Séptimo libro de la Dinastía Lobo.
Alessandro juró no enamorarse jamás. Arabella juró vengarse al precio que sea. Pero cuando sus caminos se cruzan, el odio y el deseo se vuelven imposibles de distinguir. Ella fue entrenada para seducirlo y destruirlo; él, para no caer en las trampas del corazón. Sin embargo, un roce, una mirada y un secreto bastan para encender una pasión tan peligrosa como inevitable. Entre mentiras, fuego y traiciones, Alessandro y Arabella descubrirán que algunos destinos no pueden evitarse... y que hay amores que se sienten como una herida abierta imposible de cerrar.
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Escrito.
Alessandro ❤️🔥
El humo del cigarro se eleva lento frente a mi rostro mientras observo a ese hombre desmoronarse sin siquiera haber empezado a negociar.
El despacho es amplio, elegante a su manera… pero huele a miedo. Madera barnizada, cuero caro, un minibar intacto y un escritorio que ahora mismo está ocupado por lo único que realmente importa: el maletín negro que acabo de abrir frente a él.
Lleno de dinero.
—¿Q-qué significa esto? —pregunta Ezequiel Ventura, tragando saliva mientras se afloja la corbata con dedos temblorosos.
Lo observo en silencio unos segundos más de lo necesario. Me gusta ver cómo la presión hace su trabajo.
—Significa que voy a comprar tu club.
El silencio que sigue es casi cómico.
Ezequiel parpadea varias veces, como si no hubiera entendido bien.
—El club… no está en venta, señor.
Sonrío apenas. Lento y frío.
Entonces deslizo mi chaqueta lo suficiente para que vea el arma.
No necesito sacarla.
No soy un aficionado.
El mensaje llega claro.
Los cuatro hombres detrás de mí no se mueven. Son estatuas. Violentas, silenciosas… letales. Entre ellos está Gabriele, mi primo, con los brazos cruzados y esa mirada suya que dice que no le gusta esto, pero tampoco va a detenerme.
Nunca lo hace.
—No te estoy preguntando, Ezequiel —mi voz baja, firme—. Te estoy diciendo.
El hombre palidece de inmediato.
Sus ojos van del arma… al dinero… a mí.
Y ahí es donde se rompe.
—Yo… yo he trabajado toda mi vida para este lugar…
—Y hoy cobras tu retiro —lo interrumpo, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. Un retiro bastante generoso, si sabes ser inteligente. Te estoy dando el triple de lo que vale este lugar.
El silencio vuelve, pero esta vez pesa más.
—Trae los documentos —añado, sin apartar la mirada—. Propiedad, contratos… todo.
Ezequiel duda.
Error.
Gabriele da un paso al frente.
Solo uno es suficiente.
—Hazlo —dice él, con voz seca.
Ezequiel asiente de inmediato, casi tropezando consigo mismo al abrir un cajón. Saca carpetas, papeles, contratos… los deja sobre el escritorio con manos temblorosas.
Me tomo mi tiempo revisándolos.
No porque lo necesite.
Porque quiero que sienta cada segundo.
—¿Y el abogado? —pregunto sin levantar la mirada.
—Está por llegar —responde Gabriele.
Asiento levemente.
Paso las hojas… una tras otra… hasta que lo encuentro.
Arabella Rosetti.
El nombre se clava en mi mente. Mis dedos se detienen sobre el contrato.
Interesante.
Demasiado interesante.
—¿Ella es nueva? —pregunto como si no lo supiera, alzando apenas la vista.
Ezequiel duda.
—Sí… lleva poco tiempo… pero es… es una de las mejores.
Claro que lo es. Lo sé sin que me lo diga.
Puedo verla de nuevo en mi mente… ese fuego en sus ojos… esa forma de desafiarme sin decir una palabra.
Aprieto la mandíbula apenas.
La puerta se abre en ese momento. El abogado entra, nervioso, ajustándose las gafas.
Perfecto.
—Llegas tarde —murmuro.
