Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 3: Ropa de hombre, alma de guerra.
Cassidy despertó con el cuello torcido, la espalda hecha nudos y una sonrisa.
La silla giratoria era una porquería para dormir, pero había dormido en lugares peores. Establos, zanjas, una vez encima de un cactus muerto porque no había otra cosa. Comparado con eso, el despacho de Sebastián era el paraíso.
Se estiró. El cuerpo crujió en seis lugares distintos. La luz entraba por la ventana, blanca y fría, y la casa estaba en silencio.
Primer problema del día: ropa.
Los trapos del closet de Emilia no eran opción. La bata del hospital olía a cloro y a derrota. Así que Cassidy hizo lo único lógico: cruzó al vestidor de Sebastián.
El lado de Andrea ya estaba vacío —cenizas en el jardín—, pero el lado de él seguía intacto. Cassidy revisó con ojo de ladrona. Camisas, pantalones, ropa deportiva. Todo grande. Todo caro. Todo útil.
Se quitó la bata y se miró en el espejo de cuerpo entero.
Ahí estás, gordita.
Noventa kilos. Caderas anchas. Barriga redonda. Brazos gruesos. Muslos que se tocaban. Papada suave.
Cassidy ladeó la cabeza. Se giró. Se miró de perfil.
No está mal.
En serio. No estaba mal. En su vida anterior había sido puro hueso y músculo, seca como la tierra de Arizona, con las costillas marcadas y las caderas filosas. Útil para correr, trepar y esquivar balas. Pero esto... esto era otra cosa. Había sustancia. Peso. Presencia. Cuando le dio la bofetada a Dorotea, la mujer salió volando. Cuando agarró el palo, Andrea no pudo quitárselo.
Este cuerpo pega duro. Solo hay que enseñarle a moverse.
Agarró unos calzoncillos de Sebastián. Le quedaron ajustados en las caderas pero funcionaban. Una camisa blanca de vestir que le llegaba a medio muslo. Unos pantalones de sudadera grises que tuvo que enrollar en los tobillos porque él era más alto, pero la cintura elástica se adaptó a sus caderas.
Se miró otra vez.
Ropa de hombre. Pelo revuelto. Cara lavada. Sin maquillaje, sin aretes, sin nada.
Perfecta.
Bajó a la cocina.
Sebastián no estaba. Los recuerdos de Emilia le dijeron que salía temprano a la oficina, así que probablemente ya se había ido. Mejor. No tenía ganas de verle la cara todavía.
Dorotea sí estaba. Parada junto a la estufa, con la mejilla morada y los ojos hinchados, removiendo algo en una olla con movimientos mecánicos. Cuando vio a Cassidy, se quedó inmóvil.
—Buenos días, Dorotea —dijo Cassidy, sirviéndose café de una jarra que encontró en la encimera—. Estás despedida.
—Señora, por favor, yo llevo seis años...
—Seis años tratándome como basura. Sí, ya me lo dijiste. Tienes una hora para recoger tus cosas.
—¡Le juro que voy a cambiar! Voy a servirle bien, voy a...
—Cuarenta y cinco minutos.
Dorotea abrió la boca. La cerró. Algo en los ojos de Cassidy le dijo que no había negociación posible. Soltó la cuchara, se quitó el delantal y salió de la cocina con los ojos aguados.
Cassidy bebió su café. Amargo, caliente, fuerte.
Me gusta esta época.
—¿Señora?
Una voz pequeña. Cassidy giró.
Era la muchacha joven, la del trapo, la que siempre estaba en la cocina sin hacer ruido. Bajita, morena, con el pelo recogido en una trenza y unos ojos grandes que miraban a Cassidy con una mezcla de terror y algo más. Algo que parecía... admiración.
Los recuerdos de Emilia la ubicaron: Lucía. Ayudante de cocina. Veintitrés años. Llevaba un año en la casa. Callada, trabajadora, nunca se metía en nada. Y en los recuerdos había algo más: Lucía le había llevado comida al cuarto de servicio cuando Dorotea ordenaba que no le dieran cena. Lucía le había dejado una cobija extra en invierno. Lucía era la única persona en esa casa que había tratado a Emilia como ser humano.
—Lucía —dijo Cassidy.
—Sí, señora.
—¿Sabes usar un teléfono?
—Sí, señora.
—¿Sabes dónde se compra ropa?
—Sí, señora.
—¿Sabes manejar?
—No, señora, pero...
—No importa. Tenemos chofer. A partir de hoy eres mi asistente personal.
Lucía parpadeó.
—¿Su... asistente?
—Mi mano derecha. Me vas a ayudar con todo porque yo no sé usar ni la mitad de las cosas de esta casa y necesito a alguien de confianza. ¿Puedo confiar en ti?
Los ojos grandes de Lucía se llenaron de lágrimas. Asintió rápido, varias veces.
—Bien. Entonces deja de llorar, agarra tus cosas y vámonos de compras. Necesito ropa urgente porque no pienso seguir usando los calzoncillos de mi marido.
Lucía soltó una risa húmeda, se limpió la cara con el trapo y corrió a buscar sus cosas.
El centro comercial casi la mata.
No por peligro. Por sobreestimulación. Luces por todos lados, música saliendo de las paredes, pantallas gigantes con caras de personas que no conocía, escaleras que se movían solas —¡SOLAS!—, y cientos de personas caminando en todas direcciones mirando sus tablitas brillantes.
Cassidy se agarró del brazo de Lucía como si fuera un salvavidas.
