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Donde El Amor No Era Suficiente: El Arte De Empezar De Nuevo

Donde El Amor No Era Suficiente: El Arte De Empezar De Nuevo

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños / ABO / Viaje En El Tiempo / Autosuperación
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Hanabi Montano

Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.

Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.

Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.

NovelToon tiene autorización de Hanabi Montano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

PRÓLOGO: La noche en que el viento lo sabía

El viento cortaba como vidrio en la azotea del edificio Torres.

Adrián sujetaba el teléfono con ambas manos, los nudillos blancos, las uñas clavándose en la funda de cuero. La ciudad se extendía a sus pies como un tablero de luces, miles de puntos diminutos que parpadeaban ajenos a su terror. Allá abajo, la gente vivía. Allá abajo, la gente no estaba a punto de morir.

Respiró hondo. El aire olía a humedad y smog, ese olor característico de las alturas en una ciudad que nunca duerme. La llovizna fina que había comenzado hacía una hora empapaba su camisa, pegándola a la piel, y el temblor de su cuerpo no era solo por el frío. Era por las palabras que Sergio le había dicho antes de desaparecer escaleras abajo, dejándolo allí, atrapado en esa azotea maldita.

"Tienes una hora para decidir. O me entregas lo que quiero, o mañana todo el mundo sabrá que el prometido de Alejandro Torres es un ladrón."

No era cierto. No había robado nada. Pero Sergio tenía documentos, sellos, fechas. Había trabajado en la sombra durante meses, quizá años, construyendo una mentira perfecta. Y Adrián, que nunca había entendido de negocios, que solo quería diseñar espacios bonitos para que la gente fuera feliz, no sabía cómo desmontarla.

Necesitaba a Alejandro.

Marcó su número por tercera vez. El teléfono sonó. Una vez. Dos veces. Tres.

—¿Qué? —la voz al otro lado era cortante, impaciente.

—Alejandro, por favor, necesito que me escuches —las palabras salían atropelladas, mezcladas con el castañeteo de sus dientes—. Sergio ha preparado algo, una trampa, va a hacer que parezca que he robado dinero de la empresa, tienes que ayudarme, tienes que...

—Adrián. —El nombre sonó como un punto y final—. Son las once de la noche. Estoy en medio de una reunión con los inversores de Singapur.

—Lo sé, lo sé, pero esto es importante, es...

—Siempre es importante. —Hubo un ruido de fondo, papeles moviéndose, voces lejanas. —Siempre es urgente. Siempre es un drama. ¿Sabes qué es importante de verdad? Cerrar esta operación. Eso es importante.

Adrián sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. O quizá era solo el vértigo de la altura.

—No es un drama —susurró—. Es mi vida. Es tu empresa. Es...

—Hablamos mañana. —La voz de Alejandro era un muro de hielo. —Pide a tu conductor que te lleve a casa. Bebe algo caliente. Y deja de ver conspiraciones donde solo hay papel mojado.

—¡Alejandro!

Pero la línea ya estaba muerta.

El viento aulló entre las estructuras metálicas de la azotea, Adrián miró la pantalla del teléfono. La llamada había durado cuarenta y siete segundos, solo ese tiempo bastó para que el hombre con el que iba a casarse le dijera, sin decirlo, que no importaba.

Apoyó la espalda en la barandilla de cristal y se dejó resbalar hasta quedar en cuclillas, abrazándose a sí mismo. El frío ya no importaba. El miedo ya no importaba. Solo importaba esa verdad inmensa y aplastante: Alejandro no lo amaba. Nunca lo había amado. Y en el momento más importante de su vida, cuando más lo necesitaba, él estaba en una reunión con unos inversores que seguro que sí le importaban.

—Precioso, ¿verdad?

La voz llegó desde la puerta de acceso a la azotea. Adrián levantó la cabeza.

Sergio estaba allí, apoyado en el marco, con las manos en los bolsillos de su gabardina. El viento movía su cabello, pero él no parecía sentirlo. Tenía la mirada perdida en el horizonte de luces, y en su rostro no había triunfo ni maldad. Solo una calma terrible, como la de alguien que ha tomado una decisión irreversible y ya no lucha contra ella.