—Lo siento, señor…
—Siéntate —ordeno.
Y el proceso comienza.
Firmas. Sellos. Cláusulas.
Todo rápido. Todo limpio. Todo legal… en apariencia.
En menos de una hora, el club ya no le pertenece a Ezequiel Ventura.
Ahora es mío. De Alessandro Lobo.
El sonido del bolígrafo al firmar el último documento es casi satisfactorio.
Pero no suficiente.
—Gabriele —digo, reclinándome en la silla—. Necesito otro contrato.
Él frunce el ceño.
—¿Para qué?
Levanto el documento de Arabella.
—Para ella.
Su mirada cambia y lo entiende.
—Alessandro… —advierte.
—Hazlo.
El silencio se vuelve tenso entre nosotros.
—Esto no es necesario —insiste, bajando la voz.
Lo miro fijamente.
—Nada de lo que hago es necesario —hago una pausa —Pero todo lo que hago… lo quiero.
Gabriele suspira, pero asiente.
El abogado recibe las instrucciones. Yo mismo dicto las condiciones.
Cada palabra.
Cada cláusula.
Cada maldita línea.
—“La empleada Arabella Rosetti…” —empiezo, con calma— “…queda asignada exclusivamente a funciones privadas solicitadas por el propietario…”
El abogado duda.
—Señor… eso…
—Sigue escribiendo.
Y lo hace.
—“…no podrá prestar servicios a otros clientes…”
Mis labios se curvan apenas.
—“…y deberá cumplir con las solicitudes del propietario en los días y horarios que este determine…”
Ezequiel me mira horrorizado.
Gabriele aprieta la mandíbula.
Pero nadie me detiene.
—“…en caso de incumplimiento, se establece una penalización de un millón de dólares, inmediatos.”
El bolígrafo se detiene. El abogado traga saliva.
—¿Un millón?
Lo miro.
—¿Te parece poco?
Niega de inmediato. Sigue escribiendo. Cuando termina, le extiendo la mano.
—Dámelo.
Reviso el documento.
Perfecto. Exactamente como lo quiero.
Sonrío lento. Oscuro. Porque sé algo que ella aún no.
Ya no tiene escapatoria. Cierro la carpeta con calma.
—Listo.
Me levanto.
Los hombres detrás de mí hacen lo mismo.
Gabriele se acerca un poco más.
—Esto se te puede salir de las manos.
Lo miro de reojo.
—Ya está fuera de ellas.
Y salgo del despacho.
La noche nos recibe con el ruido del club en pleno auge. Música, luces, cuerpos moviéndose… ignorantes de que todo acaba de cambiar.
Todo.
...❤️🔥❤️🔥...
Al día siguiente regreso.
Pero esta vez no como cliente.
Entro por la puerta principal con paso firme, los documentos en mano y mis hombres detrás.
El ambiente se siente distinto.
Expectante.
Los empleados están reunidos.
Bailarinas… meseros… seguridad.
Y entonces la veo.
Arabella.
De pie entre todos.
Sus ojos se encuentran con los míos y por un segundo… Solo uno…
El mundo se queda en silencio.
Sonrío apenas.
—Buenas tardes —mi voz se alza, dominante—. A partir de hoy… este lugar me pertenece.
Un murmullo recorre la sala. Pero yo no aparto la mirada de ella. Ni un segundo.
—Y las reglas… acaban de cambiar.
El contrato pesa en mi mano.
Y su destino… está escrito en él.
Solo falta que lo descubra.
Me hace acordar a su papá con cabo suelto 🤣🤣🤣
Pero Braulio esto es lo que quería cuando se enteré que lo rechazo su hermanita
Ale que esta acostumbrado a tener todos a sus pies ahora tiene un NO de repuesto pero hasta el nombre lo sabe.
Ale esta 🔥🔥🔥🔥🤣
Estas tan ciega con la venganza que no sabes lo que te espera.
Te va enfrentar en un peligro que no tenes idea, le crees todo lo que te dice.