—¿Estás bien, señora?
—Perfectamente —mintió, con el corazón a mil.
Lucía la guió hasta una tienda grande con maniquíes en la vitrina. Ropa elegante, colores bonitos, telas que brillaban. Cassidy miró los maniquíes: todos flacos, todos altos, todos con cinturas imposibles.
Ya veremos.
Entraron. Una dependienta las miró de arriba abajo. Los ojos se detuvieron en el cuerpo de Cassidy, en la ropa de hombre, en las chanclas del hospital que todavía llevaba puestas. La sonrisa de la dependienta se congeló.
—¿Puedo ayudarlas en algo?
Antes de que Cassidy contestara, una voz cruzó la tienda como un cuchillo.
—¿Emilia?
No mames.
Andrea. Parada junto a un perchero con tres bolsas en la mano y un vestido colgando del brazo. Pelo perfecto. Maquillaje perfecto. Sonrisa de víbora perfecta.
—Dios mío, Emilia. ¿Qué llevas puesto? ¿Eso es ropa de Sebastián? —La risa de Andrea fue aguda, cruel, diseñada para que todos en la tienda la escucharan—. Ay, cariño, entiendo que quemaste mi ropa por despecho, pero ¿ponerte la de él? Eso es patético hasta para ti.
Dos dependientas giraron a mirar. Un cliente levantó la vista. Lucía se encogió al lado de Cassidy.
Cassidy no se encogió.
—Andrea —dijo, con la misma calma con la que le hablaría a un caballo nervioso—. Eres una zorra descarada. Puedes tener un cuerpo bonito, pero tu alma está tan negra y podrida que no te sirve de nada. Ningún vestido caro va a tapar eso.
La sonrisa de Andrea se quebró.
—¿Cómo te atre...?
Cassidy la ignoró. Giró hacia la dependienta más cercana.
—Tráigame al gerente.
—Señora, no creo que sea nece...
—Gerente. Ahora.
El gerente apareció en cuarenta segundos. Un hombre bajo, calvo, con traje y corbata. Miró a Cassidy con la misma cara de duda que la dependienta. Luego Lucía le susurró algo al oído.
La cara del gerente cambió como si le hubieran dado un electroshock.
—¿Señora Montero? ¿Emilia Montero? ¿La hija de don Aurelio?
—La misma.
El hombre casi se tropezó con sus propios pies.
—Señora, es un honor. Un honor. ¿Qué necesita? Lo que sea. Puedo cerrar la tienda para usted si lo desea, darle atención exclusiva, traerle lo que...
—Cierre la tienda.
—¿Perdón?
—Que cierre la tienda. Voy a necesitar tiempo, espacio y una copa de algo con fruta. Y saque a esa señorita —señaló a Andrea con el pulgar— que no tiene crédito aquí.
Andrea se puso roja. Luego blanca. Luego roja otra vez.
—¡No puedes hacer eso! ¡Yo estaba aquí primero!
El gerente miró a Andrea. Miró a Cassidy. Hizo el cálculo que cualquier comerciante con dos dedos de frente haría: la hija de Aurelio Montero podía comprar la tienda entera. La rubia del berrinche podía comprar tres vestidos.
—Señorita, lamento mucho las molestias, pero vamos a cerrar temporalmente para atención privada. Si gusta, puede volver en una hora...
—¡ESTO ES RIDÍCULO!
Andrea salió taconeando, con las bolsas golpeándole las piernas y la dignidad arrastrándose tres metros detrás de ella.
Cassidy la vio irse. Sonrió.
Dos a cero, cariño.
Durante la siguiente hora, Cassidy descubrió algo maravilloso: la ropa de esta época era increíble.
No corsés. No faldas de diez kilos. No botines que destrozaban los pies. Había telas suaves que se estiraban, pantalones que abrazaban las caderas sin apretar, blusas que caían sobre las curvas como agua. Y colores. Dios, los colores. Rojos intensos, azules profundos, verdes esmeralda.
Lucía le traía prenda tras prenda y Cassidy se las probaba sin pudor, saliendo del vestidor para mirarse en el espejo grande con las manos en las caderas.
—Ese le queda increíble, señora —dijo Lucía, con los ojos brillando—. Le marca la cintura y...
—Me marca todo —dijo Cassidy, girándose para ver el trasero—. Y todo está en su lugar.
Se compró doce conjuntos, zapatos cómodos —nada de tacones, no estaba loca—, ropa interior que le quedaba, un abrigo rojo que le encantó y unas gafas de sol que la hacían sentir como la dueña del mundo.
Porque lo era. O al menos, de una parte considerable.
Salió de la tienda con seis bolsas, un outfit nuevo puesto —pantalón negro, blusa verde esmeralda, zapatos planos— y una copa de fruta a medio terminar.
Lucía caminaba a su lado cargando bolsas, radiante.
—Señora, se ve hermosa. Su marido no va a poder resistirse.
Cassidy arrugó la cara.
—Lucía, ese imbécil me importa un carajo. Y más pronto que tarde me voy a encargar de él.
No puedo matarlo de un tiro porque iría a la cárcel, pensó mientras caminaban hacia el auto. Pero hay muchas formas de deshacerse de alguien. Muchas. Y yo conozco la mayoría.
Se subió al auto con sus bolsas, su nueva ropa y su nueva asistente. Le dio la dirección al chofer. No la de la mansión.
La del bufete Castillo & Asociados.
Hora de saber qué esconde mi querido esposo.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