—Sergio —Adrián se puso en pie de un salto, el corazón retumbándole en el pecho—. Pensé que te habías ido.

—Me fui. Pero volví. —Sergio dio un paso adelante, luego otro. Sus zapatos resonaban sobre el hormigón con un golpeteo rítmico, hipnótico. —Nunca me fui del todo, en realidad. Siempre he estado aquí. En las sombras. Mirando.

Adrián dio un paso atrás. La barandilla de cristal presionaba su espalda.

—¿Qué quieres? Ya me has dicho lo de los documentos. No sé qué más quieres de mí.

Sergio se detuvo a tres metros de distancia. Metió una mano en el bolsillo interior de la gabardina y sacó una carpeta de plástico. La levantó, mostrándosela.

—Esto es lo que quiero. Tu firma. Tu renuncia a la herencia. Un par de papeles más que convierten a tu padre en un hombre sin heredero. —Sonrió, pero la sonrisa no llegaba a sus ojos. —Luego, el vacío que dejas lo lleno yo.

Adrián negó con la cabeza, confuso.

—No entiendo. ¿Todo esto es por dinero? ¿Por la herencia? Sergio, si necesitas dinero, yo puedo...

—¡No necesito tu dinero! —El grito de Sergio rasgó la noche. Por un instante, su máscara de calma se resquebrajó y dejó ver algo ardiente, oscuro, hambriento. Pero pasó rápido. Volvió a ser ese hombre sereno, casi elegante, que sostenía una carpeta como si sostuviera su propia condena.

Se acercó un paso más.

—¿Tú sabes lo que es esforzarse? —preguntó, y su voz era baja, casi íntima. —¿Sabes lo que es estudiar hasta que los ojos arden, hasta que las letras bailan delante de ti? ¿Innovar, crear, romperte la cabeza para ser el mejor, para ser digno, para que alguien, uno, una sola persona, te mire y diga "ahí está, ese vale la pena"?

Adrián tragó saliva. El viento silbaba entre ellos.

—Yo... yo estudié. No tanto como tú, pero...

—Tú estudiaste lo justo —lo interrumpió Sergio, sin rencor, como si corrigiera un error matemático—. Lo suficiente para no deshonrar el apellido. Luego te dedicaste a lo tuyo. Al diseño. A la belleza. A hacer que los espacios sean bonitos. —Hizo una pausa. —Y no está mal. De verdad. Es hermoso, en cierto modo. Pero yo... yo me partí el alma. Finanzas. Ingeniería informática. Investigación. Innovación. Primero de mi clase en todo. Porque pensé... —Su voz tembló por primera vez. —Porque pensé que si era lo suficientemente valioso, él me miraría.

Adrián sintió un escalofrío que no venía del viento.

—¿Alejandro? —susurró.

El nombre flotó en el aire como una burbuja de jabón. Sergio lo miró, y en sus ojos había algo que Adrián reconoció al instante. Lo había visto cada mañana en el espejo, durante un año entero, mientras esperaba que un alfa frío y ocupado le dedicara cinco minutos de su tiempo.

Era amor. Era el mismo amor. Pero el de Sergio había crecido en la oscuridad, sin luz, sin esperanza, y se había ido torciendo, retorciendo, hasta convertirse en otra cosa.

—Sí —dijo Sergio, simplemente. —Alejandro. Llevo años amándolo. Años viéndolo en reuniones, en eventos, en las pocas cenas a las que me invitan por ser "el primo". Años intentando acercarme, ofreciéndole proyectos, ideas, soluciones. Y él... —sonrió, y era una sonrisa triste, cansada—. Él nunca supo mi nombre. Para él, yo soy "el primo de Adrián". Una nota al pie. Un accesorio.

—Sergio... —Adrián dio un paso hacia él, impulsado por algo más fuerte que el miedo: la compasión. —Yo sé lo que se siente. Yo también...

—¿Tú? —Sergio rió, pero era una risa rota, sin alegría. —Tú no sabes nada. Tú lo tienes todo. El apellido, la herencia, el compromiso. Él se va a casar contigo. Te va a poner un anillo. Te va a llevar a su casa. Y tú... —lo señaló con la carpeta— tú te pasaste un año suspirando por él, escribiendo poemas mentales, esperando que un día te mirara. Y ahora lo hace. Ahora te mira. ¿Y sabes por qué?

