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Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anibeth Arguello

Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.

NovelToon tiene autorización de Anibeth Arguello para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El velo de la traición.

El estruendo del primer disparo de Isabella no fue un trueno, sino un siseo amortiguado que hizo añicos un jarrón de la dinastía Ming a escasos centímetros de la cabeza de Julián. El pánico, contenido hasta entonces por la etiqueta aristocrática, estalló en un caos de sedas y gritos. Los magnates y cortesanos de la Orden de Valois se dispersaron como ratas asustadas, dejando a Alessandra y Julián en el centro de un escenario que se desmoronaba.

​—¡Por aquí! —gritó Alessandra, tirando de la mano de Julián.

​Ella no corrió hacia las puertas principales, que ya estaban bloqueadas por los guardias de Eléonore. En lugar de eso, se dirigió hacia una chimenea monumental de piedra tallada. Recordaba los planos que había memorizado del archivo secreto de Marcus. Presionó una gárgola de ojos de rubí y una sección de la mampostería cedió con un gemido de siglos, revelando una boca de lobo oscura: el inicio de los pasadizos de servicio.

​El descenso al infierno de piedra

​Entraron justo cuando una ráfaga de balas golpeaba la madera de la estancia. El pasadizo era estrecho, frío y olía a salitre y a muerte vieja. Alessandra se despojó de sus tacones, corriendo descalza sobre la piedra húmeda, sintiendo el peso de su vestido de seda negra como una cadena que debía ignorar.

​—Estás sangrando —susurró ella, deteniéndose un segundo para tocar el costado de Julián. La tela de su esmoquin estaba empapada. El esfuerzo de la huida había reabierto sus puntos de sutura.

​—No te detengas, Ale —jadeó él, apretando los dientes—. Si nos atrapan aquí abajo, no habrá testigos. Tu madre no quiere una heredera, quiere un sacrificio que firme sus balances y luego desaparezca.

​Detrás de ellos, el sonido de pasos metálicos resonaba. No eran los guardias. Eran pasos ligeros, rítmicos, casi musicales. Era Isabella. Ella conocía estos túneles; los había recorrido en su mente mientras planeaba su venganza durante su recuperación.

​—¡Puedo oler tu miedo, Alessandra! —la voz de Isabella llegó distorsionada por el eco—. ¡Y puedo oler la sangre de tu precioso esposo! ¿Realmente creíste que podrías tenerlo todo? ¿La fortuna de los Valois y el amor de un hombre que te odiaba?

​El duelo en la galería de los susurros

​Llegaron a una intersección circular conocida como la Galería de los Susurros, un lugar donde la acústica permitía escuchar un susurro desde el otro lado de la sala. Alessandra sabía que no podían seguir corriendo; Julián no aguantaría mucho más.

​—Escóndete tras ese pilar —le ordenó ella con una voz que no admitía réplicas.

​—Alessandra, no... —intentó protestar él.

​—Es mi turno de ser el escudo, Julián. Hazlo.

​Alessandra se colocó en el centro de la galería, bajo la tenue luz de una antorcha de aceite que agonizaba. Sacó el revólver de plata de los Valois. Segundos después, la silueta de Isabella emergió de la oscuridad. El velo de encaje negro cubría su rostro desfigurado, pero su mirada, visible a través de la tela, era la de un animal rabioso.

​—Mírate —dijo Isabella, apuntándole con su arma—. La gran directora de Blue Phoenix, descalza en el barro. Papá tenía razón: siempre fuiste la hija defectuosa.

​—Papá está muerto, Isabella. Y Eléonore te está usando igual que él —respondió Alessandra, manteniendo el pulso firme—. Ella no te curó por amor. Te reparó para que fueras el arma que le quitara la vida a la única persona que puede auditar sus crímenes financieros. Si me matas, tú serás la siguiente. Ella no deja cabos sueltos.

​Isabella vaciló un instante. La duda cruzó sus ojos. Pero el veneno de años de envidia era más fuerte que la lógica.

—Prefiero morir a manos de una reina que seguir viviendo a tu sombra.

​El disparo que cambió la historia

​Isabella apretó el gatillo, pero en ese mismo instante, Julián, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, lanzó una pesada pieza de hierro decorativo desde su escondite, desviando el brazo de su atacante. El disparo de Isabella dio en el techo, provocando una lluvia de polvo y cascotes.

​Alessandra no falló. Disparó al hombro de Isabella, la misma herida que su madre le había infligido en el muelle. El impacto derribó a la hermanastra, quien soltó el arma mientras gritaba de dolor y frustración.

​Alessandra se acercó a ella, pero no para rematarla. Le arrancó el velo negro. El rostro de Isabella, aunque marcado por cicatrices, seguía siendo reconocible, pero lo que más impactó a Alessandra fue la tristeza absoluta en sus facciones.

​—Se acabó, Isabella —dijo Alessandra—. No voy a matarte. Eso sería darte lo que quieres. Vas a vivir para ver cómo destruyo el legado de los Valois. Vas a vivir para ver cómo el nombre que tanto deseaste se convierte en sinónimo de nada.

​Hacia la cripta del secreto

​Tomando a Julián, que apenas podía mantenerse en pie, Alessandra se dirigió hacia la puerta de hierro al final de la galería. Sabía que esa puerta conducía a la cripta familiar, y debajo de ella, a las antiguas alcantarillas que desembocaban en el río.

​Pero antes de entrar, Alessandra vio algo en el suelo, cerca de donde Isabella había caído: un fajo de documentos que su hermana llevaba ocultos. Eran las órdenes originales de Eléonore. Alessandra leyó las primeras líneas y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

​No se trataba de dinero. Se trataba de un pacto de sangre que databa de la Segunda Guerra Mundial, una deuda que la familia Valois tenía con una organización que ahora gobernaba las sombras de Europa. Si Alessandra no asumía el mando, esa organización ejecutaría a cada persona relacionada con el linaje... incluyendo a Julián, estuviera casado con ella o no.

​La huida ya no era suficiente. Para salvar a Julián, Alessandra no podía simplemente escapar del castillo; tenía que quemar los cimientos de la Orden desde adentro.

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