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La Piel Del Subconsciente

La Piel Del Subconsciente

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Fenty fuentes

Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.

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el heredero del abismo

Capítulo 22:

​El motor del deportivo rugía con una agresividad que Julián sentía vibrar en sus propios huesos. Al cruzar el imponente umbral de la mansión, el chirrido de los neumáticos sobre la grava sonó como un grito de guerra. No miró atrás. No quería ver la fachada de la casa que, hasta hace apenas una hora, consideraba su fortaleza y que ahora se le presentaba como un territorio hostil. Valeria lo había echado. Esas palabras —“vete de mi casa, quiero el divorcio”— golpeaban las paredes de su cráneo como un martillo rítmico y despiadado.

​Se incorporó al flujo de Nueva York, un río de metal y luces de freno que avanzaba con una lentitud exasperante. El aire acondicionado del coche estaba al máximo, pero Julián sentía un calor sofocante subiéndole por el cuello. Golpeó el volante con la base de la palma, una, dos veces, liberando una fracción de la rabia que lo consumía. Estaba atrapado en el tráfico, pero sobre todo, estaba atrapado en una realidad que no había previsto.

​Con un movimiento brusco, tomó el teléfono. Sus dedos temblaban ligeramente mientras buscaba el contacto de Beatriz. Ella tenía que saberlo. Ella era la otra mitad de este nudo de mentiras que ahora amenazaba con asfixiarlo.

​—¿Julián? ¿Qué pasa? —la voz de Beatriz sonó distante, filtrada por el ruido de fondo de la oficina.

​—Valeria me pidió el divorcio —soltó él, sin preámbulos, con una voz gélida que ocultaba el pánico—. Me echó de la mansión, Beatriz. Quiere que desocupe mis cosas hoy mismo.

​Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Julián podía imaginar a Beatriz palideciendo tras su escritorio.

—¿Cómo que el divorcio? Julián, si ella hace eso ahora, todo nuestro plan se va al carajo. No hemos asegurado ni la mitad de lo que...

​—¡Cállate! —la interrumpió él, viendo cómo un taxi amarillo se le cerraba en el carril—. No me hables de planes ahora. Necesito que te prepares. Voy a ir al hotel a media tarde, allí hablaremos con calma de qué maldito plan vamos a montar para que no nos deje en la calle. Llego a la empresa en diez minutos. No hagas nada estúpido.

​Colgó sin esperar una respuesta, arrojando el teléfono al asiento del copiloto como si fuera un objeto incandescente. Su mente volaba más rápido que el tráfico. Tenía que entrar en esa oficina y actuar como si el mundo no se estuviera desmoronando bajo sus pies.

​Cuando finalmente llegó al edificio de la corporación, Julián bajó del coche con una elegancia ensayada. Se detuvo un segundo frente al espejo retrovisor para verificar que su máscara de poder estaba intacta. El señor Guerrero, el portero de toda la vida, se acercó con su habitual paso pausado para recibir el vehículo.

​—Buenos días, señor Julián —dijo el hombre, extendiendo la mano.

Julián le tendió las llaves sin siquiera rozar sus dedos, un gesto de desdén que usaba como escudo.

—Cuídelo bien, Guerrero. Y no quiero que nadie lo toque —ordenó con voz cortante.

​Se ajustó el saco del traje, alisó las solapas con un movimiento mecánico y se encaminó hacia el ascensor. Mientras subía, el marcador digital avanzaba lentamente: 10... 15... 20. El ascenso se sentía eterno, como si la gravedad estuviera tratando de recordarle que, a pesar de estar en la cima, la caída podía ser mortal.

​Al abrirse las puertas en el piso 20, el corazón le dio un vuelco. No estaba Beatriz. En su lugar, una mujer de unos cincuenta años, con un rostro de piedra y gafas de lectura, lo observaba con una eficiencia que le resultó insultante.

​—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi secretaria? —preguntó Julián, sintiendo que el control se le escapaba entre los dedos.

—La señora Valeria ordenó cambios en el personal administrativo esta mañana, señor. Soy su nueva asistente —respondió la mujer con una voz que no admitía réplicas.

​Julián apretó la mandíbula hasta que le dolió. Valeria se estaba moviendo rápido; estaba cercando su territorio.