Adrián negó, sin palabras.

—Porque existes. Porque naciste donde naciste. Porque tu padre obedeció, aceptó el matrimonio que le impusieron, y se quedó con todo. —La voz de Sergio subió de tono, tensándose como una cuerda—. Mi padre eligió el amor. Se casó con mi madre, una omega maravillosa, y construyó una empresa desde cero. Me dio todo lo que pudo: esfuerzo, valores, educación. Pero no me dio el apellido. No me dio el patrimonio y en el mundo de Alejandro, eso es lo único que importa.

Se acercó otro paso. Estaban a menos de dos metros.

—Estudié. Trabajé. Innové. Me rompí la espalda para ser digno de él. Y él nunca me miró. Porque yo era "el primo de Adrián". El omega brillante, sí, pero sin el respaldo, sin el poder, sin la herencia. —Sus ojos brillaban, pero no de lágrimas. De algo más oscuro. —Hasta que entendí. No importa lo que valga. No importa lo que sepa. Lo único que le importa a Alejandro es el poder. El patrimonio. La posición.

Adrián dio un paso atrás. La barandilla presionó sus riñones.

—Por eso necesito lo tuyo —dijo Sergio, levantando la carpeta—. Tu firma., tu renuncia, tu muerte si hace falta. Porque cuando tú no estés, tu padre, que no tiene a nadie más, me heredará todo a mí. Su único familiar cercano. El hijo del hermano que eligió el amor. —Sonrió, y por primera vez su sonrisa fue genuina, pero también aterradora. —Y entonces, con tu nombre y mi esfuerzo, seré perfecto para él. Tendré el patrimonio que siempre me faltó. Y él me mirará.

Adrián negó, horrorizado.

—Sergio, eso no es amor. Eso es... eso es enfermizo.

—¿Enfermizo? —Sergio inclinó la cabeza, como si considerara la palabra—. Llamas enfermizo a querer ser visto por el hombre que amas. Llamas enfermizo a hacer lo necesario para que alguien que solo valora el poder te considere valioso. —Suspiró, y de repente pareció terriblemente cansado, mucho más viejo que sus años. —Yo no quería llegar a esto, Adrián. Yo quería que él me viera por mí mismo. Quería que un día, en una reunión, levantara la vista y dijera "Sergio, qué buena idea". Quería que me invitara a cenar, no como socio, sino como... como alguien. Cualquier cosa, una mirada, una palabra. Eso era todo lo que pedía.

Su voz se quebró por un instante. Adrián vio, en ese breve resquicio, al chico que había sido su primo. El que jugaba con él en las fiestas familiares cuando eran niños. El que le explicaba sus inventos con los ojos brillantes. El que un día, en algún momento, dejó de ser niño y empezó a mirar demasiado a un alfa que nunca lo miraría a él.

—Pero él no da nada gratis —continuó Sergio, enderezándose, recuperando su máscara—. Lo he observado durante años. Lo conozco mejor que tú, mejor que nadie. Alejandro no se fija en las personas, se fija en las piezas. Y yo, sin tu herencia, no soy una pieza, soy un adorno más, una nota al pie.

—Y matándome crees que vas a convertirte en una pieza —dijo Adrián, y su voz sonó extrañamente tranquila. Como si, de repente, todo tuviera sentido.

—No quiero matarte —respondió Sergio, y era cierto. En su mirada no había odio hacia Adrián. Había algo peor: indiferencia. Adrián era un obstáculo, no un enemigo. —Solo necesito que desaparezcas. Si firmas, si renuncias, si te vas lejos y empiezas de cero en otro lado, yo no tendré que... —Dejó la frase en el aire, pero los dos sabían cómo terminaba.

—¿Y adónde voy a ir? —preguntó Adrián—. ¿A qué voy a dedicarme? Mi vida está aquí. Mi estudio. Mis amigos. Mi...

