Nació gemelo, pero jamás fue tratado como tal. Marcado en el rostro, fue despojado de nombre, amor y humanidad. Mientras su hermano era criado como el elegido, él fue guardado como reemplazo, como ofrenda silenciosa. Cuando el prometido huye la noche del sacrificio, la familia no duda: no lo buscan… lo borran.
Y entonces lo entregan a él.
Traicionado por su propia sangre, ofrecido a un demonio que nunca aceptó el trato original, descubre que el pacto no exigía un hijo perfecto, sino uno roto. En un mundo donde el amor es una mentira y la familia es el primer verdugo, aprenderá que la verdadera monstruosidad no viene del infierno, sino de quienes sonríen mientras te sacrifican.
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La autoridad de Daniel.
Azrael levantó la mirada, completamente indiferente a lo que ella acababa de decir, y respondió:
—¿Por qué te afecta tanto? ¿Cuánto crees que vive un humano? ¿Es necesario enfadarse por algo tan trivial?
—¿Trivial? —respondió Pandora, alzando la copa que sostenía en la mano—. Mi señor, no es cualquier cosa. El nombre de este humano estará inscrito en el Registro de los Reyes. Además, poseerá el ejército más poderoso, destinado únicamente a la reina que, hasta ahora, ha estado bajo su cargo porque usted se negó a casarse. Y sí, un humano no vive demasiado… pero debido a su poca experiencia, tener tanto poder podría llevarlo a cometer errores irreparables.
—Pandora —intervino Azrael con voz fría—, los errores que cometan mis cónyuges yo los asumiré. Sabes que tengo la capacidad de hacerlo. Mi decisión ya está tomada. Y si alguno de ustedes intenta interferir o hacerme enojar… —su mirada se volvió peligrosa—. Lilian, matarles no será su castigo. Sabes muy bien lo que les espera si osan cruzar ese límite.
Olga dio un paso al frente.
—Mi señor, disculpe… tengo una pregunta.
Azrael posó su atención en ella.
—Habla.
—Cuando ese humano muera… ¿usted se casará con Lilian?
—No —respondió sin dudar—. Ya se lo prometí a él. No me casaré jamás.
Lilian lanzó la copa que tenía en la mano, estrellándola contra el suelo y salpicando a María.
Daniel, que hasta ese momento había permanecido en silencio, estaba furioso. Apretó el puño con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel, hasta que ya no pudo soportarlo.
—¿Por qué hablan como si yo no estuviera aquí? —dijo con voz temblorosa de rabia—. Hablan más de lo cerca que estoy de morir que de lo que hemos planeado. ¿Por qué se empeñan en menospreciarme? Y dejen de llamarme “humano”. Me llamo Daniel.
—¿Por qué te enojas? ¿Por qué gritas? —dijo Azael, tapándose los oídos con elegancia.
—¡Porque estoy harto de que no me respeten! —respondió Daniel—. Al menos durante la comida. Si no tienen nada bueno que decir, no digan nada.
—¿Ves? —intervino Pandora—. Por eso digo que no tiene la preparación necesaria. Una simple conversación lo hace perder la razón.
—¿Y qué si la pierdo? —replicó Daniel—. ¡Solo tengo quince años! No sé nada de conspiraciones, reinos, ejércitos o demonios. Es mi primer mes viviendo con ustedes. Tal vez no tenga la madurez suficiente para comprender en lo que me he metido… pero hay algo que sí sé: no toleraré una sola falta de respeto más. Y menos en mi casa. Así que vete.
Pandora le lanzó una mirada cargada de amenaza.
—¿Cómo te atreves, miserable?
—¿No me escuchaste? —respondió Daniel, mirándola fijamente—. Lárgate de mi casa.
Pandora se puso de pie de golpe, alzó la mano y una luz roja brotó de su palma, lanzándola directamente hacia Daniel. Azrael, que ya había previsto aquello, detuvo el ataque a tiempo, desviándolo hacia la pared. Un enorme agujero se abrió en ella.
—¿Cómo te atreves miserable humano? —dijo Pandora, iluminada por una llama roja. Sus ojos eran fríos, completamente rojos.
Azael se levantó de la mesa y gritó:
—¡Verónica, sácalo de aquí!
Verónica se lanzó al frente, tomó a Daniel de la mano y lo sacó de inmediato. Daniel miró hacia atrás: Pandora seguía lanzando ataques mientras Azael la contenía. Azrael estaba de pie, observando la escena con tranquilidad, como si todo aquello fuera normal.
Las demás esposas de Azrael abandonaron el lugar. No iban apresuradas ni corriendo; más bien sonreían, como si aquello las beneficiara de algún modo y simplemente no quisieran estar presentes en la escena.
—¿A dónde me llevas? —dijo Daniel, intentando mantener el ritmo de Verónica.
—Lejos de ella.
—¿Por qué?
—Ella no es cualquier persona. No es un simple demonio. Si pudiera describir la maldad, la crueldad y la arrogancia de un demonio, la nombraría a ella. Pero no te preocupes, el señor Azael es más fuerte que ella.
En el comedor, la lucha verbal entre Azael y su esposa se había vuelto insoportable. La tensión cortaba el aire; los restos de comida y la mesa dañada eran testigos del caos.
Azrael habló con voz fría, peligrosa:
—¿Acaso piensan destruir mi casa?
—¡Ya basta, Azrael! —gritó Pandora, con los ojos encendidos de furia—. ¡Ese maldito acaba de echarme de tu casa y tú solo te quedas mirando!
No terminó la frase.
Azrael se movió tan rápido que ni siquiera Pandora logró seguir sus movimientos. En un parpadeo, su mano estaba cerrada alrededor de su cuello, levantándola del suelo con una fuerza brutal.
—Has hecho un alboroto en mi casa —dijo con voz baja—. Has destruido mi comedor, ensuciado mi comida… y, para colmo, has maldecido y menospreciado a mi esposo.
Sus dedos se cerraron un poco más.
—He tenido paciencia contigo solo porque eres la esposa de mi hermano. Pero escucha bien esto —sus ojos brillaron con una autoridad—: en esta casa solo se escuchan dos voces. La mía… y la de Daniel.
El cuello de Pandora crujió, como el vidrio a punto de romperse. El sonido fue seco, aterrador. Su rostro se tornó pálido.
—Y si él te dice que te largues —continuó Azrael, implacable—, te largas. No me obligues a repetirlo.
La soltó de golpe. Pandora cayó al suelo, jadeando, temblando.
Azrael ni siquiera la miró al hablar de nuevo:
—Hermano, llama a Balthor. Tenemos que hablar.
Azael se inclinó de inmediato, en señal de obediencia.
—Como digas, hermano.
Azrael dio media vuelta y añadió, sin emoción alguna:
—Ahora saca a esta mujer de aquí. Y hasta que no se disculpe debidamente con Daniel… que no vuelva a pisar mi casa.
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