndose.
—No quiero que mañana cambie lo que somos hoy —murmuró ella.
Él levantó la mirada hacia la suya.
—No cambiará.
Se unieron con una cercanía que no necesitaba ser apresurada. Cada movimiento era consciente, como si supieran que estaban fortaleciendo algo más grande que el deseo.
Fue un momento profundo, lleno de confianza.
Cuando finalmente quedaron abrazados, la ciudad seguía brillando detrás del vidrio, testigo silencioso.
Pero no tan silencioso como ellos creían.
A varios edificios de distancia, en una torre con vista directa hacia el hotel, una figura permanecía de pie frente a un ventanal.
Helena.
No había casualidad en su elección de apartamento.
La ubicación ofrecía una vista amplia del sector financiero… y de algunos hoteles estratégicos.
Sostenía unos binoculares pequeños, elegantes, casi discretos.
No por celos.
Por análisis.
Observaba los movimientos, la cercanía, la forma en que Adrián la abrazaba incluso después de que el momento íntimo terminaba.
Helena bajó los binoculares lentamente.
No había rabia en su rostro.
Había cálculo.
—Es fuerte —susurró para sí.
Se apoyó en el vidrio, mirando la habitación iluminada a lo lejos.
No vio pasión desenfrenada.
Vio estabilidad.
Y eso era más difícil de romper.
Regresó al escritorio y abrió nuevamente el libro antiguo, pero no pasó las páginas.
Solo apoyó la mano sobre él.
—El hechizo no funciona si el vínculo es puro —murmuró—. Primero hay que crear grietas.
Cerró el libro.
Mañana no atacaría el corazón.
Atacaría la mente.
Volvió a mirar hacia el hotel.
En la habitación, Adrián y Arithsa ya dormían, entrelazados, ajenos a la mirada distante.
La calma seguía intacta.
Pero ahora alguien conocía exactamente la fuerza de su unión.
Y cuando conoces la estructura de algo…
Sabes dónde presionar.