—¿Tu qué? ¿Tu prometido? —Sergio rió, y esta vez su risa fue cruel. —Acabas de hablar con él, te ha colgado en cuarenta y siete segundos: está en una reunión con unos inversores. ¿Tú crees que si yo hubiera llamado, si yo le hubiera dicho que estaba en peligro, me habría colgado? —Negó con la cabeza—. No, no me habría colgado. Porque yo no existo para él. Pero tú... tú existes. Y aun así, te ha colgado. ¿Eso es amor, Adrián? ¿Eso es lo que tú llamas amor?

Las palabras golpearon a Adrián como puñetazos. Cada una en un lugar distinto; en el pecho, en el estómago, en la garganta.

—No —susurró—. No es amor.... Nunca lo fue.

—Lo sé —dijo Sergio, y por un instante, sus miradas se encontraron y hubo algo parecido a la comprensión. —Los dos lo amamos. Los dos hemos esperado. Pero yo he esperado más tiempo, me he esforzado más, y él nunca me ha visto. Y a ti... a ti te ha puesto un anillo sin mirarte siquiera. Eso es lo que duele que ni siquiera se haya molestado en conocerte. Que seas un adorno, igual que yo.

Adrián sintió que las lágrimas empezaban a quemarle los ojos. No por miedo. Por la verdad.

—Lo siento —dijo, sin saber muy bien por qué lo decía.

Sergio parpadeó, sorprendido.

—¿Qué?

—Que lo siento. Que hayas tenido que pasar por esto solo, que hayas tenido que esforzarte tanto para que nadie te viera. —Adrián tragó saliva. El viento seguía aullando, pero dentro de él había un silencio extraño. —Yo no elegí nacer donde nací. Tú no elegiste que tu padre se enamorara. Los dos somos víctimas de cosas que no controlamos. Pero tú... tú has decidido matar. Yo no quiero matar a nadie.

Sergio lo miró largo rato. Algo parpadeó en sus ojos. ¿Duda? ¿Arrepentimiento? Difícil saberlo. Pero cuando habló, su voz era firme.

—No me dejas elección.

—Siempre hay elección —dijo Adrián—. Podrías irte, podrías conocer a alguien más. Podrías...

—No quiero a alguien más. —La frase cortó el aire como un cuchillo. —Lo quiero a él y si no puedo tenerlo de una forma, lo tendré de otra. Si no puedo ser su amor, seré su socio. Su igual. La pieza que necesita y para eso... —levantó la carpeta— necesito esto.

Adrián negó lentamente.

—No voy a firmar.

Sergio asintió, como si lo esperara.

—Lo sé.

Guardó la carpeta en el bolsillo de la gabardina. Dio un paso más. Adrián sintió la barandilla contra la espalda, el vacío detrás, las luces de la ciudad allá abajo, diminutas, indiferentes.

—¿Sabes qué es lo peor de todo? —preguntó Sergio, y ahora estaban tan cerca que Adrián podía ver las diminutas líneas de cansancio alrededor de sus ojos. —Que en otras circunstancias, podríamos haber sido amigos, primos de verdad. Tú con tu sensibilidad, yo con mi ambición. Podríamos habernos complementado.

—Todavía podemos —dijo Adrián, y era sincero.

Sergio sonrió. Una sonrisa triste, dulce, la sonrisa del niño que había sido.

—No. Ya es tarde para mí.

Y entonces, con una suavidad que resultaba más aterradora que cualquier violencia, puso las manos en el pecho de Adrián y empujó.

No hubo tiempo para gritar. No hubo tiempo para nada. Adrián sintió el vacío bajo sus pies, el vértigo, el aire helado golpeándole la cara mientras caía. Vio el rostro de Sergio recortado contra el cielo nocturno, un rostro que ya no era de monstruo, sino de hombre roto, de alguien que había matado lo mejor de sí mismo para poder seguir adelante.

Y en sus últimos segundos de conciencia, Adrián pensó en Alejandro; en su voz cortante al teléfono; en su indiferencia. En cómo, sin saberlo, había creado todo esto. Un hombre que mataba por ser visto. Otro que moría por no ser amado.

El impacto llegó antes de que pudiera terminar el pensamiento.

 

Despertó sobresaltado.

