Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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El hombre detrás de la guerra
Capítulo 17
La ubicación llegó a las 3:42 a.m.
No fue una llamada.
No fue un mensaje directo.
Fue una invitación.
Un punto en el mapa acompañado de una sola frase:
"Si quieres que esto termine, ven solo."
Matías observó la pantalla durante varios segundos.
El almacén abandonado estaba en la zona industrial al este de la ciudad. Un territorio neutral en apariencia, pero estratégicamente perfecto para una emboscada.
Sergio fue el primero en hablar.
—Es suicida.
—Sí —respondió Matías con calma.
—Entonces no vas a ir.
Matías levantó la mirada.
—Claro que voy a ir.
—
Isabella estaba en el pasillo cuando escuchó la discusión elevarse.
Entró sin pedir permiso.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió de inmediato.
Matías tomó la chaqueta negra que ya se había vuelto su armadura.
—Voy a terminar esto.
Ella entendió al instante.
—No vas solo.
—Sí, voy solo.
—Eso es exactamente lo que quieren.
Matías se acercó a ella.
Demasiado cerca.
—Quieren medir si tengo miedo.
—¿Y lo tienes?
Él sostuvo su mirada.
—No.
Mentía.
No tenía miedo por él.
Lo tenía por lo que estaba dispuesto a hacer.
Isabella bajó la voz.
—Si esto es una trampa…
—Siempre es una trampa.
Silencio.
—Pero esta vez —continuó él— voy a verla a los ojos.
—
El almacén era un esqueleto de concreto y metal oxidado.
Las luces interiores apenas iluminaban el espacio central.
Matías entró sin escolta visible.
Pero no estaba desprotegido.
Francotiradores discretos en perímetro.
Vehículos listos para irrumpir si daba la señal.
No era imprudente.
Era estratégico.
En el centro del almacén había una mesa metálica.
Y sentado al otro lado…
Un hombre que Matías no esperaba ver.
Canas bien peinadas.
Traje gris impecable.
Postura elegante.
—Ha pasado mucho tiempo, hijo.
El mundo se detuvo un segundo.
Isabella tenía razón.
Esto era más grande.
Mucho más grande.
—Octavio —dijo Matías con voz neutra.
No “señor”.
No “tío”.
Solo su nombre.
Octavio Morello.
El socio histórico de su padre.
El hombre que oficialmente había muerto en un atentado hacía ocho años.
Pero que claramente respiraba frente a él.
—Me alegra que sigas vivo —dijo Octavio con una sonrisa leve—. Hubiera sido una decepción que murieras tan fácil.
Matías no se sentó.
—¿Por qué?
Octavio inclinó la cabeza.
—Siempre directo. Como tu padre.
—Responde.
Octavio suspiró como si estuviera explicando algo obvio.
—Porque el imperio se volvió débil.
Matías sintió la sangre hervir, pero no lo mostró.
—He fortalecido cada ruta, cada alianza.
—Has suavizado decisiones —corrigió Octavio—. Has evitado masacres. Has negociado cuando debiste aplastar.
—No soy mi padre.
—Exacto.
El silencio fue pesado.
Octavio se levantó lentamente.
—Tu padre entendía algo que tú estás olvidando. El miedo es el único idioma universal en nuestro mundo.
Matías dio un paso adelante.
—Y tú crees que dispararme demuestra eso.
—No fue para matarte.
Esa frase resonó con lo que Matías ya sabía.
—Fue para recordarte que no eres intocable.
—
En algún punto oscuro del almacén, Diego estaba arrodillado, escuchando.
Sabía que esa conversación definiría su destino.
—
Matías finalmente tomó asiento frente a Octavio.
—¿Te aliaron con el Cartel del Norte?
Octavio sonrió.
—Ellos son herramientas. Yo soy el arquitecto.
Ahí estaba la verdad.
No era una guerra territorial.
Era una guerra interna por el poder.
—Creímos que estabas muerto.
—Eso era necesario.
—¿Para qué?
—Para ver qué hacías sin supervisión.
Matías lo miró fijamente.
—Entonces todo esto… fue una prueba.
Octavio se inclinó hacia adelante.
