Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Enemigo en la sombra
En la oficina principal de aquel conglomerado donde el poder era el que regia, dos mujeres que llevaban años sin verse seguían poniéndose al día de como continuaron sus vidas todo este tiempo.
—Tu esposo es muy guapo, casi se me cae la baba cuando lo vi —comento Alexa volviendo a ser la misma de siempre.
—Sí, Lissandro es muy atractivo — respondió Miranda sin demostrar sentimiento alguno.
—No te veo muy feliz, amiga. No me digas que te trata mal, porque si es así le partiré la cara.
—No, no es eso. Lissandro me trata como a una reina.
—¿Pero? — pregunto Alexa sabiendo que algo no cuadraba en esa vida perfecta que su amiga mostraba al mundo.
—Es algo muy difícil de explicar y no quiero hablar de eso ahora, mejor cuéntame cómo te va en tu matrimonio.
Miranda desvió la conversación centrada en ella hacia su amiga, y aunque ella podía confiar en su amiga había cosas que eran mejor dejar en lo oculto.
—Está bien, entiendo que quieres mantener tu relación bajo perfil. Solo quiero que sepas que estoy contigo para lo que sea —señalo Alexa mostrándose comprensiva.
—Gracias, amiga, lo sé — dijo Miranda mostrando una media sonrisa —. Cuéntame sobre tu esposo, ¿Cómo lo conociste?
Alexa sonrió, pues su relación con Víctor De Las Casas era realmente un sueño.
—Esa sonrisa me lo dice todo — comento Miranda sintiéndose realmente feliz por su amiga.
—Sí, él es maravilloso. Nos conocimos un mes después de que tú desaparecieras convirtiéndose en mi apoyo. Nos casamos un año después de empezar a salir y tenemos un hijo precioso, Ethan —. Explico Alexa emocionada.
—Victor De Las Casas... Lo conozco, es muy bueno para hacer negocios, lo que nunca pensé era que fuera tu esposo.
—Nuestra relación es muy conservada, nos mantenemos fuera del foco público por el bien de nuestro hijo.
—Te entiendo, lo mismo hice durante estos años. Mantener mi identidad en secreto para protegerme a mí y a Lissandro del acecho de los Lara.
—Debes tener cuidado con ellos, no confíes en nadie de tu familia ni de la los Lara, algo están tramando.
—El lobo a veces se viste de oveja — fue todo el comentario de Miranda, no dio explicaciones.
Las amigas quedaron en verse otro día para seguir con su conversación, Alexa se despidió de Miranda y salió de la oficina.
Por su lado, Miranda se quedó pensativa viendo como su amiga se marchaba, en eso entro Lissandro mostrándole una mirada comprensiva.
—¿Cómo te fue con tu amiga? — pregunto Lissandro caminando hacia ella.
—Me fue bien —respondió Miranda, dejando que la tensión acumulada en sus hombros cediera ligeramente ante la presencia de Lissandro—. Alexa no ha cambiado. Sigue siendo la única persona capaz de ver a través de mis muros, aunque ahora tiene una vida propia que proteger.
Lissandro se detuvo frente al escritorio, observando la silla vacía donde antes estaba sentada Alexa.
—Mencionaste que su esposo es Víctor De Las Casas —comentó él, cruzando los brazos—. Es un hombre astuto, con una ética impecable. Si ella está con él, significa que tienes un flanco cubierto que no habíamos considerado.
—Así es. Pero lo que más me inquieta es su advertencia —Miranda se levantó y caminó hacia el ventanal, observando el latido incesante de la ciudad—. Me pidió que no confiara en nadie, ni de mi familia ni de los Lara. Dijo que algo se está gestando en las sombras.
Lissandro se acercó a ella, colocándose a su espalda. Sintió el calor que emanaba de su cuerpo y, por un momento, el deseo de protegerla superó cualquier estrategia de negocios.
—"El lobo a veces se viste de oveja", eso fue lo que le dijiste —recordó él en un susurro—. ¿Tienes sospechas de alguien en particular?
Miranda guardó silencio unos segundos, viendo su reflejo y el de Lissandro en el cristal.
—Sospecho de todos, Lissandro. Incluso de los que parecen más inofensivos. La traición de Andrés me enseñó que el cuchillo más afilado siempre viene de quien sostiene tu mano —Miranda se giró para enfrentarlo, su mirada recuperando ese brillo gélido—. Alexa mencionó que Andrés ha estado errático. Cree que él sabe más de lo que aparenta.
En ese momento, el teléfono privado de Lissandro vibró con una urgencia ensordecedora. Él lo sacó del bolsillo y su expresión se endureció al leer el mensaje de texto.
—Es del equipo de vigilancia de la mansión —dijo él, su voz volviéndose puro hielo—. Han interceptado un vehículo merodeando cerca de la entrada lateral. No es de la prensa, Miranda. Es un auto registrado a nombre de una empresa fantasma vinculada a los De La Vega.
El aire en la oficina pareció congelarse. Miranda sintió un pinchazo de terror en el estómago.
—Lía —susurró ella, con el corazón martilleando contra sus costillas.
—Mis hombres están en posición, pero esto confirma tus miedos —Lissandro guardó el teléfono y tomó a Miranda por los hombros—. Alguien le dio la ubicación exacta de nuestra residencia privada a los Lara. Esa información no está en los registros públicos del conglomerado. Solo un puñado de personas sabe que vivimos allí.
Miranda apretó los dientes, sintiendo cómo la ira desplazaba al miedo. Alguien en su círculo íntimo, o quizás ese enemigo que odia a Elena y que aún no muestra la cara, había entregado la cabeza de su hija en bandeja de plata.
—Ya no estamos solo jugando con sus acciones bancarias, Lissandro —dijo Miranda, sus ojos brillando con una resolución letal—. Han intentado acercarse a mi hija. Mañana no quiero ver a Andrés Lara preocupado por una auditoría; quiero verlo suplicando por su vida.
—Lo hará —prometió Lissandro, y por primera vez, no fue un beso lo que selló el pacto, sino una mirada de odio compartido—. Mañana, el mundo financiero se despertará con la noticia de que Lara Investments ha dejado de existir. Y mientras él intenta salvar los restos de su fortuna, nosotros nos encargaremos de que no tenga un lugar donde esconderse.
Lissandro rodeó la cintura de Miranda, atrayéndola hacia él. La cercanía ya no era solo un truco para las cámaras; era la necesidad de dos guerreros que sabían que la batalla final acababa de comenzar. En la quietud de la oficina, el destino de los traidores quedó sellado bajo la luz del atardecer neoyorquino.