Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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Bajo la piel del enemigo
La luz grisácea de la mañana apenas lograba filtrarse por los cristales blindados del refugio, pero para nosotros, el día ya había comenzado hacía horas entre las páginas del diario. No hubo tiempo para descansar tras descubrir la identidad de L'Alouette. La urgencia latía en el aire como una herida abierta.
Ernesto ya estaba de pie frente al espejo del búnker, transformando su apariencia con una habilidad metódica que me heló la sangre. Se había despojado de la camisa de seda; ahora vestía una chaqueta de cuero desgastada y una gorra oscura que ocultaba sus ojos grises. El CEO implacable había muerto; en su lugar, había un hombre que parecía conocer muy bien las sombras.
—No podemos salir a la calle como los Blackwood —dijo, entregándome un conjunto de ropa negra y sencilla que había sacado de un compartimento de emergencia—. En el "Inframundo", el lujo es una diana en la espalda, y tu tía Isabel tiene francotiradores vigilando cada traje de diseñador en esta ciudad.
—¿A dónde vamos realmente, Ernesto? —pregunté, ajustándome una chaqueta que se sentía pesada y tosca. El contraste con el vestido de seda de anoche era casi violento.
—A El Vacío. Es un club clandestino que opera bajo el muelle viejo. Es el único lugar donde la red de información de Isabel tiene un punto ciego. Allí vive "El Arquitecto", el hombre que diseñó los sistemas de seguridad de la junta directiva antes de que el Consejo lo borrara del mapa. Él es el único que puede validar lo que tu padre escribió.
Salimos del edificio de ladrillos rojos cuando la neblina aún cubría los callejones. Caminamos evitando las avenidas principales y las cámaras de seguridad que ahora eran ojos de mi propia sangre. El club no tenía letreros, solo una puerta de acero pesado custodiada por un hombre que parecía una extensión del hormigón. Ernesto se acercó y le entregó un pequeño anillo de plata, una reliquia familiar que no requería palabras. El guardia asintió y nos dejó pasar al descenso.
El aire allí abajo estaba saturado de humo y una música que se sentía más como un latido sordo en los pulmones que como una melodía.
—Mantente cerca de mí —me susurró Ernesto al oído, su mano rodeando mi cintura con una firmeza protectora—. No hables con nadie. Si alguien pregunta, eres mi socia. Nada más.
Nos abrimos paso hasta una mesa en el rincón más oscuro, donde un hombre de cabellos blancos revisaba planos digitales en una tablet antigua. Era El Arquitecto. Al vernos, sus ojos se abrieron con un terror genuino.
—Ernesto Blackwood —dijo con voz rasposa—. Pensé que estarías muerto o en una celda.
—Isabel Noir intentó ambas cosas esta madrugada y falló —respondió Ernesto, sentándose con una calma letal—. Necesitamos entrar en los servidores del Consejo. Necesitamos la prueba de que ella activó la cláusula de traición ilegalmente.
El Arquitecto soltó una risa seca y me miró a mí, evaluando mi valor.
—Soy la razón por la que tu sistema va a caer —intervine, apoyando el diario de mi padre sobre la mesa—. Mi padre guardó las coordenadas de los servidores aquí. Solo necesito a alguien que sepa cómo abrirlos sin que mi tía lo detecte.
El hombre tomó el diario con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las notas y la codicia reemplazó al miedo.
—Esto... esto es la llave de la ciudad —murmuró—. Pero entrar ahí es una misión suicida. Si el Consejo detecta una intrusión, enviarán a sus recolectores antes de que puedan descargar un solo archivo.
—Correremos el riesgo —sentenció Ernesto, su mirada encontrándose con la mía—. Ya no tenemos nada que perder, y todo por recuperar.
Justo cuando El Arquitecto iba a responder, un movimiento extraño en la entrada llamó mi atención. Tres hombres vestidos con trajes impecables, demasiado pulcros para la mugre de El Vacío, entraron con una calma gélida. En sus solapas, brillaba el broche de plata en forma de alondra.
—Ya están aquí —susurré, sintiendo el pánico cerrarme la garganta. Isabel no había esperado a que cayera la noche; nos había encontrado en plena mañana.
—Vámonos —ordenó Ernesto, tomando el diario—. Por la salida de la cocina. ¡Corre, Elena!
felicidades 👏