—Y la estás fallando.
La tensión era eléctrica.
—No gobiernas con suficiente brutalidad —continuó Octavio—. Y cuando un líder no inspira terror… inspira traición.
Matías recordó las palabras de Diego.
Resentimiento.
Orgullo herido.
Semillas sembradas.
—Tú lo manipulaste —dijo Matías.
Octavio no lo negó.
—Solo le mostré lo que ya sentía.
Silencio.
—¿Dónde está Diego?
Octavio hizo un gesto con la mano.
Desde la oscuridad, dos hombres lo trajeron al centro.
Golpeado.
Pero vivo.
Diego levantó la mirada hacia Matías.
Había culpa en sus ojos.
Y miedo.
—Podemos terminar esto aquí —dijo Octavio con calma—. Tú reconoces que el imperio necesita una mano más firme… y trabajamos juntos otra vez.
Matías sostuvo su mirada.
—¿Y si no?
Octavio sonrió apenas.
—Entonces veremos cuánto estás dispuesto a perder.
—
En la clínica, Isabella caminaba de un lado a otro.
El silencio del equipo era peor que cualquier noticia.
Sabía que Matías estaba frente a algo más que un enemigo.
Estaba frente a su pasado.
Y tal vez… a su futuro.
—
En el almacén, Octavio sacó una pistola.
La colocó sobre la mesa.
Entre ambos.
—Una decisión —dijo—. Si quieres demostrar que puedes liderar este imperio… dispárale.
El aire se volvió denso.
Diego cerró los ojos.
Matías no tocó el arma.
—¿Eso es liderazgo para ti?
—Es autoridad.
—Es miedo.
—Exacto.
Matías sostuvo la mirada de Octavio.
—El miedo es inestable. Se rompe cuando alguien pierde el terror.
—Y el amor te debilita.
Ahí estaba.
El verdadero punto.
Octavio lo miró con una sonrisa fría.
—Ella es tu error más grande.
La mandíbula de Matías se tensó.
—No la menciones.
—Ya la mencioné.
Un segundo.
Y todo cambió.
Matías tomó el arma.
Pero no apuntó a Diego.
Apuntó a Octavio.
Los hombres en la sombra levantaron las suyas.
Pero nadie disparó.
Porque todos sabían que ese primer tiro definiría una era.
—El imperio no necesita terror —dijo Matías con voz firme—. Necesita lealtad.
Octavio negó con la cabeza.
—Ingenuo.
—No.
Matías presionó el arma contra la frente de su tío.
—Diferente.
El silencio era insoportable.
—Si te mato ahora —continuó Matías— el mensaje será claro. Nadie traiciona mi sangre.
Octavio sostuvo su mirada sin parpadear.
—Entonces hazlo.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Matías bajó el arma.
—No.
Octavio frunció el ceño.
—¿Ves? No puedes.
—No —corrigió Matías—. No lo necesito.
En ese instante, las puertas del almacén explotaron hacia adentro.
El equipo de Matías irrumpió con precisión militar.
Desarmaron a los hombres de Octavio en segundos.
Todo había sido calculado.
Matías nunca vino solo.
Nunca.
Se acercó a Octavio.
—Querías ver si era débil.
Se inclinó hasta quedar a su altura.
—Ahora vas a ver lo que pasa cuando me obligan a elegir.
Octavio fue reducido al suelo.
Diego cayó exhausto.
—
Mientras se llevaban a Octavio, este murmuró:
—Esto no termina aquí.
Matías lo miró con frialdad absoluta.
—No. Pero ahora empieza bajo mis reglas.
—
Cuando regresó a la clínica, Isabella lo esperaba.
No preguntó.
Solo lo miró.
Buscando algo.
—Está vivo —dijo él.
—¿Y tú?
Esa pregunta era más profunda.
Matías se acercó.
La sostuvo por la cintura.
—Acabo de elegir qué tipo de líder voy a ser.
—¿Y cuál es?
Él apoyó la frente contra la suya.
—El que no necesita convertirse en monstruo para ganar.
Pero en el fondo…
Ambos sabían que la guerra apenas había cambiado de forma.
No había terminado.
Solo había evolucionado.