En un mundo donde el poder corrompe y la sangre siempre se paga con más sangre, la paz no es más que una mentira bien contada.
Ella creció entre sombras, bajo las reglas de una familia donde la mafia dictaba cada paso.
Ahora sigue el mismo camino hasta que un enemigo de su familia aparece para arrastrarla a un infierno de verdades que duelen, pactos rotos y recuerdos que jamás murieron.
Entre la oscuridad del odio y la fragilidad del amor, deberá elegir: ¿vale su alma mas que la venganza… o ya es demasiado tarde para salvarla?
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Capitolo 10
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El primer día en Alemania amaneció rodeado de temor. No era miedo puro, sino esa sensación incomoda de estar en un lugar donde nadie conoce tu nombre, donde no tienes aliados visibles y cada rostro puede que sea una amenaza. El aire parecía más denso, como si la ciudad misma estuviera evaluándome.
Sali de la habitación después de colocarme un saco nuevo. Ricci seguía en la cocina, limpiando con movimientos automáticos, observándome por el rabillo del ojo.
—¿No vas a descansar?—preguntó sin mirarme directamente.
—No—respondí mientras ajustaba el cuello del saco—Necesito recorrer la zona. Tú puedes empezar a montar el ordenador; lo necesitaremos para el seguimiento de la misión.
Ricci dejó el trapo sobre la mesa y me observó con atención.
—Eres muy terca. Espero que no te pierdas.
—No lo haré.
—Montaré todos los equipos—continuó—pero tú asegúrate de que te vean en la calle y sepan que estas aquí para que los becker te contacten.
Esbocé una sonrisa breve.
—¿Por qué crees que saldré? Sabes perfectamente cómo pienso.
El negó con su cabeza.
—A veces me impresiona tu inteligencia. Ten cuidado, chiara.
No respondí. Solo asentí y Salí del apartamento. El exterior me golpeó de inmediato. La cantidad de gente era abrumadora. Algunos caminaban sin rumbo, con el cansancio tatuado en la piel; otros parecían moverse con prisa artificial, como si huyeran de algo invisible. Había miradas vacías, pasos inseguros, risas que no llegaban a los ojos.
Avancé hasta una zona más abierta, donde vi llantas apiladas formando muros improvisados. Más adelante, un camino estrecho estaba vigilado por hombres armados, vestidos con trajes oscuros demasiado elegantes para el entorno. Sus miradas se deslizaron sobre mí, de arriba abajo, evaluándome. No eran miradas vulgares: eran miradas que me habían reconocido.
Entonces, una mujer se me acerco de repente.
Era muy anciana. Vestía completamente de negro, con guantes y botas largas, se apoyaba en un bastón gastado. Su rostro estaba surcado por arrugas profundas, pero sus ojos… estaban despiertos.
—Es la zona A —susurró—. Aquí puedes conseguir desde la droga más pura hasta la más sintética y falsa que haya existido.
—¿Y quién manda aquí? —pregunté sin rodeos.
—Un hombre llamado Theo. Si quieres, puedo decirle que te consiga lo que buscas.
—¿Ese hombre conoce a los Becker?
La mujer se tensó. Miró a ambos lados antes de volver a mirarme.
—Está prohibido nombrar ese apellido aquí.
—¿Por qué?
—Porque nadie se atreve —respondió—. Son los dueños de todo Alemania. Tan poderosos que nuestras vidas dependen de ellos.
—¿Dónde frecuentan?
—En bares, casinos… en cualquier lugar donde el poder se pueda oler.
La observé con atención.
—¿Theo puede hacer que me contacte con ellos?
Dudó unos segundos.
—Puedo hacer que mañana te reúnas con él en su lugar de trabajo.
—Bien. ¿Cómo puedo encontrarte entre tanta gente?
—Siempre estoy aquí. Ven a las nueve de la mañana y te llevaré ante él.
—Grazie. Una última cosa… ¿sabes dónde puedo conseguir algo de comer?
—En la calle de la izquierda.
Le agradecí y me alejé. Caminé entre tiendas pequeñas y puestos improvisados. Compré un Schnitzel: carne apanada, frita, con salsa de champiñones. Estaba delicioso, casi insultante para el lugar en el que me encontraba.
Pasé el resto del día observando, memorizando rutas, evaluando qué podría servirnos para mejorar el apartamento. Cuando el cielo comenzó a oscurecer, regresé.
Al llegar, les conté a Ricci y Mónica todo lo que había ocurrido. Ricci frunció el ceño de inmediato.
—¿Y si esa mujer no es de fiar? No la conoces.
—En esta vida hay que arriesgarse —respondí—. No llegaremos a los Becker sin sacrificar algo.
—Lo sé —intervino Mónica—, pero puede ser una trampa.
—Entonces lo averiguaremos —dije con calma—No tenemos nada que perder.
Ricci suspiró.
—No sé por qué sigo tus ideas locas… pero está bien.
Comimos algo rápido y me fui a dormir. A la mañana siguiente me levanté temprano, me puse ropa deportiva nueva, tal como me habían indicado, y salí.
A las nueve en punto, la mujer ya me estaba esperando.
—Eres puntual, jovencita.
—Así me educaron.
—Ven. Iremos a ver a Theo.
La seguí hasta una bodega grande y descuidada. Dentro, el ambiente era denso. Allí estaba él: alto, rubio, ojos cafés, aspecto desarreglado. Una mujer semidesnuda se marchaba mientras él me observaba sin disimulo.
La anciana habló con él en voz baja. Luego se acercó a mí y estrechó mi mano.
—Mucho gusto, Theo Theisen —dijo él—¿Cómo se llama, señorita?
—Bianca Lombardi.
—¿Y por qué tanto interés en acercarte a los Becker?
—Porque soy alguien que les resultaría interesante —respondí—Tengo información sobre la familia Vindicta de la cosa nostra.
Su expresión cambió apenas.
—La familia vindicta son enemigos de mis socios. ¿Qué tienes que ver tu con eso?
—Digamos que puedo ayudarlos a hundirlos ya que fui cercana a ellos—dije con frialdad—y si es necesario, puedo pagarte para que me ayudes a llegar a los becker.
Theo sonrió. Una sonrisa calculadora ya que sabia lo que estaba insinuándole.
—Toma asiento—ordenó el—Creo que usted y yo tenemos mucho de que hablar señorita.
y supe, en ese instante, que el primer paso ya estaba dado.
...CONTINUARÁ...