—Tráigame un café fuerte. Negro. Y que no se le ocurra pasarme una sola llamada. Si alguien pregunta, estoy en una reunión crucial —espetó antes de entrar en su despacho y cerrar la puerta con un estruendo que hizo vibrar los cristales.

​Se dejó caer en su silla presidencial, esa que siempre lo había hecho sentir invencible. Giró hacia el ventanal y hundió la mirada en el horizonte de rascacielos. ¿Qué hice mal?, se preguntaba. Había sido meticuloso, frío, calculador. ¿Cómo pudo esa mujer, a la que creía tener bajo su pulgar, rebelarse con tanta violencia?

​Un golpe insistente en la madera de la puerta lo sacó de su letargo.

—¡Dije que no quería a nadie! —rugió.

​Sin embargo, la puerta se abrió. No era la secretaria, sino Marcus, el contador principal, un hombre que normalmente era la definición de la calma pero que ahora lucía un cerco de sudor en la frente.

—Perdone, señor, pero esto es una emergencia financiera. No puede esperar ni un segundo más.

​Julián se enderezó, sintiendo un frío repentino en el estómago. Marcus puso un fajo de informes sobre el escritorio de caoba.

—Hemos detectado irregularidades graves en las cuentas de reserva. Hay un flujo de capital constante que se está desviando hacia una cuenta en el extranjero... específicamente en Rusia. Es un fraude, Julián. Y es masivo. Estamos hablando de millones que han desaparecido en los últimos meses.

​Julián se quedó mudo. El mundo pareció detenerse por un instante. Rusia. La palabra resonaba en sus oídos como una sentencia. Sus propios pecados empezaban a emerger de las sombras en el peor momento posible. Durante un segundo, el pánico fue visible en sus ojos, pero se recuperó con una rapidez asombrosa, una habilidad que solo tienen los depredadores.

​—Yo... yo me encargo de esto, Marcus —dijo, intentando que su voz no temblara—. Sé qué está pasando. Es una operación encubierta que Valeria y yo estábamos manejando para una inversión.

​—Pero señor —insistió el contador, confundido—, los protocolos exigen que informemos a la señora Valeria formalmente. Ella es la dueña del patrimonio y esto debe reportarse a la junta hoy mismo si queremos evitar consecuencias legales.

​Julián se puso de pie lentamente, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de Marcus. Su rostro se transformó en una máscara de ferocidad pura. Sus ojos, antes cansados, ahora brillaban con una amenaza letal.

—No vas a llamar a nadie. No vas a informar a nadie. Yo hablaré con Valeria y yo arreglaré este "problema". Si abres la boca antes de que yo te lo autorice, te aseguro que te hundiré con nosotros. ¿Fui claro?

​Marcus dio un paso atrás, tragando saliva. Nunca había visto a Julián así, con esa sombra de desesperación y maldad cruzándole el rostro. Asintió en silencio y salió de la oficina casi sin respirar.

​La Ventana de la Muerte

​Solo de nuevo, Julián caminó hacia el enorme ventanal. Nueva York se extendía a sus pies, una ciudad de cristal y ambición. Se apoyó contra el vidrio frío, mirando hacia abajo, donde la gente parecía insignificante, como hormigas que podían ser aplastadas sin remordimiento.

​Fue en ese momento cuando la idea cruzó su mente. Fue una chispa oscura, un pensamiento que al principio le causó un escalofrío, pero que luego empezó a saborear.

​"Si Valeria muere...", susurró, y su propio aliento empañó el cristal.

​Si ella desaparecía antes de que el divorcio fuera una realidad legal, todo volvería a él. No habría expulsión de la mansión, no habría juicios, no habría auditorías que lo señalaran por el fraude ruso. Él sería el único heredero. El dueño absoluto de todo lo que veía desde esa altura. Una sonrisa lenta, cargada de una perversidad nueva, se dibujó en sus labios. Ya no tenía miedo. Tenía un propósito.

​Se sentó de nuevo en su escritorio y comenzó a organizar los papeles con una energía febril. Tenía que dejar todo listo, aparentar normalidad y esperar a que llegara la hora de ver a Beatriz en el hotel. Tenía una propuesta que hacerle, una que no admitía vueltas atrás. Ya no se trataba de amor ni de infidelidad; se trataba de supervivencia y de sangre.

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la niña de corazón
si
la niña de corazón
comienzo
para mí será negativo 🤭
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