Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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Mensajes en la noche
La tarde comenzaba a caer cuando Sonia y Santiago salieron finalmente del restaurante del spa. El cielo estaba teñido de tonos anaranjados y rosados, y una brisa fresca recorría los jardines del complejo.
Habían pasado horas hablando, riendo y conociéndose mejor.
Pero como todo lo bueno…
El momento de despedirse había llegado.
Sonia apoyó la espalda contra su automóvil mientras observaba a Santiago frente a ella.
—Bueno… parece que el día terminó —dijo Sonia cruzándose de brazos.
Santiago la miró con una sonrisa relajada.
—Sí… aunque debo admitir que ha sido un día interesante.
Sonia levantó una ceja.
—¿Interesante?
—Demasiado.
Santiago dio un paso más cerca de ella.
—Masajes… Sexo… planes secretos…
Sonia soltó una pequeña risa.
—Y tú apareciendo de la nada como un acosador.
—No te quejabas hace unas horas.
—Eso fue diferente.
Santiago inclinó un poco la cabeza, mirándola con esa expresión provocadora que a Sonia comenzaba a resultarle atractiva.
—Entonces… ¿nos volveremos a ver?
Sonia lo pensó unos segundos.
La verdad era que sí quería verlo de nuevo.
—Tal vez —respondió con una sonrisa juguetona.
Santiago extendió su mano.
—Hagamos un trato.
—¿Qué tipo de trato?
—Volver a vernos pronto.
Sonia lo miró.
—Está bien.
—Perfecto.
Por un momento ambos permanecieron en silencio.
Luego Santiago se acercó un poco más.
Sonia apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él inclinó su rostro y la besó.
Pero no fue un beso corto.
Fue un beso provocador… lleno de intención.
Sonia sintió cómo su respiración se aceleraba de inmediato.
Cuando finalmente se separaron, Sonia lo empujó ligeramente.
—¡Basta!
Santiago levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
Sonia se llevó la mano al pecho intentando recuperar la calma.
—Ya basta… porque me vas a hacer mojar de nuevo.
Santiago soltó una carcajada.
—¿Ah sí?
Sonia lo miró con ojos entrecerrados.
—Estoy a punto de llevarte y encerrarte en mi habitación.
Santiago sonrió.
—Mmm… no es mala idea.
Sonia negó con la cabeza.
—Eres terrible.
Santiago cruzó los brazos.
—La lujuriosa aquí eres tú, pequeña traviesa.
Sonia se rió.
—Idiota.
Pero ambos sabían que lo decían jugando.
Finalmente Sonia abrió la puerta de su auto.
—Tengo que irme.
—Yo también.
Santiago se inclinó una última vez hacia ella.
—Cuídate.
—Tú también.
Y así, cada uno tomó su camino.
Cuando Sonia llegó a la mansión ya era bastante tarde.
Las luces de la sala estaban encendidas.
Eso la sorprendió.
—¿Quién estará despierto a esta hora?
Entró tranquilamente y dejó su bolso sobre una mesa.
Entonces vio a alguien sentado en el sofá.
Paula.
Sonia suspiró internamente.
—Perfecto… lo que me faltaba.
Paula levantó la mirada.
—Primita… ¿dónde te habías metido?
Su tono era aparentemente preocupado, pero había algo de curiosidad insistente en su voz.
Sonia no tenía ganas de discutir.
Estaba cansada.
Muy cansada.
—¿Y a ti qué te importa? —respondió con indiferencia.
Paula frunció el ceño.
—Solo preguntaba.
Pero Sonia ya estaba subiendo las escaleras.
—Buenas noches.
Paula la observó irse con los ojos entrecerrados.
Algo en la actitud de Sonia le parecía extraño.
—¿Dónde habrá estado…?
Mientras tanto…
Sonia entró en su habitación y cerró la puerta.
Se dejó caer sobre la cama con un largo suspiro.
—Estoy muerta…
Se estiró sobre el colchón mirando el techo.
—Ese Santiago me dejó sin energía.
Recordó todo lo que había pasado en el spa.
Y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Ese hombre…
En ese momento su teléfono vibró.
Sonia levantó el celular.
Era un mensaje de WhatsApp.
Santiago:
"¿Ya llegaste a casa, pequeña traviesa?"
Sonia soltó una risa suave.
Comenzó a escribir.
Sonia:
"Sí, guapo."
Pasaron apenas unos segundos cuando el teléfono volvió a sonar.
Videollamada.
Sonia dudó un momento.
Pero luego aceptó.
La pantalla se encendió.
Y lo primero que vio fue a Santiago… sin camisa.
Estaba recostado en su sofá.
Su pecho ancho y sus brazos musculosos ocupaban casi toda la pantalla.
Sonia abrió los ojos un poco más de lo normal.
Santiago sonrió.
—¿Qué ves?
Sonia reaccionó rápidamente.
—Nada.
—¿No te bastó lo que pasó en el spa?
Sonia rodó los ojos.
—Cállate.
Santiago se rió.
—Te quedaste mirando.
—No es cierto.
—Claro que sí.
Sonia levantó la mano.
—Mejor me voy.
—¿Por qué?
—Porque si sigo viendo eso…
Santiago levantó una ceja.
—¿Eso?
Sonia hizo un gesto con la mano hacia la pantalla.
—Eso.
Santiago soltó otra risa.
—Cobarde.
—Idiota.
Sonia cortó la llamada.
La pantalla quedó negra.
Por un segundo Sonia se quedó mirando el teléfono.
Y luego comenzó a reír.
—Ese hombre me va a matar de placer.
Se giró sobre la cama abrazando una almohada.
—Cada vez que lo veo me engorda la vista…
Soltó una carcajada.
—Y se me moja el calzón.
Se tapó el rostro con la almohada.
—Dios mío…
Pero aun así sonreía.
Después de semanas de estrés y preocupaciones, Santiago había aparecido en su vida como inesperadamente.
Y por alguna razón…
Le gustaba.
Mucho.
Finalmente dejó el teléfono en la mesa de noche.
Cerró los ojos.
—Mañana será otro día.
Poco a poco el sueño comenzó a vencerla.