Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XXIII
El primer espasmo sacudió el cuerpo de Rubí sin aviso. Evans apenas tuvo tiempo de sostenerla cuando ella se inclinó hacia adelante y una arcada violenta la dobló sobre sí misma. La sangre cayó sobre el mármol en una mancha oscura, espesa, imposible de ignorar.
— Rubí —dijo Evans, alarmado, sujetándole los hombros—. Mírame.
Ella levantó el rostro con dificultad. Sus labios estaban manchados de rojo. La mirada seguía siendo la misma: dura, alerta, furiosa incluso en el borde del colapso.
— No me mires así —murmuró—. Aún respiro.
Otra arcada la obligó a apoyarse en el borde de la cama. Más sangre. El clima respondió de inmediato. Un trueno retumbó tan cerca que las paredes vibraron. El viento aulló con rabia, arrancando ramas y levantando polvo en los patios del palacio.
Evans cerró los ojos y llamó a su luz.
— Erika. Ven...—Sintió el vacío. Nadie le respondió— ¡Erika!
Volvió a intentarlo. Nada. La respuesta que siempre había llegado como un reflejo natural, ahora era un silencio cruel.
— Responde —ordenó entre dientes, con una urgencia que rozaba el pánico.
La luz no acudió. Rubí se llevó una mano al pecho. El dolor la atravesaba desde dentro, como si algo estuviera desgarrándola con paciencia.
— Está bloqueada —dijo ella—. Es igual que con Klaus. Cuando lo enviaste a vigilar a Sael... Fue ahí donde dejó de responder.
Un rayo partió el cielo. La tormenta ya no era una amenaza lejana. Estaba sobre Norum.
Evans apretó los puños.
— Esto es culpa mía —escupió—. Algo nos está atacando por dentro y no puedo protegerte.
Rubí alzó la mano y lo tomó del cuello de la camisa, obligándolo a inclinarse hacia ella.
— No te atrevas —dijo con voz ronca—. Mientras siga viva, sigo siendo tu emperatriz. Mantén la cabeza fría.
El temblor regresó. Más fuerte. La sangre volvió a subirle a la garganta. Evans la sostuvo mientras ella escupía de nuevo sobre el suelo. Afuera, los vientos se convirtieron en cuchillas. Las campanas del palacio comenzaron a sonar solas, agitadas por la fuerza del aire.
En otra parte del palacio, el silencio era más peligroso que la tormenta. Loid permanecía de pie en la estancia sellada, el aire cargado de magia residual. Frente a él, el responsable de todo aquello sostenía una bandeja de plata con dos tazas de té humeante.
El ministro sonreía con amabilidad.
— Pensé que necesitarías esto —dijo con una calma casi amable—. El día ha sido largo
Loid no se movió.
— ¿Por qué? —preguntó—. Empieza por ahí.
El ministro dejó la bandeja sobre una mesa cercana y tomó una de las tazas. Soplo el vapor con tranquilidad.
— Recuerdo otra vida —dijo—. Una donde Norum ardía.
Loid lo observaba sin parpadear.
— En esa vida —continuó el ministro—, Blossom ganó la guerra. Norum perdió todo. Su gente, su poder, su futuro. Yo… fui inteligente. Ofrecí mis servicios a la corona vencedora. Me aceptaron. Viví bien. Con lujos. Con reconocimiento y con propósito. Mejor que con este viejo emperador.
Dio un sorbo al té.
— Luego desperté aquí —añadió—. Siendo un simple ministro de Norum. Sirviendo a un imperio que debía haber sido borrado. El tiempo había cambiado, pero mis recuerdos seguían intactos. ¿Puedes imaginarlo? Recordar una vida mejor y estar atrapado en esta.
— Así que decidiste forzar el destino —dijo Loid—. Provocar la guerra que creías inevitable.
El ministro sonrió, satisfecho.
— El mundo intenta corregirse solo. Yo solo ayudé.
— Mataste al embajador de Blossom para encender la chispa —acusó Loid.
El ministro rió, genuinamente divertido.
— Eso fue elegante, sumo sacerdote. Pero equivocado. El embajador murió, sí. No por mi mano. Planeé el escenario, las tensiones, el caos. La ejecución fue de alguien más. También los rituales de magia fue hecho por la misma persona.
— ¿Quién? —preguntó Loid.
El ministro dejó la taza y sacó dos objetos de su túnica.
Dos talismanes.
Uno irradiaba una luz pura, casi cegadora. El otro absorbía el entorno, oscuro, denso.
— ¿Ve esto? —dijo, levantándolos—. El poder de Norum en la palma de mi mano. Se lo entregaré al rey de Blossom. Así aseguraré mi vida cuando todo arda.
Loid dio un paso adelante.
— Eso es…
— El poder de la luz y la oscuridad —completó el ministro—. Fue curioso encontrar esto talismanes en el sirviente personal de la emperatriz, su sombra. Un regalo inesperado. Muy útil. Gracias a la indicaciones de él, pude atrapar a luz del emperador.
La expresión de Loid se volvió peligrosa.
— No saldrás de aquí —dijo—. Aún con recuerdos de otra vida, sigues siendo un traidor.
El ministro tomó su taza con calma.
— Si me lo permites —respondió—, desaparece.
Loid avanzó. Entonces algo golpeó el suelo y rodo a su lado. Una caja pequeña se abrió sola. Runas antiguas brillaron desde su interior. Antes de que Loid pudiera reaccionar, la energía lo succionó adentro para sellarlo. La tapa se cerró de golpe.
Hubo un silencio perpetuo.
— Bien —dijo el ministro—. Ya no podrá ayudar más a los emperadores.
Una figura emergió de las sombras.
Kain. Tomó la caja con una mano, observándola con interés.
— Es hora de iniciar la muerte de la emperatriz —dijo el ministro.
Kain sonrió, ladeando la cabeza.
— Déjamela a mí —respondió—. Es una vieja amiga.
— Al antiguo emperador no le falta mucho. Dejemos que se muera solo.— expresó Sael.
La tormenta rugía sobre Norum.
En la habitación, Rubí se incorporó con dificultad, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano. Sus ojos ardían.
— Evans, pistola en la mano. Algo viene.
Evans sostuvo el cuerpo de Rubí, aunque sabía que ella odiaba necesitar apoyo, lo hizo de todas formas. Luego, sacó el arma en seco.
— Lo tengo.
Rubí lo miró con una mueca que era mitad sonrisa, mitad amenaza.
— Si quieren mi muerte, van a tener que pagarla caro.
Su intuición volvió a nacer. La muerte estaba cerca. Y ellos tendrían que reaccionar de una u otra forma.