La luz del sol entraba por la ventana. Su cama. Su habitación. Las sábanas enredadas alrededor de su cuerpo sudoroso.

El teléfono sonaba sobre la mesilla.

Adrián lo miró, temblando. La pantalla decía: Asistente de Alejandro Torres - Confirmación cena familiar.

Con manos temblorosas, desbloqueó el teléfono y miró la fecha.

Un año antes. Un año antes de su muerte.

Un año antes de que Sergio lo empujara al vacío.

Adrián se incorporó en la cama, respirando hondo, sintiendo el latido desbocado de su corazón. El sol calentaba su piel. La ciudad, allá afuera, seguía su ritmo habitual.

Y él estaba vivo. Estaba vivo.

Las lágrimas empezaron a caer silenciosamente por sus mejillas. Pero no eran de tristeza. Eran de algo que no sabía nombrar. ¿Gratitud? ¿Miedo? ¿Esperanza?

Solo sabía una cosa: esta vez no iba a ser un adorno. Esta vez no iba a esperar que nadie lo mirara. Esta vez iba a mirarse a sí mismo.

Y tal vez, solo tal vez, podría salvar a Sergio de convertirse en el monstruo que aún no era.

Pero primero, tenía que levantarse. La cena familiar era en tres horas.

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Maru19 Sevilla
Buenísimas tus 2 novelas, te digo en tus publicaciones me tienes enganchada👏👏👏👏
Lorena Vásquez
espero que te des cuenta que quien te mueve el piso es Carlis ya deja de lado tu obsesión y. esta reunión te puede ayudar a tu éxito profesional 🥰🥰🥰🥰🥰
Lorena Vásquez
cuando todo acabe y estés solo te sentirás peor por haber perdido a Adrian y a Carlos tu oportunidad de amar y ser amado
Lorena Vásquez
Sergio Sergio 😱😱😱😱😱 todos nos equivocamos pero es de sabios corregir y tu puedes corregir lo que as hecho no es tarde😱😱😱😱
Maru19 Sevilla
Que menso, va a pagar una fuerte factura 🤭
Lorena Vásquez
Alejandro Alejandro no lo pienses tanto Adrian se merece algo mejor que tú 🤔🤔🤔🤔🤔🤔
Maru19 Sevilla
Tus 2 novelas son encantadoras
Lorena Vásquez
Adrian espero de verdad no te vuelva a interesar Alejandro y caigas en el cliché del perdón y enamoramiento mira hacia otro lado y se lo que quieres ser
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
Lorena Vásquez
Adrian demuéstrale de que eres capas y que no estas solo .....Alejandro no te merece 😈
Lorena Vásquez
Ignacio si no tuviste el valor para ser igual a ru hermano como puedes imponer lo que te impusieron tus padres 🤔🤔🤔
Lorena Vásquez
si trabajan juntos podrían heredar también juntos 🤔🤔🤔
Lorena Vásquez
espero que después de esta conversación puedas darte una oportunidad de ser tu mismo y poder amar y ser amado Sergio te lo debes a ti mismo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Ojalá vea a Carlos, se merece que lo amen bien 👏👏👏
Lorena Vásquez
gracias por tu actualización 🥰
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕
Maru19 Sevilla
Gracias por actualizar, autora 🥰🥰🥰🥰
Lorena Vásquez
que bueno capítulo Sergio está reaccionando y Carlos es el punto que le faltaba espero que tenga una oportunidad de olvidar a Alejandro y ser solo el mismo 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰💕💕💕💕💕💕
Maru19 Sevilla
Me gustó mucho tu novela, Hanabi espero que pronto publiques más capítulos 🥰🥰🥰🥰🥰👏👏👏👏👏
Hanabi Montano: Gracias por leer 🥰🥰
total 1 replies
Maru19 Sevilla
El menso de Adrián está perdiendo el tiempo, ya debería de cortar el compromiso con el estéril emocional de Alejandro y no ponerse en riesgo!
Maru19 Sevilla
Yo ya lo hubiera dejado y que el primo haga su lucha con el Alejandro
Maru19 Sevilla
Yo hubiera cancelado el compromiso luego luego 👌
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